De un argentino que tiene millones de hermanos al otro lado de la cordillera, una canción chilena que también para mí ha sido inspiradora, para que lleve aliento entre tanto dolor, para que prometa luz entre tanta oscuridad…

PREGÓN PA ILUMINARSE

Vengo de la cordillera al mar,
voy de paso por esta ciudad,
traigo lunas para su jardín
y ramitos de sonrisa en flor.
También traigo dulce de amistad
pa las penas y el dolor.
Amor, dulce de amor.
Amor, dulce de amor.
Traigo lunas para su jardín
y de paso una canción
Hágase la luz…y la luz baña los cerros
hágase la luz…por debajo del abrigo
hágase la luz…la luz en las cabezotas tan duras
hágase la luz…en todos los corazones
hágase la luz…que se prendan las candelas
hágase la luz…y el amor chorrée en los escritorios también
hágase la luz…que se baile en las veredas
hágase la luz…la luz en los cerebelos
hágase la luz…en los guantes del caballero
hágase la luz…más luz para los que viven
hágase la luz…que alumbre esta tierra negra
hágase la luz…y se muevan las caderas
hágase la luz…y que bailen todos contentos
hágase la luz…y el amor chorrée en los escritorios también

Gato Alquinta – Los Jaivas (1975)

Si veinte años no es nada, cuarenta es algo así como una nada al cuadrado. Y si no al cuadrado, al menos por dos. Pero viéndolo de otro modo, bien podría significar la mitad de una vida (si uno piensa que por los arrabales de los ochenta andan personajes tan entrañables y respetables como un García Márquez, un José Saramago, un B.B. King). Aunque no es menos cierto que también cuarenta marcó el punto de llegada de algún John Lennon, a quien por cierto le fue mejor que a Elvis, que se quedó en la antesala. El caso es que jamás celebro mis cumpleaños. Nunca le encontré motivo a tan insignificante efemérides, pero el número impone. 40. Quiero encontrarle algún simbolismo que seguramente no tiene, pero el cero impone, es como un nivel superior en el videojuego de siete vidas sin game over que vengo perpetrando desde que mi madre se deshizo de mi después de nueve meses (casualmente hace cuarenta años también). Y en esta, mi última tarde al frente de mis treinta y nueve, me acerco al abismo de una inminente quinta década (porque contra lo que todos piensan, el 40 no es un comienzo, sino un fin… las cuatro décadas ya las viví, ya las viviste, estamos?) y da como cierta cosa atreverse a imaginar lo que vendrá. No miedo, entiéndase. Cosa. Eso. Cosa. Como sea, agradezco enormemente la deferencia de mi gran amigo (algún día contaré cómo nos conocimos) Bob Dylan, que como pagana forma de celebración del onomástico de quien considera unos de sus mejores amigos y críticos (ah qué caray como me cuesta delegar en la oscuridad del teclado mi natural modestia), decidió lanzar su nuevo disco este 7 de octubre. Hubiera estado mejor que me lo regalara y me evitara la pena de bajarlo de internet, pero así es Bob. Genial, imprevisible, distraído, al punto que si le preguntas por mí es capaz de salir con que no me conoce. 40. Ni más ni menos. Ni mejor ni peor. Ni aquí ni allá. Ni chicha ni limonada. Apenas 40 y ya 40. Cómo se pasa la vida. Y no sólo la mía. A veces me gustaría volver, pero no sé de dónde. Y eso es un requisito inapelable: tener un lugar, un tiempo, un loquesea de donde volver. Y luego, volver a qué, si nada más queda (como dice la canción). 40. Acabar con la inercia del treinta y… que fue parte del soundtrack verbal de mis presentaciones cada que me preguntaron la edad durante estos últimos diez años y al que sólo le tenía que ajustar el último dígito cada doce meses. Pero no el número entero, no jodas. Debo muchas gracias y mil perdones. Ha quedado mucha gente en el camino, mucha más de la que duele, mucha menos de la que hubiera querido. Como hubo y hay gente que llegó y que no nos quiere cambiar (como dice otra canción). A esa gente, también gracias. Soledad no rima con cuarenta. Nunca rimó con nada. Gracias porque por ellos (y por ella), lo que sigue valdrá la o las penas. Nos vemos a los 80.Mariano

Soledad, soledad, soledad… otra vez por aquí.
Tú y yo juntos, como antes, como siempre.
Como el collar que ciñe pero no ahorca,
como la llave exacta del desencuentro
de la mucha o poca
suerte
que me llega desde dentro hacia tu marca fuerte e impacable, destino
irrrevocable, siempre destino… nunca yo.
Soledad de soledades… que vienes de la nada que nunca pereció ni con la muerte
de un posible final sin ti ni nadie. Soledad tan sola de todo menos de mí, que te acompaño,
que te encuentro sin buscarte en los arrabales groseros de la desolación
que pinta cada noche tu nombre: soledad. Bienvenida a casa…

Mariano

Gente

Ingrid

De la selva cómplice, cautiva
regresarás con vida
para olvidar sin olvido
a los que olvidan
que no se puede ser héroe y asesino.

Mariano
Betancourt.info

Acababa de cenar, eran casi las diez. Encendí un cigarro, serví un trago y me acomodé en mi sillón favorito con la única compañía de un cálido Ravel y del libro que ahora sí me disponía a concluir. Era una biografía mal novelada del físico austríaco Austin Herzog, pionero del pensamiento cuántico relacionado con la conductividad y la inexistencia del tiempo durante el siglo XIX. Ferviente admirador de Holderlin, acabó loco como el poeta y desapareció (se dice que murió envenenado en una prisión checa) cuando todavía no cumplía cuarenta años.
Me gustaba sin embargo ese mal libro, porque el autor (un académico español apellidado Blasco de Iturbieta que se hizo fugazmente famoso a raíz de su poético suicidio, el que simplemente maquilló con una enfermedad incurable que lo iba a llevar más temprano que tarde a la misma fosa pero sin tanto glamour) se había tomado el preciado y reconocido trabajo de recorrer toda Austria, Checoslovaquia y Alemania del este (en plena Guerra Fría) buscando todas las pistas existentes de Herzog, incluyendo su minúscula poética, que ejercía con más entusiasmo que habilidad, pero que no dejaba de revelar esquinas inquietantes y que aún de manera velada, pueden insinuar las razones que lo llevaron al ostracismo personal que acabó con su vida. Dato curioso, el mismísimo Einstein reconoció en un par de oportunidades el trabajo del austríaco, aún cuando durante todo el siglo XIX su trabajo fue prolijamente ignorado por todas las instituciones académicas de Europa. Sus intentos poéticos, crípticos y apartados de cualquier clasificación estilística, jamás trascendieron más allá de alguna publicación en cierto periódico vienés. Blasco de Iturbieta logró descifrar ciertos vínculos entre Herzog y el editor del mismo, pero no arriesga a confirmar lo que sospecha, en el sentido que el científico tenía intereses económicos en la casa editorial. Otra línea de su obsesiva investigación le indicaba que el editor era su yerno. Y una tercera echaba por tierra las dos anteriores, argumentando que el físico había vivido la mayor parte de su vida en total fracaso financiero y que su único hijo había sido un varón, militar por vocación del ejército prusiano bajo las órdenes del Kaiser Guillermo I, llegando a ostentar cierto rango y que murió en combate, promediando la Primera Guerra Mundial. De entre los pocos poemas que Iturbieta logró recuperar, destaca el interés por uno en especial. Lleva por título “Enero7”, siguiendo la particular lógica del autor, que, en algún preámbulo a sus disparates, explicaba –cito textual a Iturbieta, que a su vez traduce literalmente del alemán a Herzog- “(…) por cuanto no habré de explicar sobre el hecho de proponer como título para mis obras más que la referencia calendaria del día de su redacción, que mi obra literaria, si el Supremo Arquitecto me mantiene sano y lúcido por cuanto tiempo me demande la tarea, finalizará con el poema número trescientos sesenta y cinco, y en día y mes en que todavía no habrá pieza alguna identificada con esa fecha. No importa si la tarea insume décadas. Finalmente, con él último soneto, rima, verso o lo que la inspiración determine bajo la órbita de su gobierno, cobrará forma el cuerpo total de mi modesta obra. Y leída, ahora sí, en riguroso orden de fecha, adquirirá un sentido único, revelador incluso para mí, que no habré sido más que un intermediario del poder real, para hacer pública una condena, una profecía, o si acaso, una liturgia definitiva que operará en conjunto con fuerzas infinitas y sagradas. Y más allá de todo asombro, injuria o mandato, el destino será irrevocable para todos (…)”
Herzog no publico más de una veintena de sus poemas –como él llamaba a sus desvaríos-, e Iturbieta se suicidó antes de recopilarlos a todos, pero asegura el español – en este caso, sin citar a sus fuentes – que el físico, antes de desaparecer sin dejar rastros, en las vísperas de su cuadragésimo cumpleaños, completó el quimérico número de poemas pretendidos. Y que su desaparición estaba, de alguna forma, ligada a la conclusión de su obra. También afirma Iturbieta, que fue la inspiración poética la que abrió la mente y visión científica del austríaco, permitiéndole formular teorías físicas muy adelantadas a su tiempo. Y que esas mismas visiones, promovieron una patológica neurosis que desembocó al poco tiempo, en abierta locura. Iturbieta insiste en que descifrar las claves de la desaparición de Herzog, puede conducir al hallazgo del resto de su obra, incluyendo manuscritos que contenían ciertas conclusiones relacionadas a una investigación sobre partículas, que llevaba años reformulando y de la que jamás se volvió a tener conocimiento al desaparecer junto con él, sus cuadernos de trabajo.
Copio ahora, agradeciendo la paciencia del lector, el “poema” de Herzog preferido de Iturbieta.
Enero 7

Colmados de ideas estamos
De verdades absolutas o deshechos inmortales
Cubiertos por el lodo de la fe más mentirosa
Vamos
Inventando traiciones que conspiran
Contra Dios
Jamás sabremos que el minuto en que se divide la materia
Es más ínfimo que nosotros
Más preciso que el castigo divino
Irremediable que ajusticia
Al que se atreve a dudar de la razon
Si me rebelo Oh Dios inexistente
Es porque no soporto el peso de mi mente
Inventandote, escuchandote, reverenciadote
En cada amanecer
En cada hora que no explica el sentido
De esta magia
De este mundo
Manifiéstate o ven por mí que ya no quiero
El peso de suponerte
Sin saberte.
La clave está escrita en
La figura sumergida, en el
Ocaso, en el medio, en el arriba
En mi alma.
Y yo no sabía de Ti
Más que tu Letra.

A.H.

Mariano P.
Octubre 2004 / Marzo 2008

Qué esperar de alguien que lo ha inventado todo? Cuáles pueden ser las expectativas acumuladas durante treinta años -piedras que ruedan más o menos- de espera y que motivaron a quien suscribe a nombrar con el apellido artístico del mito, al menor de sus hijos?
La cita está prevista para dentro de unas tres horas. De hecho, esto lo escribo para hacer algo con mi callada ansiedad, en lo que me alisto para salir hacia el Auditorio Nacional de la Ciudad de México.
Voy a ver a Bob Dylan. El mismo que reinventó la música popular (no populachera) junto a Los Beatles, hace más de cuarenta años. Más aún, el que le mostró a Los Beatles lo que tenían que hacer, al punto que John Lennon le robó todo, absolutamente todo, cuando compuso e interpretó la obra maestra de “Help”, “You’ve Got To Hide Your Love Away”. El que cautivó a George Harrison, al extremo de convertirse en el único gurú occidental que el místico beatle tuvo en toda su vida, y que le regresó el favor, como buen alumno, al ficharlo como parte fundamental de los gloriosos y ya también legendarios Traveling Wilburys, allá, en el poniente de los ’80.
Voy a ver un concierto que no me despierta expectativas. Aclaro: Dylan, en su interés perenne de desmitificar lo indesmitificable (él mismo), cambia, a veces hasta lo irreconocible, sus propias canciones. Las ha llegado a destrozar. No interactúa con la gente. No habla. Ni siquiera sus músicos saben cuál será la siguiente canción que al jefe se le ocurrirá interpretar. Hace lo que quiere. Literalmente. Seguramente sus mejores versiones, en vivo y en estudio, ya han sido tocadas y registradas y forman parte de los cien discos, oficiales y piratas, que tengo en mi iPod y en mi vida. Pero de la misma forma en que no fui hace quince años a ver a Paul McCartney como quien va a ver a un músico sino a un símbolo, a una historia, a una leyenda, a un conjunto de rastros traducidos en canciones que durante dos horas me llevaron de regreso a mi pasado, a mis lugares y seres queridos y perdidos, a mis viejos y no tan viejos ideales y utopías… así mismo veré esta noche al viejo Bob.
No sé qué voy a buscar, no sé qué voy a encontrar. Tampoco me interesa. Porque esto se asemeja más a un acto litúrgico, a una peregrinación, que a un rato de entretenimiento. Voy a saldar una deuda conmigo y con mi vida. Como los que peregrinan a Graceland para rendir tributo a Elvis en su tumba, porque saben que Elvis fue más que Elvis (altamente recomendable la canción de Paul Simon, “Graceland” para entender esto). De esa misma forma, uno -yo- va a ver a Bob Dylan. Sospechando y sabiendo que muy posiblemente será la primera y última. Y porque a alguien que ha hecho tanto por uno -yo- a lo largo de décadas, lo menos que se le puede decir es “gracias”. Y a lo mejor voy por eso. Y por eso no me importa lo que vaya a pasar arriba del escenario. Tengo toda la música de Bob Dylan. Toda. Incluyendo conciertos legendarios. A lo único que voy es a verlo, a convencerme de que el mito es humano, que cuarenta y siete años de leyenda son reales, que la persona que inspiró a millones de seres humanos cabe detrás de una guitarra como la mía. Y a decirle “hola”, “adios” y “gracias”. Nada menos, nada más. Sin más que juzgar, sin más nada que analizar ni preguntar. Porque todas las respuestas están, desde hace mucho tiempo, soplando en el viento.

(mañana, la crónica del concierto, que en todo caso, será lo menos importante del asunto).

Mariano

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Dos clavos

Dos clavos en el pie no alcanzan para amarrar mi libertad a tierra firme. Se lo iba a decir al cirujano cuando los empezó a martillar en mi tobillo, pero luego me pregunté “¿para qué?”. Finalmente a él le pagan para amarrar gente al piso. Y lo hace bien. Pero conmigo no va a poder. Porque aunque vayan a estar ahí por siempre, como un piercing invisible que sólo pueda presumir en rayos X, y para desquiciar a los guardianes aereos del orden cada vez que les haga sonar sus odiosos detectores de metal en los aeropuertos… digo, aunque ya formen parte de mi (desde hoy) mecánica humanidad, no se van a salir con la suya. A fin de cuentas, y como dijo Frida… ¿para qué quiero los pies si puedo volar?
Pero, hablando en serio, gracias al doctor Aranda y a toda la gente del Htal. San Marcos de Atizapán por hacer posible y próximo en el tiempo mi regreso al pasito tun tun y a las calles de Izcalli al comando de mi pequeña pero picosa moto. Sino fuera porque los motivos para regresar a ese centro de salud siempre serán no deseados, diría que me encantaría volver. Pero ahora, con todo este rollo de la ley de la Atracción, mejor ni pensarlo. Como sea, se les agradece todo (menos los clavos… qué necesidad de estacarme así, me pregunto). Qué bueno que todavía quedan profesionales de la salud que aman su trabajo y el servir a la gente.

Como dice Serrat, aún tengo la vida. Por aquello de insistir, supongo.

Sigamos insistiendo, pues.

Mariano