La Carta
De todas las cartas que nunca escribió, aquella fue sin dudas, la más importante. La comenzó sin fecha ni destinatario. No la terminó. Detalló pausadamente una fantasía aberrante, pospuso un poema, dedicó tres agravios. Montó tres guardianes y describió la esfinge. Mintió dos veces, justificó un crimen y provocó otro. Escribió ‘te amo’ una vez y ‘puta’ tres. Olvidó pocas cosas. Trituró la teoría del quantum y saludó con entusiasmo a los apólogos de la entropía. Insultó al Aquitecto y renegó de sus padres. Lloró dos líneas las más sutiles, sólo para iniciados-, humilló y se humilló en el párrafo siguiente. Perdonó en el último. Censuró a la filosofía de tiempo completo y se rió de la Historia. Teorizó sobre las conspiraciones de siempre y contó, una por una, todas las heridas del mundo, empezando por las suyas. Confesó tres pecados, dos de los cuales lo llenaban de orgullo. Detalló el tiempo, la vida misma que jamás hubo vivido. Se desmarcó de la nostalgia que todo lo pudre y anotó en el margen una obscenidad menor, innecesaria. Rubricó con semen y sangre la agonía inconclusa de aquella misiva inexistente, ni siquiera soñada. Postdató un recordatorio falso, un último adios. Y en aquel momento lamentó no haber escrito aquella carta, para quemarla luego en el fuego azul de todo lo que vendrá.
Mariano Pedrozo
28 de Noviembre de 2004