Miércoles 02 de Julio de 2008

Bienvenida a casa

Nunca esperé tanto por una desconocida a la que aprendí a admirar, a querer, a extrañar aún cuando nunca sentí el pulso de su presencia.
Nunca aborrecí tanto a la selva y a la insensatez miserable de unos pocos que quisieron adueñarse de unos muchos.
Y nunca dudé que un día, Ingrid regresaría...
Nos haces mucha falta, Ingrid. A Colombia y a todos los que ansiamos un continente libre de tiranos, de verdugos, de dictadores (elegidos o no) y mesiánicos caciques populacheros; de asesinos y guerrilleros anacrónicos que viven del terror que provocan entre aquellos que dicen defender y de sueños que disfrazan pesadillas.
Gracias por resistir, gracias por esperar. Y déjame decirte que ya no eres colombiana: eres patrimonio viviente de la humanidad. Esta que necesita tanto de símbolos y ejemplos como el tuyo.
Bienvenida a casa...

Mariano
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Viernes 27 de Junio de 2008

Soledad

Soledad, soledad, soledad... otra vez por aquí.
Tú y yo juntos, como antes, como siempre.
Como el collar que ciñe pero no ahorca,
como la llave exacta del desencuentro
de la mucha o poca
suerte
que me llega desde dentro hacia tu marca fuerte e impacable, destino
irrrevocable, siempre destino... nunca yo.
Soledad de soledades... que vienes de la nada que nunca pereció ni con la muerte
de un posible final sin ti ni nadie. Soledad tan sola de todo menos de mí, que te acompaño,
que te encuentro sin buscarte en los arrabales groseros de la desolación
que pinta cada noche tu nombre: soledad.

Bienvenida a casa...

Mariano
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Lunes 03 de Marzo de 2008

Ingrid




De la selva cómplice, cautiva
regresarás con vida
para olvidar sin olvido
a los que olvidan
que no se puede ser héroe
y asesino.

Mariano


Betancourt.info

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Sábado 01 de Marzo de 2008

Ficciones (I)

Acababa de cenar, eran casi las diez. Encendí un cigarro, serví un trago y me acomodé en mi sillón favorito con la única compañía de un cálido Ravel y del libro que ahora sí me disponía a concluir. Era una biografía mal novelada del físico austríaco Austin Herzog, pionero del pensamiento cuántico relacionado con la conductividad y la inexistencia del tiempo durante el siglo XIX. Ferviente admirador de Holderlin, acabó loco como el poeta y desapareció (se dice que murió envenenado en una prisión checa) cuando todavía no cumplía cuarenta años.
Me gustaba sin embargo ese mal libro, porque el autor (un académico español apellidado Blasco de Iturbieta que se hizo fugazmente famoso a raíz de su poético suicidio, el que simplemente maquilló con una enfermedad incurable que lo iba a llevar más temprano que tarde a la misma fosa pero sin tanto glamour) se había tomado el preciado y reconocido trabajo de recorrer toda Austria, Checoslovaquia y Alemania del este (en plena Guerra Fría) buscando todas las pistas existentes de Herzog, incluyendo su minúscula poética, que ejercía con más entusiasmo que habilidad, pero que no dejaba de revelar esquinas inquietantes y que aún de manera velada, pueden insinuar las razones que lo llevaron al ostracismo personal que acabó con su vida. Dato curioso, el mismísimo Einstein reconoció en un par de oportunidades el trabajo del austríaco, aún cuando durante todo el siglo XIX su trabajo fue prolijamente ignorado por todas las instituciones académicas de Europa. Sus intentos poéticos, crípticos y apartados de cualquier clasificación estilística, jamás trascendieron más allá de alguna publicación en cierto periódico vienés. Blasco de Iturbieta logró descifrar ciertos vínculos entre Herzog y el editor del mismo, pero no arriesga a confirmar lo que sospecha, en el sentido que el científico tenía intereses económicos en la casa editorial. Otra línea de su obsesiva investigación le indicaba que el editor era su yerno. Y una tercera echaba por tierra las dos anteriores, argumentando que el físico había vivido la mayor parte de su vida en total fracaso financiero y que su único hijo había sido un varón, militar por vocación del ejército prusiano bajo las órdenes del Kaiser Guillermo I, llegando a ostentar cierto rango y que murió en combate, promediando la Primera Guerra Mundial. De entre los pocos poemas que Iturbieta logró recuperar, destaca el interés por uno en especial. Lleva por título “Enero7”, siguiendo la particular lógica del autor, que, en algún preámbulo a sus disparates, explicaba –cito textual a Iturbieta, que a su vez traduce literalmente del alemán a Herzog- “(…) por cuanto no habré de explicar sobre el hecho de proponer como título para mis obras más que la referencia calendaria del día de su redacción, que mi obra literaria, si el Supremo Arquitecto me mantiene sano y lúcido por cuanto tiempo me demande la tarea, finalizará con el poema número trescientos sesenta y cinco, y en día y mes en que todavía no habrá pieza alguna identificada con esa fecha. No importa si la tarea insume décadas. Finalmente, con él último soneto, rima, verso o lo que la inspiración determine bajo la órbita de su gobierno, cobrará forma el cuerpo total de mi modesta obra. Y leída, ahora sí, en riguroso orden de fecha, adquirirá un sentido único, revelador incluso para mí, que no habré sido más que un intermediario del poder real, para hacer pública una condena, una profecía, o si acaso, una liturgia definitiva que operará en conjunto con fuerzas infinitas y sagradas. Y más allá de todo asombro, injuria o mandato, el destino será irrevocable para todos (…)”
Herzog no publico más de una veintena de sus poemas –como él llamaba a sus desvaríos-, e Iturbieta se suicidó antes de recopilarlos a todos, pero asegura el español – en este caso, sin citar a sus fuentes - que el físico, antes de desaparecer sin dejar rastros, en las vísperas de su cuadragésimo cumpleaños, completó el quimérico número de poemas pretendidos. Y que su desaparición estaba, de alguna forma, ligada a la conclusión de su obra. También afirma Iturbieta, que fue la inspiración poética la que abrió la mente y visión científica del austríaco, permitiéndole formular teorías físicas muy adelantadas a su tiempo. Y que esas mismas visiones, promovieron una patológica neurosis que desembocó al poco tiempo, en abierta locura. Iturbieta insiste en que descifrar las claves de la desaparición de Herzog, puede conducir al hallazgo del resto de su obra, incluyendo manuscritos que contenían ciertas conclusiones relacionadas a una investigación sobre partículas, que llevaba años reformulando y de la que jamás se volvió a tener conocimiento al desaparecer junto con él, sus cuadernos de trabajo.
Copio ahora, agradeciendo la paciencia del lector, el “poema” de Herzog preferido de Iturbieta.

Enero 7

Colmados de ideas estamos
De verdades absolutas o deshechos inmortales
Cubiertos por el lodo de la fe más mentirosa
Vamos
Inventando traiciones que conspiran
Contra Dios
Jamás sabremos que el minuto en que se divide la materia
Es más ínfimo que nosotros
Más preciso que el castigo divino
Irremediable que ajusticia
Al que se atreve a dudar de la razon
Si me rebelo Oh Dios inexistente
Es porque no soporto el peso de mi mente
Inventandote, escuchandote, reverenciadote
En cada amanecer
En cada hora que no explica el sentido
De esta magia
De este mundo
Manifiéstate o ven por mí que ya no quiero
El peso de suponerte
Sin saberte.
La clave está escrita en
La figura sumergida, en el
Ocaso, en el medio, en el arriba
En mi alma.
Y yo no sabía de Ti
Más que tu Letra.

A.H.



Mariano P.
Octubre 2004 / Marzo 2008

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Martes 26 de Febrero de 2008

Bob Dylan en México - Like a Mexican Stone

Qué esperar de alguien que lo ha inventado todo? Cuáles pueden ser las expectativas acumuladas durante treinta años -piedras que ruedan más o menos- de espera y que motivaron a quien suscribe a nombrar con el apellido artístico del mito, al menor de sus hijos?
La cita está prevista para dentro de unas tres horas. De hecho, esto lo escribo para hacer algo con mi callada ansiedad, en lo que me alisto para salir hacia el Auditorio Nacional de la Ciudad de México.
Voy a ver a Bob Dylan. El mismo que reinventó la música popular (no populachera) junto a Los Beatles, hace más de cuarenta años. Más aún, el que le mostró a Los Beatles lo que tenían que hacer, al punto que John Lennon le robó todo, absolutamente todo, cuando compuso e interpretó la obra maestra de "Help", "You've Got To Hide Your Love Away". El que cautivó a George Harrison, al extremo de convertirse en el único gurú occidental que el místico beatle tuvo en toda su vida, y que le regresó el favor, como buen alumno, al ficharlo como parte fundamental de los gloriosos y ya también legendarios Traveling Wilburys, allá, en el poniente de los '80.
Voy a ver un concierto que no me despierta expectativas. Aclaro: Dylan, en su interés perenne de desmitificar lo indesmitificable (él mismo), cambia, a veces hasta lo irreconocible, sus propias canciones. Las ha llegado a destrozar. No interactúa con la gente. No habla. Ni siquiera sus músicos saben cuál será la siguiente canción que al jefe se le ocurrirá interpretar. Hace lo que quiere. Literalmente. Seguramente sus mejores versiones, en vivo y en estudio, ya han sido tocadas y registradas y forman parte de los cien discos, oficiales y piratas, que tengo en mi iPod y en mi vida. Pero de la misma forma en que no fui hace quince años a ver a Paul McCartney como quien va a ver a un músico sino a un símbolo, a una historia, a una leyenda, a un conjunto de rastros traducidos en canciones que durante dos horas me llevaron de regreso a mi pasado, a mis lugares y seres queridos y perdidos, a mis viejos y no tan viejos ideales y utopías... así mismo veré esta noche al viejo Bob.
No sé qué voy a buscar, no sé qué voy a encontrar. Tampoco me interesa. Porque esto se asemeja más a un acto litúrgico, a una peregrinación, que a un rato de entretenimiento. Voy a saldar una deuda conmigo y con mi vida. Como los que peregrinan a Graceland para rendir tributo a Elvis en su tumba, porque saben que Elvis fue más que Elvis (altamente recomendable la canción de Paul Simon, "Graceland" para entender esto). De esa misma forma, uno -yo- va a ver a Bob Dylan. Sospechando y sabiendo que muy posiblemente será la primera y última. Y porque a alguien que ha hecho tanto por uno -yo- a lo largo de décadas, lo menos que se le puede decir es "gracias". Y a lo mejor voy por eso. Y por eso no me importa lo que vaya a pasar arriba del escenario. Tengo toda la música de Bob Dylan. Toda. Incluyendo conciertos legendarios. A lo único que voy es a verlo, a convencerme de que el mito es humano, que cuarenta y siete años de leyenda son reales, que la persona que inspiró a millones de seres humanos cabe detrás de una guitarra como la mía. Y a decirle "hola", "adios" y "gracias". Nada menos, nada más. Sin más que juzgar, sin más nada que analizar ni preguntar. Porque todas las respuestas están, desde hace mucho tiempo, soplando en el viento.

(mañana, la crónica del concierto, que en todo caso, será lo menos importante del asunto).

Mariano
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Domingo 10 de Febrero de 2008

Dos clavos

Dos clavos en el pie no alcanzan para amarrar mi libertad a tierra firme. Se lo iba a decir al cirujano cuando los empezó a martillar en mi tobillo, pero luego me pregunté "¿para qué?". Finalmente a él le pagan para amarrar gente al piso. Y lo hace bien. Pero conmigo no va a poder. Porque aunque vayan a estar ahí por siempre, como un piercing invisible que sólo pueda presumir en rayos X, y para desquiciar a los guardianes aereos del orden cada vez que les haga sonar sus odiosos detectores de metal en los aeropuertos... digo, aunque ya formen parte de mi (desde hoy) mecánica humanidad, no se van a salir con la suya. A fin de cuentas, y como dijo Frida... ¿para qué quiero los pies si puedo volar?
Pero, hablando en serio, gracias al doctor Aranda y a toda la gente del Htal. San Marcos de Atizapán por hacer posible y próximo en el tiempo mi regreso al pasito tun tun y a las calles de Izcalli al comando de mi pequeña pero picosa moto. Sino fuera porque los motivos para regresar a ese centro de salud siempre serán no deseados, diría que me encantaría volver. Pero ahora, con todo este rollo de la ley de la Atracción, mejor ni pensarlo. Como sea, se les agradece todo (menos los clavos... qué necesidad de estacarme así, me pregunto). Qué bueno que todavía quedan profesionales de la salud que aman su trabajo y el servir a la gente.

Como dice Serrat, aún tengo la vida. Por aquello de insistir, supongo.

Sigamos insistiendo, pues.

Mariano

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No Title

¿Qué tan maravillosa puede ser la vida cuando tienes que pagarle a alguien para que empuje tu silla de ruedas?

-M-

Posted by Mariano at 14:59:46 | Permanent Link | Comments (0) |

Sábado 17 de Noviembre de 2007

Diez años después...

... te sigo extrañando, Papá. Me sigues haciendo tanta falta. Necesito tu música, tus poemas que se fueron contigo y que inspiraron los míos. Viejo lindo, viejo bohemio, que me enseñaste a fumar, a beber, a escribir, a reirme y llorar como sólo los hombres deben llorar. Viejo hermoso que me diste la música que me hace posible sobrevivir sin vos. Viejo del que jamás aprendí a ser el padre que fuiste, a lo mejor porque te fuiste demasiado pronto, justo cuando más te necesitaba. Viejo mi querido viejo que te quebrabas con un tango pero que nunca te quebraste con el dolor infame que te fue pudriendo, pero sin poder tocar jamás tu alma inalterable de poeta y de loco, de vagabundo y de intelectual diplomado en nada pero mejor maestro que todos los que tuve y tendré. Viejo enorme, gigante, que me llevabas de la mano a recorrer Buenos Aires, para contarme sus historias y las tuyas, las reales y las inventadas. Y todas tan preciosas, viejo querido, que sólo quisiera regresar a esas calles para revivirlas y revivirte. Revivirte de la muerte ignorante que cree que te mató, que te separó de mí.
Gracias por tanto amor. Perdón por haber aprendido tan poco. Déjame intentarlo de nuevo, contigo a mi lado, como cuando éramos mucho más que padre e hijo y cualquier cannción nos daba la excusa para inventar un ritmo con los dedos, sobre cualquier mesa, sobre cualquier libro de los tantos que me enseñaste a leer.
Papito querido... si tan sólo supieras cuánto pero cuánto te necesito estoy seguro que volverías a nacer y me cruzarías por ahí, desde la mirada de un niño que me vería cómo sólo tú me veías, con ese amor, con esa ganas de regalarme el mundo entero, en un disco, en un libro, en un juguete barato... el mejor que podías pagar. Porque en definitiva, fuiste un niño que se disfrazó de adulto para eternizar una infancia inalterable en donde nada, nada, podía robarte la sonrisa, ni siquiera, la inminencia de la muerte.
Por eso no se vale, viejo, que te hayan robado de mi, que me hayan robado de ti. Porque ese no era el juego. Porque me haces falta. Porque nunca, como en estos diez años, he sentido tanto que no puedo. Que no es justo.
Estoy aquí Papá. Seguramente me reclamarías mil cosas y sólo de ti las aceptaría. Sólo contigo agacharía la cabeza. Sólo sobre tu regazo pediría perdón y lloraría estos diez años sin ti. Sólo así, Papá.
Contigo.

Te amo. Te extraño. Te necesito.

Tu Nano.
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GERONIMO ALBERTO PEDROZO
1997 - 17 DE NOVIEMBRE - 2007

"... y a fin de cuentas, el amor que recibiste fue igual al amor que diste..."
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Sábado 03 de Noviembre de 2007

Querido diario...

Me desperté unas cinco veces durante la madrugada con una ansiedad poco usual, entre sueños estúpidos y canciones que no paraban de silbar en mi cabeza. Encima el horario de invierno al que no me termino de acomodar me sigue trepanando el sistema límbico, resultando que a esa sensación de enajenamiento espacial que en algunos amaneceres me sorprende antes que ninguna otra y que me hace pensar sobresaltado : "¿adónde estoy?" ahora se le agrega la de "¿qué hora será?", sabiendo (y convencido) que el reloj ya no es sinónimo de confianza, si es que alguna vez lo fue. El tiempo en estos días es más relativo que nunca y hasta que no averigüe si eso es bueno o es malo esta ansiedad que me esculca ahora no hará ni siquiera el intento de dar marcha atrás.
Más de una vez pensé en llevar un diario. No, no es broma. Y aún más: soñé con ser millonario y pagarle a alguien para que vaya por detrás mío las veinticuatro horas del día escribiendo cada cosa que yo dijera para detectar algún descuido, algún cortocircuito en la matriz que arrojara de mis labios un atisbo de esa realidad subyacente que todos ignoramos pero que más de uno sospecha. Pero ese sueño guajiro se desvaneció el día que me enteré que Sir Paul McCartney ya lo había hecho la noche del día en que los Fab 4 conocieron a Bob Dylan allá por el '65 y se pegaron el primer atracón de mota (de la premium). Asaltado por un aluvión de lucidez lindante con lo paranormal, el autor de "Let it be" le ordenó al "roadie" de Los Beatles Mal Evans que no dejara de apuntar cada cosa que dijera durante aquella velada. Al otro día, repasando las notas tomadas por su fiel asistente, pudo rescatar una sola línea coherente de entre aquellos apuntes mariguanos, que decía. "Hay siete niveles". Curiosamente o no, treinta años después, Deepak Chopra se haría millonario revelando exactamente lo mismo. Claro, mucho más detalladamente, pero no deja de sorprender que el buen Paul, sin querer, se haya metido sin golpear en una de las puertas secretas.
Esa temprana desilusión por el plagio que sufrí tres años antes de haber nacido me ha llevado a pensar que tal vez lo mejor sea (algún día) intentar con la hipnosis. Y po runa vez, ser profeta o gallina, dependiendo del lado del reloj en que me toque estar. Joder! empecé hablando de relojes y acabo con lo mismo. Y yo que ya me creía caído de todas las obsesiones.
Ya no se puede creer ni en mí.

Mariano

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12345 (VI)

Uno. Potables formas de querer. No hablemos de amor.
Dos. Tus oasis de sangre, sudor y piel saben detener la inmensidad de mi desierto. Luego, la arena interminable.
Tres. Todo será como debía cuando las memorias se vayan vaciando de mí. Que no existo. Que sólo soy el mal sueño de algún poeta condenado.
Cuatro. La alternativa de lo posible define una proporción para lo inconfesable, para todo aquello que define la liturgia soberana de la cobardía.
Cinco. En la noche sobrevivo, como sé, como puedo. Abstracto, insomne, ido en la vigila de un sueño peligroso que no llega. Por Dios, que no amanezca.
Cinco bis. En el principio fue el Verbo. Y en el después, el Verbo será ella, como su verbo es "amar". Hasta morir.

Mariano
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Formas

Día con día el momento se encierra en las formas, en los contornos decisivos de eso que llamamos amor.
De tarde en tarde vamos enterando al tiempo que todo lo posible es incierto, que todo lo correcto miente, que ni tú ni yo, que ni aquí ni allá.
En las noches, cada noche, el perímetro de tus pupilas ilumina el oscuro desafío de una tremenda soledad que sabe que le faltas.
Y de tanto especular, las miserias se vuelven realidad.

Mariano

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