Promediaba noviembre, hacía calor. Era lunes y el reloj de la iglesia firmaba puntual la hora quinta de la tarde. Cuando los dos hombres soltaron las cuerdas y resoplaron, el pequeño grupo de gente que rodeaba la fosa se volteó hacia la niña. Su mamá le dio un pequeño empujón y avanzó. Primero un paso corto, casi como un ligero tropiezo. Luego otro. Finalmente llegó a ese improvisado precipicio de la muerte y se equilibró en el borde. Alguien la tomó del hombro, temeroso de que cayera. Sabine miró hacia abajo y vio la tapa negra. Y vio una cruz (¿pero y Dios adónde está papá, papito?). Dio un paso atrás, recogió tantito su falda y se arrodilló sobre la tierra negra removida y humeda. Sintió clavarse en sus piernas los guijarros mezclados con raices pero no pensó en ello, ajena a todo posible dolor que compitiera con ese otro que aún no comprendía ni quería comprender. Hundió en la tierra su mano pequeña y cerró el puño. Se quedó así un segundo o cien. Levantó luego también el brazo y dejó caer en la fosa la tierra que golpeó como la misma muerte sobre la tapa negra. Sólo en ese momento pudo soltar el llanto y un ‘…papito lindo…’ que entre lágrimas, gemidos y mocos nadie escuchó.
De aquella visión la rescató la enfermera. La señora debe permanecer acostada. ¿Ya tomó su te?
El dolor iba y venía y Sabine se marchaba lentamente al compás de ese macabro vaivén y de la misma enfermedad sobre la que cabalgó su padre años atrás. Sabine se marchaba y lo sabía- pero la niña seguía ahí. Cada vez que se peinaba la volvía en ver en sus ojos invictos de todo mal.
Nunca aprehendió el amor que todos le ofrecieron. ¿A qué horas fue mujer? ¿También para eso se necesita de la sangre? Cuando besó por primera vez el mundo entero le vomitó una carcajada que más tenía que ver con el anhelo de disfrazar una prematura decepción que con celebrar esa parodia del amor que entonces le juraban. Nunca entendió lo que aquel sujeto hacía con ella, ni por qué. Nunca se lo preguntó. Jamás lo reprochó. Tampoco lo amó
Papá, ¿el amor duele?. Sí mi niña, el amor duele. ¿Y por qué? Quién sabe chiquita, a lo mejor porque la gente no sabe amar.
Sabine vuelve al espejo una y otra vez, aún cuando el dolor es insoportable. Sólo cuenta con esa niña y sus secretos compartidos. Pierde la vista en aquella pupilas verdetiempo, verdemar, verdenubias, verde que ni siquiera es verde pero que ah, cómo se asemeja a aquel verde lejano y sutil, verde y sereno que duró tan poco, papito. Tan poco. Sabine llora y llora con ella aquella niña perfecta y eterna que jamás morirá. Esa niña perenne de la que siente que nada aprendió y que la arrulla desde la infancia perdida de un tiempo perfecto, inmaculado, en el que el amor dolía, pero no importaba.
Como el verano en que arrojó una piedra contra la ola y de ella surgió una gaviota. Y de pronto el mar volvió a ser mar y el color, papito, el color maravilloso del agua viva, del sol poniéndose y tus brazos y tu regaño por acercarme demasiado al mar. Y había un perrito que no era mío ni de nadie. Y una caracola así de grande y una estrella (caida del cielo me dijiste y aunque sabía que era mentira te adoré) y la arena blanca y las rocas y de nuevo el sol, papito.
Sabine busca aquellos ojos incorruptibles, que resisten todo mal, toda química, todo dolor. Avanza hacia atrás porque sólo la memoria no traiciona y porque sabe que ya no podrá fabricar un sólo recuerdo más, porque el futuro no existe para nadie y menos que menos para ella que ya no estará después de este frágil ahora para evocar nada. En el consuelo de una niña chiquita que se desconsuela de tristeza y desamor, Sabine se reencuentra y reivindica la esencia de un alma preciosa conspirando contra un cuerpo condenado.
Un sábado de diciembre el espejo se rompió y otro puñado de tierra regresó a Sabine a los ojos de aquella niña inalterable que jamás dejó de ser.
Mariano Pedrozo
20 de marzo de 2005