Tuesday, January 25, 2005

Tres Tiempos

Un adiós como éste se conjuga en tres tiempos
Primero será una cita inevitable, previsible y varias veces postergada.
Luego se convertirá en un acto inapelable, breve, exacto.
Y finalmente será (¿será?) un recuerdo doloroso, obstinado, agotador.
Notas en el margen del texto anterior, luego tachadas con la misma pluma pero claramente visibles:
‘Mentir un hasta luego’ ‘Pensar en otra cosa’ ‘No desestimar un arrepentimiento, sólo que ni tan prematuro ni tan extemporáneo’ ‘Evitar el alcohol pero no el cigarro’ ‘Dios proveerá’
(… ¿Dios proveerá?… ¿qué quiso decir?)
Otras notas al margen manuscritas dos hojas después, en el mismo libro.
‘Uno quiere como aprendió, también como intuye. Y de última, como lo quieren’ ‘No way out’

Mariano Pedrozo
25 de Enero de 2005

 

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Thursday, January 20, 2005

Para Janis

No hay hotel para corazones destrozados en esta tarde mentirosamente soleada y la tristeza administra su juego eficientemente y con cartas precisas. Sin pena me dejo ganar a falta de espejos que reflejen el premio de alguna posible sonrisa que a esta altura ya ni extraño, ni deseo. Prefiero seguir bajando. Cuando llegue al fondo veré qué hacer.

Desde mi estéreo Janis Joplin llora tristezas parecidas –muy- a éstas. Canta los blues con pasión desesperada y basta con cerrar los ojos para meterse en la piel de esa mujer devastada y entender por qué fue lógico que muriera días después de grabar “Cry baby”. Ya no había nada que hacer después de cantar eso, de cantar así. No existía retorno posible.  En aquello días de abismos y noches sin fin, Janis también había cantado en “Me & Bobby Mc Gee”: “… cambiaría todos mis ‘mañanas’ por un simple ‘ayer’….”. Y fue lo mismo, otra rúbrica para el mismo y definitivo pacto. Nadie la escuchó, claro. O a nadie le  importó. Y a ella tal vez menos que a nadie. Pero ya nada contaba. Era el dolor después del dolor.
Janis llora los blues. Escupe angustias y frustraciones inmemoriales que tal vez arrastre de otras vidas. Y es que uno siempre va naciendo con cuentas pendientes que nunca termina de pagar, aunque no sepa qué es lo que adeuda ni por qué. Janis no le tuvo miedo a la muerte porque no le tuvo miedo a la vida. A la perra vida que la golpeó de la mano de cada amor imposible, de cada pesar inenarrable pero palpable en cada frase desgarrada por esa voz encendida de alcohol, cigarrillo y llanto que nadie, nadie ha podido igualar. Porque nadie cantaba los blues (las tristezas) como ella.
Janis cantaba por necesidad, la de darle un mínimo sentido a una vida que nació sólo para ir muriéndose de a poco, de a mucho. Y así fue que desangró su existencia misma sobreviviendo de a gotas, desahogando en la música su oscuridad para calmar toda su angustia. Cantando se negaba a morir preparando el camino para su muerte como en una letanía estremecedora y dejando la vida en cada fraseo, en cada nota.  Cielo o infierno en solo compás.
Podríamos hacer una encuesta para arriesgar su improbable paradero. Y si se me permite arriesgar, quiero suponer que del infierno huyó la noche que se fue del todo porque el cielo no es para los endemoniados que han vivido enterrados en los blues; que han pecado de infelicidad por propia voluntad –autocondenados- o por karmática decisión del Dueño de Todos los Blues; aquellos que han muerto mil veces en vida y que prefieren inventar su propio y mentiroso cielo antes que soportar el desprecio y la frustración del otro, el verdadero.
Y prefiero suponer que Janis se acopla ilusoriamente a mi tarde repleta de ausencias desde un disco viejo y rayado. La revivo en el recuerdo y la materializo cada vez que vuelvo a poner “Me and Bobby Mc Gee”. La imagino acercándose a mí con su sonrisa triste y desganada, casi fugitiva -ah… perla, siempre huyendo- de su rostro redondo y lloviéndole la mirada el cabello desprolijo.
Y yo aquí, tal vez tan solo como ella, voy navegando estas horas greises e interminables, rasguñando mi guitarra y escuchando su voz familiar y aguardentosa despegándose de la muerte para ahuyentar a la mía con aquella canción tan pero tan hermosa que aún después de cientos de veces de escucharla sigue conmoviendo y que es para el juicio de mi corazón, su mejor fotografía. Y su legado.

“…sentirse bien era tan fácil Señor, cuando ella cantaba los blues…”

Janis, hermana y portadora de tristezas cósmicas, voz y alma de las mías; amiga y compañera de soledades desde mi lejana adolescencia de flores y desencuentros, sin haberte conocido nunca te reconozco siempre y te llevo muy dentro de mí

Te quiero. 


Mariano Pedrozo

 

(N.del.A.: esto lo escribí hace casi cinco años, pero lo rescato -y lo corrijo- ahora, luego de recordar que ayer, miércoles 19 de enero, Janis hubiera cumplido 62 años, aunque todos sabemos que tenía muchos más que esos cuando murió hace treinta y cuatro. Y pienso que con esa edad bien podría ser mi madre. Y a lo mejor lo fue. Como sea, feliz cumpleaños, Perla)

 

 

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Wednesday, January 19, 2005

Al Lado Del Camino

Me gusta estar al lado del camino fumando el humo mientras todo pasa,
me gusta abrir los ojos y estar vivo, tener que vérmelas con la resaca.
Entonces navegar se hace preciso en barcos que se estrellen en la nada,
vivir atormentado de sentido… creo que esta sí, es la parte mas pesada.

En tiempos donde nadie escucha a nadie, en tiempos donde es todos contra todos,
en tiempos egoístas y mezquinos, en tiempos donde siempre estamos solos
habrá que declararse incompetente en todas las materias de mercado,
habrá que declararse un inocente o habrá que ser abyecto y desalmado.

Yo ya no pertenezco a ningún ‘ismo’, me considero vivo y enterrado.
Yo puse las canciones en tu walkman, el tiempo a mi me puso en otro lado.
Tendré que hacer lo que es y no debido, tendré que hacer el bien y hacer el daño…
No olvides que el perdón es lo divino y errar a veces suele ser humano.

No es bueno hacerse de enemigos que no estén a la altura del conflicto,
que piensan que hacen una guerra y se hacen pis encima como chicos;
que rondan por siniestros ministerios haciendo la parodia del artista;
que todo lo que brilla en este mundo tan sólo les da caspa y les da envidia.

Yo era un pibe triste y encantado… The Beatles, caña Legui y maravillas,
los libros, las canciones y los pianos, el cine, las traiciones, los enigmas,
mi padre, la cerveza, las pastillas, los misterios, el whisky malo,
los óleos, el amor, los escenarios, el hambre, el frío, el crimen, el dinero y mis diez tías
me hicieron este hombre enreverado.

Si alguna vez me cruzas por la calle regálame tu beso y no te aflijas
si ves que estoy pensando en otra cosa. No es nada malo, es que pasó una brisa…
la brisa de la muerte enamorada que ronda como un ángel asesino.
Mas no te asustes siempre se me pasa, es sólo la intuición de mi destino.

Me gusta estar al lado del camino fumando el humo mientras todo pasa,
me gusta regresarme del olvido para acordarme en sueños de mi casa…
del chico que jugaba a la pelota, del 49585.
Nadie nos prometió un jardín de rosas, hablamos del peligro de estar vivo.
No vine a divertir a tu familia mientras el mundo se cae a pedazos.
Me gusta estar al lado del camino…
me gusta sentirte a mi lado.
Me gusta estar al lado del camino…
dormirte cada noche entre mis brazos

FITO PAEZ

 

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Mientras Dure

No me importa mostrarme débil mientras escribo,
si aún no soy fuerte, ni nunca lo he sido.
No he aprendido a amar como aquí juegan,
yo amo con los codos, con el sueño, con la voz.
No tengo objeción en no ser correspondido,
no me importa cuánto vivan mis amores,
yo amo mientras dura, mientras puedo,
mientras se vacía el vaso y emprendo mi camino.
No entiendo cómo aman los humanos,
por eso estoy aquí contigo, por tu duda,
por todo lo que no sabes ni averiguas
por todo lo que das sin saber siquiera que tuviste.
Amo tus alas, tus vuelos,
tus caderas
donde termina mi noche, mi nostalgia.
No me importa que no entiendas que te amo
que dudes y llores y preguntes y reclames.
Yo te amo…
mientras dure.

Edel Juarez

 

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Thursday, January 13, 2005

Tren Fugitivo

Llegué casi puntual, cinco antes de la medianoche. La luz que anunciaba el último tren ya desgarraba la oscuridad en dos: antes de ti y después de ti. La formación todavía tardaría unos minutos en llegar, pero las luces siempre pervierten el espacio engañando la real distancia que nos separa de lo que esconden tras de sí.

Me lo explicaste una tarde cuando decías que la luz de las estrellas era la huella mentirosa de una enana muerta en un espacio tan enorme y por eso mismo tan absurdo que jamás abarcaremos. Entonces comprendí que te estaba perdiendo y que tu luz en mi memoria sería la burla de tu propio espacio inabarcable, de tu distancia infinita.
Y esta noche, de pie en la estación, esperando bajo la lluvia, especulé con un improbable ‘quizás’ para imaginarte detenida, no ya viajera eterna, no ya perdida. En el bolsillo izquierdo del gabán cerré el puño sin respeto ni cuidado sobre la carta  que escribiste hace exactamente veinte años, la misma en donde precisaste la fecha del reencuentro para hoy. Y casi con desesperación me aferré a ella para no quedar suspendido en el vacío de mi temor; para no atreverme siquiera a imaginar otros veinte años sin la esperanza de una carta como esa. Y sin ti.
Encendí un cigarro y con la primer voluta de humo dibujé tu inicial. La segunda se deshizo sin decirme ni siquiera adios, igual que tú cuando decidiste hace tanto tiempo que éramos demasido jóvenes para amar hasta morir.
El piso de cemento mal emparejado del andén se cimbró de pronto y con él la noche y la lluvia. Cimbrón de frío, de miedo. De ti. Aventé a los rieles la colilla agonizante al tiempo que la última campanada cerraba todo tránsito de silencio en esta noche que se anunció hace miles en un papel. El andén se colmó de humo y de un resplandor enceguecedor que grabó sobre la noche el relieve de todas las gotas de toda la lluvia de todos los cielos y de todos los llantos, aún los que jamás me pemitiría. Ni siquiera por ti.
Pero estaba escrito en el apócrifo brillo de tu carta que te encontrabas tan lejos y esta falsa cercanía de una fecha señalada hizo más doloroso el engaño. La mano se jugó prolijamente y al cabo alguien recogió las cartas, incluso la mía, la nuestra, ésta que la noche me roba ahora del bolsillo para arrojarla sobre la colilla que aún humea resistiendo la lluvia y en donde agoniza el fuego que arde con todas las mentiras. Y que surge de la nada y nuevamente para convertir en cenizas la carta con la que me tocó perder otra vez, en este andén vacío de todo menos de mí. El mismo andén que va despidiendo con indiferencia al tren del que nadie bajó.
Procuro evitar el silencio y la oscuridad de la noche que me envuelve de pronto mientras camino de regreso a ningún lugar. Intento silbar alguna melodía fatal pero me ahoga el humo, el frío y la sombra helada de un recuerdo futuro que ya jamás inventaremos. Y vuelvo a recordar que cuando nadie parecer tener las respuestas, el amor puede acabar con todas las preguntas.
Pero ahora el amor se ha perdido como un tren fugitivo.

Mariano Pedrozo
7 al 12 de Enero de 2005

(N. del A.: gracias a Bernie Taupin por la línea but love is lost like a runaway train -del tema homónimo interpretado por Elton John- que me dio la idea para esta historia y a los increíbles solos de Eric Clapton en esa canción, que me contagiaron toda la ansiedad, desolación e intensidad necesarias para llevarla a cabo. Mi única y malograda intención luego de una semana de trabajo estéril fue la de convertir en palabras todo el dolor de esa guitarra desesperada. Frustrado el intento, esto fue lo que quedó…)

 

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Thursday, January 6, 2005

Una Historia de Princesa

No esperaba encontrar nada nuevo al asomarse a la ventana. Sabía que el paisaje no variaría, que los rostros que pasaban podían cambiar tal vez, pero que la indiferencia sería la misma: la de ellos, propietarios de aquellos rostros sin nombre.

Desde el cuarto piso de aquel departamento podía ver las copas de los árboles y algunos juguetes atrapados en las ramas desde el día en que pretendieron viajar por aquella ventana hacia el jardín, como respuesta al requerimiento infantil de un juguete para usar sin tener que subir por él, pero que por azares del viento y de la mala puntería de su abuela, habían marcado su destino para siempre en aquellas ramas, perdiendo su brillo y su color, siendo olvidados al cabo de cierto tiempo….como ocurría ya con algunos de sus recuerdos de esa infancia.Hacía ya muchos años que aquella ventana le daba la primera luz de la mañana y en ocasiones le regalaba cielos estrellados nacidos hace millones de años y llegados a ella mucho tiempo después. Y así como aquella ventana seguía allí día tras día, y la misma luz, y prácticamente los mismos cielos, así el paso de los años parecían no haber modificado en gran medida la esencia de ella misma. Se seguía sintiendo la niña de papá, el indeseable huésped de su abuela, la hermana por obligación de aquella que le llevaba 3 años de edad física y casi 3 años luz de distanciamiento emocional. No podía decir si había sido feliz todo ese tiempo en aquel sitio. Finalmente el lugar no importaba tanto como la ausencia de su alma en ese espacio físico. Y a dónde pertenecía… no lo sabía, pero algo le decía que no era allí, que debía haber algo más…alguien más.¿Por qué lloraba? ¿Por qué el vacío? ¿A quién le escribía esas cartas sin destinatario disfrazadas de un “Querido Diario”? Siempre pensó que había alguien en algún sitio que era como ella, pero no tenía idea alguna de cómo llegar a él. ¿Y si era un sueño? ¿Y si fuera aquel? No. No era ninguno. No había nadie allí. Sólo esa ventana que miraba hacia los árboles captores de juguetes, y los rostros de la gente sin nombre pasando por la calle. Y tal vez el viento…y quizás un sentimiento hecho pensamiento que se atrevía a volar por el aire y viajar kilómetros y kilómetros en espera de que ese alguien pudiera interceptarlo…capturarlo. Y tal vez era un sitio bajo una misma luna, aunque lejos. Y quizás era él mirando a esa luna y escuchando aquel mensaje sin darse cuenta. Los rieles de un tren bajo sus pies. Haciendo equilibrios al andar para no caer….y ese pensamiento que como una onda de radio le llegaba, sí….pero con cierta interferencia causada por la propia ausencia de sí que lo embargaba.Soledades compartidas en la distancia. Era ella y era él. Esperando sin esperas una vida futura en donde aniquilar la soledad. Ventana de un cuarto mirando expectante hacia la noche….Rieles bajo los pies aguardando en el camino….¿Y si existiera el destino?

Norma Morlote Samperio 
2/agosto/2000

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Un Domingo en el Cielo

(extraído de “Vámonos – Historias del Angel de la Mañana”)


Ángel de la Mañana recorre la juventud del día recién amanecido con desesperada calma, desparramando resignadamente su agonía de domingo interminable en su nube, en aquel barrio en algún lugar del Cielo. Deja pasar el tiempo paseando su desgarbada humanidad con las manos en los bolsillos y silbando algo parecido a un tango y sin terminar de entender por qué las horas, aun los minutos parecieran retroceder los domingos.

Si, si… ya sabe él que en el Cielo todo es posible, pero esto ya se le antoja demasiado. Hace apenas un rato (¿… y qué es un rato sino un siglo?), Sirio le indicaba que el día había completado su primer cuarto, pero ahora Tauro le devolvía el paisaje que suele anteceder al alba en un par de ratos (para continuar utilizando esta unidad de medida). Era una broma, si duda. Macabra, de mal gusto, grosera.
Luchaba contra su avanzado estado de desesperanza frente a ese día que iba hacia atrás, que se tejía para destejerse en cada destello de esa mañana traidora que se replegaba cobardemente hacia la noche… y solo para demorarle a él el reencuentro con ella. Ese que se interrumpía cada viernes cuando completaba el riguroso horario de Palacio y debia retornar a su lunes hasta el lunes siguiente, día dorado en que volvería a atender los caprichos de ella.
Su Altísima Gracia… Su Señora…Su Princesa.
Sin nada mejor que hacer y sin inspiración que lo alentara a nada, tomó su escoba de algodón y se dedicó casi con descuido a barrer su nube, haciendo pequeños montículos con el polvo de estrellas que se venía acumulando en su patio desde la última vez que barrió… hace tres o cuatro… cientos años. Casi sin darse cuenta terminó, sólo para advertir que el lunes seguía estando a dos milenios de distancia. Nada le procuraba interés. Nada le importaba. Solo aquellos ojos se le antojaban a su mente, a su corazón, a su ilusión.
Si hasta había rechazado la invitación que cada domingo solía aceptar para ir a arbitrar los partidos de fútbol en el club, allá, dos nubes hacia el poniente… (“no muchachos, les agradezco… hoy no… no, no es por nada, pero prefiero descansar un poco… sí, sí, estoy bien, gracias… sí, yo los llamo en la semana… gracias…”).
Se quedó con la convicción de no haber sonado creíble. Seguramente sospecharían algún resquemor, producto de las repercusiones que generó su última participación en el referato local tres fechas atrás. Memorable jornada aquella en la que luego de que el equipo visitante abriera el score con un gol de notable factura técnica, nuestro héroe, sintiendo la presión del momento y de la parcialidad local, mucho más numerosa que la de del equipo oponente, procedió a expulsar al guardameta del mismo, a toda su línea defensiva, a dos mediocampistas, al coach, al asistente médico, al utilero del equipo, a doscientos setenta de los trescientos simpatizantes presentes por parte de la visita, al autor del gol y a su señora madre que seguía las instancias del evento desde el televisor de su casa; en todos los casos por considerar que el festejo de la conquista había sido excesivo y que ponía en riesgo la seguridad del espectáculo.
La reacción de los locales ante el quiebre del cero en su valla no se hizo esperar, consiguiendo revertir con honor y sacrificio el marcador, que finalizó 37 a 1.
El Ángel fue llevado en andas en honor al acto justo, valiente y decidido que posibilitó la victoria del combinado barrial de sus amores, pero la prensa especializada consideró más que parcial la actuación del Ángel, tal como quedó documentado, por ejemplo, en la edición inmediata al cotejo del semanario deportivo “El Gráfico”, que con foto de nuestro alado personaje ocupando toda la portada y en la cual se lo veía blandiendo soberbiamente el cartón rojo en alto, tituló lapidariamente “El Angel de la Mañana: …es o se hace?”
Pero así y todo no era esta incómoda notoriedad la que lo desganaba. Era la melancolía de saberse menos, de saberse lejos. Era la ciega impotencia de privarse del placer de estar con ella, al menos en esa mínima ceremonia diaria en la que acostumbra servirle su desayuno, calentito, preparado con tanta ilusión, esa misma que sólo espera ansiosa el modesto pero enorme premio de una sonrisa y un “gracias” más protocolar que sincero, pero que tan a música suena a los oidos ingenuos de nuestro ángel.
Angel insensato, cobarde, desprolijo…
Masculló su impotencia y fue a sentarse al borde de su nube con el único interés de dejar pasar el día, observando el horizonte repleto de un futuro que se le dibujaba desierto.
Colgaban sus pies desnudos y mojábanse de cielo mientras su rostro apoyado entre sus palmas fijaba la mirada en tantas cosas… o en una sola, que para el caso era lo mismo.
Una gaviota voló bajo. El chasquido de sus alas lo despertó a la realidad de su cielo.
Harto ya de estar harto, hurgó en sus bolsillos. Quizás buscaba algo.
Volcó en el piso recién barrido su universo portátil de porquerías. Pobre botín se apuntaría un ladrón que lo vaciara de aquellas pertenencias: un boleto de tren; una hoja de rosa marchita, ya sin color ni perfume; un papelito con un poema repleto de errores ortográficos y que supiera improvisar la otra noche, en vela; una estampita de San Antonio (el santito del amor…); la valiosa llave que abre la puerta secreta de Palacio, santo grial de su futuro plan; un último pedazo de grisín; dos millones de miguitas; un lapiz azul con todo el cabo mordido; la piedrita amatista que le regaló María Sol… y ahí… claro…ahí finalmente estaba también su armónica…
Sopló despacito, luego más fuerte.
Sonó una melodía triste, nunca del todo inventada, siempre un poco robada. La armónica al fin y al cabo no lo obligaba a pensar. Podía dejarse llevar y no era necesaria la precisión que su lira le exigía. No había escalas ni arpegios que respetar.
Y al fin al cabo, pensó que sólo en el beso de esa canción mal improvisada podía conjurarse aquel que no tenía, que no podía. Besar con una melodía y sus ojos cerrados a aquellos labios imposibles, anhelados. E imaginar así, con acordes imprecisos que él no era un ángel y que ella no era una Princesa.
“Basta”
… se dijo de pronto.
Aquello no podía ser. Debía (debía!!!) haber alguna manera de torcer al maléfico destino. Él, Angel de la Mañana tenía que hacer algo. Liberar (pensaba) a su Princesa de aquella trampa. Y si a fin de cuentas él, ángel desesperado había aceptado seguirla, fue para no perderla, para conservar su modesto empleo matutino, para no dejar que nadie que no fuera él le sirviera el desayuno, aún lejos de Palacio.
Era hora de hacer algo…
Ya vería qué…
… pero concluyó que no se puede amar así y no decirlo.
Que no se puede callar con silencios lo que se grita con una mirada.
Que no se puede evitar lo inevitable.
Y que el amor, tal vez, es la savia imprescindible que da vida y que conmueve a los ángeles y a los niños…
Y él, además era un ángel, porque había sido niño.
Iba cayendo la tarde. Ahora sí las estrellas se conjugaban en armonía y torcían ya decididas sus timones hacia la noche que anunciará el día. Angel de la Mañana se dormirá recostado al borde de su nube, sus pies descalzos colgando, mojados de cielo…
Y soñará con ella…

Mayo de 2000

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