Friday, December 17, 2004

Pétalos De Ceniza (Requiem Para Un Recuerdo)

Empezó buscando una fecha o quizás un nombre. Posiblemente el de un viejo amigo o compañero de estudios. Alguien así. Contó la anécdota en medio de la reunión y se complicó al momento de querer ponerle apellido a esa cara, al gordito aquel. Y cuando removió aquellos años fue que surgió de la nada el recuerdo. Pero no el que buscaba, sino otro.

Preciso, fotográfico, certero. Sintió entonces una mezcla de espanto y sobrecogimiento al reconocer en ese segundo inmediato toda la vulnerabilidad de su existencia. Ofreció disculpas cuando se irguió y las repitió cuando tiró la silla. Quiso ver a los ojos del anfitrión para justificar con alguna mentira la intempestiva salida, pero sólo vio en aquel rostro conocido otra arista del mismo recuerdo, sólo que en ese momento fue remordimiento el color de la punzada que lo volvió a trastornar. No aceptó ayuda ni taxis. Subió a su automóvil e intentó la maniobra en reversa para salir, pero al fijar la vista en el espejo volvió a verlo: insigne al frente de toda su memoria aquel recuerdo tremendo se plantaba en toda su magnífica arrogancia para provocarle -ahora- una pena infinita. Una congoja desesperada que desembocó en llanto. Quiso convencerse que ese recuerdo no era suyo, pero fue inútil. Las formas, los tiempos, el desenlace, todo era exacto y propio, rotunda e inequívocamente. Puso un disco para sepultar con música el ruido que brotaba del pasado y apabullaba su mente, su alma, su existencia toda, ahora concentrada en un punto preciso y fatal del ayer resucitado. Pero con el correr de los minutos el recuerdo dejó de ser una aparición -fortuita o no- para convertirse en una presencia. Y se transformó entonces en algo vívido e independiente de toda voluntad que pretendiera colocarlo nuevamente en la urna que durante años cohabitó con tantos otros recuerdos. En ese desgobierno perverso ya no pudo despegar de su visión la misma y repetida imagen insurgente que se rebelaba ahora contra la memoria para volver a ser presente. La vio una y mil veces durante cada instante de ese trayecto de locura que intentaba de regreso a su casa. Lo revivió en todas las luces de neón que rompían la cortina de lluvia incesante, en la pelambre brillante de un gato negro que casi atropella, en cada marquesina, en todos los escaparates. Lo volvió a ver en seis pares de ojos -cuatro de ellos de mujer, precisamente de mujer-, en el color ocre de una bomba de gasolina y en el humo de tres cigarrillos. Lo acongojó luego desde la sonrisa falsa de una prostituta y sintió un terror agobiante cuando lo reconoció en la placa de un policía. Aún la campana de la iglesia lo aturdió al pasar por frente porque también podía oir otras -¿un funeral?, ¿una boda?- en el soundtrack de aquel recuerdo. Se desesperó más, se extravió, vagó por calles desconocidas pasándose todos los rojos de cada semáforo que le recordaban ese otro rojo -¿sangre?, ¿un vestido?, ¿un labial?- del que ahora no podía huir. Ya para entonces esa única memoria era dolor, angustia, remordimiento y otras cosas más que no podía recordar, poseído por el recuerdo único. Ese mismo recuerdo del que ahora era inapelable prisionero, esclavo y sujeto de su tiranía, porque ya todo lo poblaba, no sólo su mente y su alma, no sólo su automóvil, sino toda una ciudad, toda una lluvia y toda una noche que tejían su tramado de complicidad sobre él, mansas y serviles a la voluntad de esa remembranza definitiva. Subió al máximo el volumen, ahora del radio, en su afán de oir otra voz y no aquella que se conjugaba con las imágenes tremendas que lo acorrabalan sin espacio ni tregua para recordarle que el pasado no existe, que todo es presente, lo hecho y lo por hacer, y que nadie escapa de su destino. Porque hay un destino. Y de mierda, rabió entre sollozos. Pero las noticias, el pronóstico del tiempo y las encuestas electorales no acallaron el sonido de fondo que taladraba su cerebro y así las horas fueron minando su conciencia y el recuerdo se convirtió en una visión indescriptible que lo condenaba al peor de los castigos: el de no poder olvidarlo ya nunca jamás. Llegó a su casa poco antes del amanecer. Cerró el gas, soltó a la perra, cargó en una Samsonite dos camisas y un pantalón, una cazadora flamante, unos tenis, la pequeña caja de madera, una botella de escocés sin abrir, una pistola y la -única- foto enmarcada que tenía de sus tres hijos. Se olvidó de todo lo demás, menos de aquel recuerdo inolvidable y partió sin bañarse y sin dormir, no sin antes arrancar del jardín la rosa que cuidaba para preservarla del olvido, ese mismo que ahora se había decretado imposible.

Nadie notó su ausencia en la siguiente reunión. En el periódico lo echaron de menos un tiempo, no escribía mal. Su ex esposa retiró la demanda y se quedó con la casa. Sus hijos a veces piensan en él, sobre todo el más pequeño. La perra la conserva el vecino que la encontró. Alguien por ahí lo extraña. El coche no fue visto nunca más. La rosa apareció días después, intacta en una playa lejos de ahí, cubierta de cenizas.

Pero esto último jamás lo supo nadie.

Mariano Pedrozo
16 de Diciembre de 2004

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