profundamente a la gente de McGraw-Hill, que ha estado en todo momento cerca de mí y de mi familia con motivo de la publicación de esta obra y en estos últimos días, con motivo de este evento. Lo hago enfocándome en la persona de la Sra. Estela Delfín y del Sr. Jorge Aguirre a quienes les expreso públicamente mi reconocimiento por su esmero y por la cordialidad con que me han tratado en todo momento. Hago extensiva esta mención hacia la figura del Sr. Clemente Merodio, Director General de McGraw-Hill Interamericana Editores, por las sensibles palabras que me expresara en fecha inmediatamente posterior al fallecimiento de mi esposa. Norma manifestaba un genuino orgullo por ser parte de un proyecto editorial de McGraw-Hill y se sintió enormemente apoyada durante todo el desarrollo del mismo. Idéntica sensación de apoyo y tranquilidad fue y es la que sostengo desde la primera oportunidad en que se pusieron en contacto conmigo.
Obviamente, mi segundo pero no menos importante reconocimiento, va hacia el TEC de Monterrey, campus estado de México, y lo personalizo primeramente en la figura de su rector, Ing. Emilio Alvarado, no sólo referente máximo del campus, sino también alma mentora e inspiradora de un proceso de reconversión educativa que inspira a México en su conjunto y del que mi esposa también se sentía pieza orgullosa y que está dejando una profunda huella en la manera de pensar y sentir la maravillosa experiencia de enseñar, de educar, de trasformar a seres humanos, naturalmente valiosos, en seres humanos extraordinarios. Al profesor Eduardo Lazarín, cuyo status como superior inmediato de mi esposa no le impidió ser también amigo, para alentarla, para guiarla, para apoyarla en los momentos difíciles, para hacerle sentir que su trabajo era mucho más que eso, sosteniendo su liderazgo desde la base del respeto pero también desde el afecto. También mi reconocimiento para con dos amigos de mi esposa, que afortunadamente también fueron sus compañeros de trabajo, la profesora Blanca Sánchez y el Dr. Arcadio de la Cruz. La preciosa herencia que Norma me legó los incluye, como apoyo, como gente inmensamente valiosa de la que he venido recibiendo cariño, solidaridad y aliento permanente. Mi gratitud y lealtad hacia ellos no conoce de límites. Y dejé especialmente para el final de esta mínima e indispensable lista, por la relevencia y protagonismo que cobra dentro el marco de este proyecto, al Biólogo y Profesor Rodrigo Celiseo Santamaría. La admiración y reconocimiento que Norma le profesaba eran inmensos como su gratitud y la mía por haber llevado esta obra a buen puerto cuando ella ya no pudo completar la etapa final de correcciones. Durante el desarrollo académico del trabajo, te aseguro Rodrigo, Norma fue tu mejor alumna, amén de una leal colaboradora, en reciprocidad a lo que también sentía de tu parte. También hacia ti mi personal gratitud por las palabras sentidas y generosas que me obsequiaste oportunamente y que te convierten en acreedor de mi respeto, consideración y aprecio. A todos ellos, pues, muchas gracias.
Tratar de resumir en unos pocos minutos y con unas cuantas palabras quién fue Norma puede ser considerada una tarea tan inútil como frustrante. Estuve días enteros dándole vueltas al reto y al cabo opté por una rendición decorosa. Pero improvisar tampoco se me hacía justo y al cabo de la capitulación llegué a la conclusión que esta tarea no obedecía ni se trataba de una cuestión de tiempos ni de espacios. Se trataba de capturar, como en una fotografía imposible, improbable, la esencia de quien fue mi esposa. Y luego entendí que mi distancia profesional hacia su trabajo no era ni sería obstáculo, porque la esencia de su amor hacia mí, hacia sus hijos, hacia su entorno afectivo, era también la esencia de su vocación. Y desde esa plataforma comprendí también, cabal y maravillosamente que Norma, tal como decía Whitman, contenía multitudes. Era Norma combinando la poesía que ejercía desde una infinita dulzura, con la ciencia que le maravillaba y que la convertía en una maestra estupenda por el simple e inevitable suceso cotidiano de querer aprender, con fervor, con ansias, con infinita curiosidad. Era la Norma que perdía la mirada en la infinitud del espacio y las estrellas observando la luna en las noches de verano desde nuestra ventana pensando en canciones, pero también en un futuro en el que la raza humana podría devolverle esa mirada desde aquella superficie blanca ya para entonces habitada. O la Norma que podía emocionarse viendo parir a su gata, o descubriendo que los colores son más colores bajo la superficie del mar caribe, abrazada por un cardumen imposible de describir. O la Norma que de niña y enseñándole a hablar a su perico se maravillaba al darse cuenta que ella aprendía más que su propia mascota desde aquel asombro inaudito de enseñar.
Traducir o interpretar a la Norma educadora no puede ser difícil, pues, si uno observa que ella transmitía no tanto sus conocimientos como su curiosidad por conocer y eso era algo más inherente a su calidad humana que a su mérito profesional. Digamos que nunca tuvo que estudiar para desarrollar su hambre de conocimientos y que aprender era para ella tan natural y maravilloso como respirar, como vivir.
Y desde esta base de humanidad y de intuición, reforzada por los conocimientos académicos que acumuló y que también desarrolló, entendió cabalmente que su rol de educadora no podía ser el de una mera canalizadora de información. Sabía como pocos que en estos tiempos de vértigo en la generación de conocimiento era imposible abarcarlo todo, sobre todo en el área que manejaba, que era precisamente la científica. Hace mil años el conocimiento de la humanidad se duplicaba en quinientos. Hace quinientos, en doscientos. Hace cien, en cincuenta. En la actualidad, el conocimiento de la humanidad se duplica cada cuatro años, dentro de una década se duplicará una vez al mes. Esta situación la preocupaba especialmente por la imposibilidad de abarcarlo todo y sostenía, casi a nivel de prédica, la necesidad de formar mentes curiosas y apasionadas que se deslumbraran, al igual que ella, con la posibilidad de ser testigos del descubrimiento de nuevas maravillas, de la invención de otras y de provocar las propias.
Por eso adhirió fervientemente a los proyectos de rediseño del TEC, porque estos se orientaban (y se orientan) inequívocamente hacia esa dirección. Porque estimulaban y estimulan nuevas formas de aprendizaje basadas en las infinitas posibilidades de cada individuo para construir su propio modelo del mundo y desde ahí mejorar el que habita. Por eso entendió y aplaudió la iniciativa de ejercer una tarea docente enfocada en la persona más que en el alumno, por la conciencia vital y lógica que manifiesta que sólo de un ser plenamente realizado en su esencia podrá surgir un profesionista comprometido con su país, con su mundo, con su tiempo y con sus congéneres.
Una de sus frases favoritas, que repetía y repartía entre sus colegas y amigos, era una cita de Antoine de Saint Exupery. Frase en donde según ella, la palabra amarte se podría reemplazar por educarte sin ningún remordimiento ya que incluso, bien podrían ser sinónimos y el significado no solamente se sostendría sino que también se potenciaría. Dice el piloto francés, autor de El Principito:
Tal vez amarte no sea otra cosa que el proceso a través del cual yo te guíe delicadamente de regreso hacia ti mismo
Y no es entonces casualidad que descubramos que el origen y significado etimológico de la palabra griega educare… sea precisamente guiar.
Es a través de estos indicios, mínimos pero concluyentes, que vamos entendiendo por qué de todos los libros probables que Norma pudiera haber escrito, el que hoy nos convoca era a todas luces, inevitable y principal. Porque era su necesidad convertir al medio en un fin, lo que es decir a la investigación en lo investigado. Como describir el fascinante viaje de retorno a la curiosidad original que siendo niños nos pone de pie frente al mundo. Tengo un bebé de catorce meses, mágica y oportuna herencia de Norma para mi consuelo y redefinición de futuro, y es fascinante observar cómo su curiosidad lo lleva día a día a romper sus propios límites, a creer en sí mismo, a mejorar sus aptitudes, a buscar, sin saber qué, pero buscar, con o sin ayuda. Y no es un bebé distinto a cualquier otro. Lo que demuestra que esa actitud, al igual que el código genético, identifica al común de los seres humanos de este planeta. En algún misterioso y fatídico momento, sin embargo, la mayoría de nosotros perdemos ese fervor inicial e intuitivo, esa alegría por descubrir, y nos relajamos en la comodidad de los descubrimientos ajenos.
Esa apatía y su consiguiente falta de iniciativa, muchas veces existenciales, eran los molinos de viento que Norma se propuso derribar a través de proyectos como el que hoy estamos conociendo. Quedará en el terreno de lo potencial lo que hubiese hecho a partir de esta ópera prima, ahora lamentablemente única.
Y al igual que los personajes en busca de un autor de Pirandello, que proclamaban: Señor, la obra está en nosotros, ella buscaba la esencia de la sabiduría esencial y de la búsqueda del conocimiento en los propios personajes. Y la encontraba, exactamente en el centro del ser humano, de la persona. Porque, claro, es cierto, la obra está en nosotros.
De ahí, que asociado a esta búsqueda, tuviera tan en claro lo que representaba la moral y el sentido ético de la educación. En su agenda tenía copiada una cita, que cierta directora de escuela le hiciera llegar al psicopedagogo norteamericano Haim Ginnot y que dice textualmente:
Soy sobreviviente de un campo de concentración. Mis ojos vieron cosas que ninguna persona debería presenciar. Cámaras de gas construidas por ingenieros de verdad. Niños envenenados por médicos. Infantes muertos por enfermeras diplomadas. Mujeres y bebés asesinados por egresados secundarios y universitarios. Por eso desconfío mucho de cierto tipo de educación. Mi pedido es: ayude a sus alumnos a ser humanos. Sus esfuerzos nunca deben producir monstruos eruditos o psicópatas educados. La lectura, la escritura, la ortografía, la historia y la aritmética sólo son importantes si sirven para que nuestros alumnos puedan ser humanos.
Y más, mucho más que enseñar, Norma facilitaba el aprendizaje, colocaba cosas delante de sus alumnos, para mostrarles cuán emocionantes y maravillosas eran, incitando a probarlas y a descubrir otras desde el maravilloso e infinito potencial individual de cada ser. Y ante los logros y el reconocimiento, con la misma humildad y falta de apego a los aplausos que tanto la hubiesen incomodado esta tarde, bien podía responder como Miguel Angel cuando le preguntaron qué prodigio le había permitido esculpir su célebre escultura La Noche y respondió:
Tenía un bloque de mármol que ocultaba la figura que usted ve ahí. El único esfuerzo necesario fue quitar las pequeñas piezas que la envolvían e impedían que fuese vista.
A partir de esto puedo ir concluyendo.
Norma fue un ser humano excepcional. Una persona que puede definirse y comprenderse desde una sola palabra: pasión. La pasión que ella contagiaba aún desde su tono sobrio pero cautivador, desde su mirada dulce e infinita que veía más allá de lo presente y del presente, invitándote a viajar con ella para regresar con las maletas llenas de vida, de optimismo, de un conocimiento nuevo que nunca era la meta sino una etapa más en el camino… ese mismo que nos llevará de regreso hacia nosotros mismos.
Cuando el proyecto de este libro se concretó y Norma finalizó los primeros borradores, ya enferma y con nuestro bebé Dylan cumpliendo sus primeros cuatro meses de vida, me escapé temprano un sábado y regresé con un pequeño pino. Hice un hoyo en el jardín de nuestra casa y la llamé ansioso. Salió con Dylan en brazos y luego de la primera sorpresa, entendió. Dejó al bebé entre las flores de aquel último verano que se iba para siempre y plantó ese pequeño pino, también para siempre. Y a su lado nos abrazamos, cubiertos de tierra.
Tener un hijo, plantar un árbol, escribir un libro…
Y pienso y siento: qué manera tan maravillosa de despedirse, de decir misión cumplida; qué adiós tan digno de alguien que realmente supo vivir hasta morir, si es que creemos en esa mentira llamada muerte.
Nos queda el recuerdo, el amor que no se irá, sus poemas, su libro, y si como dijo hace casi dos mil años un maestro en un monte rodeado de olivos: … por sus frutos los conoceréis… ahí quedan los suyos, unos cuantos cientos de jóvenes, varios de los cuales aún hoy me siguen escribiendo, sin entender… sin poder creer. Y claro, sus tres mejores frutos, aquellos que multiplicarán su talento, su amor, su mirada, su palabra, su memoria viva… su esencia: sus hijos Mariana, Andrea y Dylan Alexandro.
Gracias nuevamente a todos, por el tiempo, por el espacio, por su atención y por esta oportunidad que me han regalado esta tarde. Gracias a la familia y amigos de Norma que me han acompañado hoy y que han permitido mi atrevimiento de ocupar este lugar que les corresponde. Gracias especialmente al profesor Carlos González, primer esposo de Norma y padre de sus niñas, a quien le debo mucho más que una valiosa amistad forjada en el amor común hacia una mujer fuera de lo común y en nuestros hijos. A mi familia en Argentina que desde la distancia me apoya y acompaña: mi madre, mis hijos Walter Daniel y Mariano Paul, a la madre de ambos Estela Maris, a mi hermano Sergio, a la memoria de mi padre y a toda la gente que ha conocido y ha amado a Norma y que en este momento está derramando su luz sobre mí. Gracias a este México lindo, querido y generoso que me abrió las puertas hace cuatro años, de la mano de Norma.
Y a ti mi amor, mi cielo, Moma o simplemente miss, desde este espacio y hasta el tuyo, ese que ambos conocemos y donde me esperas, nos esperas, te digo: te amo, te extraño, te necesito… el mundo es un lugar mejor por el simple hecho de haberte conocido.
Dios te bendice…
Dios los bendiga…
Muchas gracias, buenas tardes.
Mariano Pedrozo
Cuautitlán Izcalli, 28 de abril de 2004