Thursday, January 6, 2005

Una Historia de Princesa

No esperaba encontrar nada nuevo al asomarse a la ventana. Sabía que el paisaje no variaría, que los rostros que pasaban podían cambiar tal vez, pero que la indiferencia sería la misma: la de ellos, propietarios de aquellos rostros sin nombre.

Desde el cuarto piso de aquel departamento podía ver las copas de los árboles y algunos juguetes atrapados en las ramas desde el día en que pretendieron viajar por aquella ventana hacia el jardín, como respuesta al requerimiento infantil de un juguete para usar sin tener que subir por él, pero que por azares del viento y de la mala puntería de su abuela, habían marcado su destino para siempre en aquellas ramas, perdiendo su brillo y su color, siendo olvidados al cabo de cierto tiempo….como ocurría ya con algunos de sus recuerdos de esa infancia.Hacía ya muchos años que aquella ventana le daba la primera luz de la mañana y en ocasiones le regalaba cielos estrellados nacidos hace millones de años y llegados a ella mucho tiempo después. Y así como aquella ventana seguía allí día tras día, y la misma luz, y prácticamente los mismos cielos, así el paso de los años parecían no haber modificado en gran medida la esencia de ella misma. Se seguía sintiendo la niña de papá, el indeseable huésped de su abuela, la hermana por obligación de aquella que le llevaba 3 años de edad física y casi 3 años luz de distanciamiento emocional. No podía decir si había sido feliz todo ese tiempo en aquel sitio. Finalmente el lugar no importaba tanto como la ausencia de su alma en ese espacio físico. Y a dónde pertenecía… no lo sabía, pero algo le decía que no era allí, que debía haber algo más…alguien más.¿Por qué lloraba? ¿Por qué el vacío? ¿A quién le escribía esas cartas sin destinatario disfrazadas de un “Querido Diario”? Siempre pensó que había alguien en algún sitio que era como ella, pero no tenía idea alguna de cómo llegar a él. ¿Y si era un sueño? ¿Y si fuera aquel? No. No era ninguno. No había nadie allí. Sólo esa ventana que miraba hacia los árboles captores de juguetes, y los rostros de la gente sin nombre pasando por la calle. Y tal vez el viento…y quizás un sentimiento hecho pensamiento que se atrevía a volar por el aire y viajar kilómetros y kilómetros en espera de que ese alguien pudiera interceptarlo…capturarlo. Y tal vez era un sitio bajo una misma luna, aunque lejos. Y quizás era él mirando a esa luna y escuchando aquel mensaje sin darse cuenta. Los rieles de un tren bajo sus pies. Haciendo equilibrios al andar para no caer….y ese pensamiento que como una onda de radio le llegaba, sí….pero con cierta interferencia causada por la propia ausencia de sí que lo embargaba.Soledades compartidas en la distancia. Era ella y era él. Esperando sin esperas una vida futura en donde aniquilar la soledad. Ventana de un cuarto mirando expectante hacia la noche….Rieles bajo los pies aguardando en el camino….¿Y si existiera el destino?

Norma Morlote Samperio 
2/agosto/2000

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Un Domingo en el Cielo

(extraído de “Vámonos – Historias del Angel de la Mañana”)


Ángel de la Mañana recorre la juventud del día recién amanecido con desesperada calma, desparramando resignadamente su agonía de domingo interminable en su nube, en aquel barrio en algún lugar del Cielo. Deja pasar el tiempo paseando su desgarbada humanidad con las manos en los bolsillos y silbando algo parecido a un tango y sin terminar de entender por qué las horas, aun los minutos parecieran retroceder los domingos.

Si, si… ya sabe él que en el Cielo todo es posible, pero esto ya se le antoja demasiado. Hace apenas un rato (¿… y qué es un rato sino un siglo?), Sirio le indicaba que el día había completado su primer cuarto, pero ahora Tauro le devolvía el paisaje que suele anteceder al alba en un par de ratos (para continuar utilizando esta unidad de medida). Era una broma, si duda. Macabra, de mal gusto, grosera.
Luchaba contra su avanzado estado de desesperanza frente a ese día que iba hacia atrás, que se tejía para destejerse en cada destello de esa mañana traidora que se replegaba cobardemente hacia la noche… y solo para demorarle a él el reencuentro con ella. Ese que se interrumpía cada viernes cuando completaba el riguroso horario de Palacio y debia retornar a su lunes hasta el lunes siguiente, día dorado en que volvería a atender los caprichos de ella.
Su Altísima Gracia… Su Señora…Su Princesa.
Sin nada mejor que hacer y sin inspiración que lo alentara a nada, tomó su escoba de algodón y se dedicó casi con descuido a barrer su nube, haciendo pequeños montículos con el polvo de estrellas que se venía acumulando en su patio desde la última vez que barrió… hace tres o cuatro… cientos años. Casi sin darse cuenta terminó, sólo para advertir que el lunes seguía estando a dos milenios de distancia. Nada le procuraba interés. Nada le importaba. Solo aquellos ojos se le antojaban a su mente, a su corazón, a su ilusión.
Si hasta había rechazado la invitación que cada domingo solía aceptar para ir a arbitrar los partidos de fútbol en el club, allá, dos nubes hacia el poniente… (“no muchachos, les agradezco… hoy no… no, no es por nada, pero prefiero descansar un poco… sí, sí, estoy bien, gracias… sí, yo los llamo en la semana… gracias…”).
Se quedó con la convicción de no haber sonado creíble. Seguramente sospecharían algún resquemor, producto de las repercusiones que generó su última participación en el referato local tres fechas atrás. Memorable jornada aquella en la que luego de que el equipo visitante abriera el score con un gol de notable factura técnica, nuestro héroe, sintiendo la presión del momento y de la parcialidad local, mucho más numerosa que la de del equipo oponente, procedió a expulsar al guardameta del mismo, a toda su línea defensiva, a dos mediocampistas, al coach, al asistente médico, al utilero del equipo, a doscientos setenta de los trescientos simpatizantes presentes por parte de la visita, al autor del gol y a su señora madre que seguía las instancias del evento desde el televisor de su casa; en todos los casos por considerar que el festejo de la conquista había sido excesivo y que ponía en riesgo la seguridad del espectáculo.
La reacción de los locales ante el quiebre del cero en su valla no se hizo esperar, consiguiendo revertir con honor y sacrificio el marcador, que finalizó 37 a 1.
El Ángel fue llevado en andas en honor al acto justo, valiente y decidido que posibilitó la victoria del combinado barrial de sus amores, pero la prensa especializada consideró más que parcial la actuación del Ángel, tal como quedó documentado, por ejemplo, en la edición inmediata al cotejo del semanario deportivo “El Gráfico”, que con foto de nuestro alado personaje ocupando toda la portada y en la cual se lo veía blandiendo soberbiamente el cartón rojo en alto, tituló lapidariamente “El Angel de la Mañana: …es o se hace?”
Pero así y todo no era esta incómoda notoriedad la que lo desganaba. Era la melancolía de saberse menos, de saberse lejos. Era la ciega impotencia de privarse del placer de estar con ella, al menos en esa mínima ceremonia diaria en la que acostumbra servirle su desayuno, calentito, preparado con tanta ilusión, esa misma que sólo espera ansiosa el modesto pero enorme premio de una sonrisa y un “gracias” más protocolar que sincero, pero que tan a música suena a los oidos ingenuos de nuestro ángel.
Angel insensato, cobarde, desprolijo…
Masculló su impotencia y fue a sentarse al borde de su nube con el único interés de dejar pasar el día, observando el horizonte repleto de un futuro que se le dibujaba desierto.
Colgaban sus pies desnudos y mojábanse de cielo mientras su rostro apoyado entre sus palmas fijaba la mirada en tantas cosas… o en una sola, que para el caso era lo mismo.
Una gaviota voló bajo. El chasquido de sus alas lo despertó a la realidad de su cielo.
Harto ya de estar harto, hurgó en sus bolsillos. Quizás buscaba algo.
Volcó en el piso recién barrido su universo portátil de porquerías. Pobre botín se apuntaría un ladrón que lo vaciara de aquellas pertenencias: un boleto de tren; una hoja de rosa marchita, ya sin color ni perfume; un papelito con un poema repleto de errores ortográficos y que supiera improvisar la otra noche, en vela; una estampita de San Antonio (el santito del amor…); la valiosa llave que abre la puerta secreta de Palacio, santo grial de su futuro plan; un último pedazo de grisín; dos millones de miguitas; un lapiz azul con todo el cabo mordido; la piedrita amatista que le regaló María Sol… y ahí… claro…ahí finalmente estaba también su armónica…
Sopló despacito, luego más fuerte.
Sonó una melodía triste, nunca del todo inventada, siempre un poco robada. La armónica al fin y al cabo no lo obligaba a pensar. Podía dejarse llevar y no era necesaria la precisión que su lira le exigía. No había escalas ni arpegios que respetar.
Y al fin al cabo, pensó que sólo en el beso de esa canción mal improvisada podía conjurarse aquel que no tenía, que no podía. Besar con una melodía y sus ojos cerrados a aquellos labios imposibles, anhelados. E imaginar así, con acordes imprecisos que él no era un ángel y que ella no era una Princesa.
“Basta”
… se dijo de pronto.
Aquello no podía ser. Debía (debía!!!) haber alguna manera de torcer al maléfico destino. Él, Angel de la Mañana tenía que hacer algo. Liberar (pensaba) a su Princesa de aquella trampa. Y si a fin de cuentas él, ángel desesperado había aceptado seguirla, fue para no perderla, para conservar su modesto empleo matutino, para no dejar que nadie que no fuera él le sirviera el desayuno, aún lejos de Palacio.
Era hora de hacer algo…
Ya vería qué…
… pero concluyó que no se puede amar así y no decirlo.
Que no se puede callar con silencios lo que se grita con una mirada.
Que no se puede evitar lo inevitable.
Y que el amor, tal vez, es la savia imprescindible que da vida y que conmueve a los ángeles y a los niños…
Y él, además era un ángel, porque había sido niño.
Iba cayendo la tarde. Ahora sí las estrellas se conjugaban en armonía y torcían ya decididas sus timones hacia la noche que anunciará el día. Angel de la Mañana se dormirá recostado al borde de su nube, sus pies descalzos colgando, mojados de cielo…
Y soñará con ella…

Mayo de 2000

Posted by Mariano at 21:59:27 | Permalink | No Comments »