Si, si
ya sabe él que en el Cielo todo es posible, pero esto ya se le antoja demasiado. Hace apenas un rato (¿
y qué es un rato sino un siglo?), Sirio le indicaba que el día había completado su primer cuarto, pero ahora Tauro le devolvía el paisaje que suele anteceder al alba en un par de ratos (para continuar utilizando esta unidad de medida). Era una broma, si duda. Macabra, de mal gusto, grosera.
Luchaba contra su avanzado estado de desesperanza frente a ese día que iba hacia atrás, que se tejía para destejerse en cada destello de esa mañana traidora que se replegaba cobardemente hacia la noche
y solo para demorarle a él el reencuentro con ella. Ese que se interrumpía cada viernes cuando completaba el riguroso horario de Palacio y debia retornar a su lunes hasta el lunes siguiente, día dorado en que volvería a atender los caprichos de ella.
Su Altísima Gracia
Su Señora
Su Princesa.
Sin nada mejor que hacer y sin inspiración que lo alentara a nada, tomó su escoba de algodón y se dedicó casi con descuido a barrer su nube, haciendo pequeños montículos con el polvo de estrellas que se venía acumulando en su patio desde la última vez que barrió
hace tres o cuatro
cientos años. Casi sin darse cuenta terminó, sólo para advertir que el lunes seguía estando a dos milenios de distancia. Nada le procuraba interés. Nada le importaba. Solo aquellos ojos se le antojaban a su mente, a su corazón, a su ilusión.
Si hasta había rechazado la invitación que cada domingo solía aceptar para ir a arbitrar los partidos de fútbol en el club, allá, dos nubes hacia el poniente
(no muchachos, les agradezco
hoy no
no, no es por nada, pero prefiero descansar un poco
sí, sí, estoy bien, gracias
sí, yo los llamo en la semana
gracias
).
Se quedó con la convicción de no haber sonado creíble. Seguramente sospecharían algún resquemor, producto de las repercusiones que generó su última participación en el referato local tres fechas atrás. Memorable jornada aquella en la que luego de que el equipo visitante abriera el score con un gol de notable factura técnica, nuestro héroe, sintiendo la presión del momento y de la parcialidad local, mucho más numerosa que la de del equipo oponente, procedió a expulsar al guardameta del mismo, a toda su línea defensiva, a dos mediocampistas, al coach, al asistente médico, al utilero del equipo, a doscientos setenta de los trescientos simpatizantes presentes por parte de la visita, al autor del gol y a su señora madre que seguía las instancias del evento desde el televisor de su casa; en todos los casos por considerar que el festejo de la conquista había sido excesivo y que ponía en riesgo la seguridad del espectáculo.
La reacción de los locales ante el quiebre del cero en su valla no se hizo esperar, consiguiendo revertir con honor y sacrificio el marcador, que finalizó 37 a 1.
El Ángel fue llevado en andas en honor al acto justo, valiente y decidido que posibilitó la victoria del combinado barrial de sus amores, pero la prensa especializada consideró más que parcial la actuación del Ángel, tal como quedó documentado, por ejemplo, en la edición inmediata al cotejo del semanario deportivo El Gráfico, que con foto de nuestro alado personaje ocupando toda la portada y en la cual se lo veía blandiendo soberbiamente el cartón rojo en alto, tituló lapidariamente El Angel de la Mañana:
es o se hace?
Pero así y todo no era esta incómoda notoriedad la que lo desganaba. Era la melancolía de saberse menos, de saberse lejos. Era la ciega impotencia de privarse del placer de estar con ella, al menos en esa mínima ceremonia diaria en la que acostumbra servirle su desayuno, calentito, preparado con tanta ilusión, esa misma que sólo espera ansiosa el modesto pero enorme premio de una sonrisa y un gracias más protocolar que sincero, pero que tan a música suena a los oidos ingenuos de nuestro ángel.
Angel insensato, cobarde, desprolijo…
Masculló su impotencia y fue a sentarse al borde de su nube con el único interés de dejar pasar el día, observando el horizonte repleto de un futuro que se le dibujaba desierto.
Colgaban sus pies desnudos y mojábanse de cielo mientras su rostro apoyado entre sus palmas fijaba la mirada en tantas cosas
o en una sola, que para el caso era lo mismo.
Una gaviota voló bajo. El chasquido de sus alas lo despertó a la realidad de su cielo.
Harto ya de estar harto, hurgó en sus bolsillos. Quizás buscaba algo.
Volcó en el piso recién barrido su universo portátil de porquerías. Pobre botín se apuntaría un ladrón que lo vaciara de aquellas pertenencias: un boleto de tren; una hoja de rosa marchita, ya sin color ni perfume; un papelito con un poema repleto de errores ortográficos y que supiera improvisar la otra noche, en vela; una estampita de San Antonio (el santito del amor
); la valiosa llave que abre la puerta secreta de Palacio, santo grial de su futuro plan; un último pedazo de grisín; dos millones de miguitas; un lapiz azul con todo el cabo mordido; la piedrita amatista que le regaló María Sol
y ahí
claro
ahí finalmente estaba también su armónica
Sopló despacito, luego más fuerte.
Sonó una melodía triste, nunca del todo inventada, siempre un poco robada. La armónica al fin y al cabo no lo obligaba a pensar. Podía dejarse llevar y no era necesaria la precisión que su lira le exigía. No había escalas ni arpegios que respetar.
Y al fin al cabo, pensó que sólo en el beso de esa canción mal improvisada podía conjurarse aquel que no tenía, que no podía. Besar con una melodía y sus ojos cerrados a aquellos labios imposibles, anhelados. E imaginar así, con acordes imprecisos que él no era un ángel y que ella no era una Princesa.
Basta
se dijo de pronto.
Aquello no podía ser. Debía (debía!!!) haber alguna manera de torcer al maléfico destino. Él, Angel de la Mañana tenía que hacer algo. Liberar (pensaba) a su Princesa de aquella trampa. Y si a fin de cuentas él, ángel desesperado había aceptado seguirla, fue para no perderla, para conservar su modesto empleo matutino, para no dejar que nadie que no fuera él le sirviera el desayuno, aún lejos de Palacio.
Era hora de hacer algo
Ya vería qué
pero concluyó que no se puede amar así y no decirlo.
Que no se puede callar con silencios lo que se grita con una mirada.
Que no se puede evitar lo inevitable.
Y que el amor, tal vez, es la savia imprescindible que da vida y que conmueve a los ángeles y a los niños
Y él, además era un ángel, porque había sido niño.
Iba cayendo la tarde. Ahora sí las estrellas se conjugaban en armonía y torcían ya decididas sus timones hacia la noche que anunciará el día. Angel de la Mañana se dormirá recostado al borde de su nube, sus pies descalzos colgando, mojados de cielo
Y soñará con ella
Mayo de 2000