Sunday, July 9, 2006

Rock & Bob

Bob Dylan es considerado desde hace más de cuarenta años como el mesías del movimiento folk estadounidense. Esta afirmación no descubre nada. Tampoco es un axioma que sea fácil de revirar. Pero lo que consigue, amén de ser una declaración de justicia, es, paradójicamente, limitar al viejo Bob al perfil del “songwriter” que munido de su guitarra acústica se la pasa cantando sobre cuestiones rurales tan universales (es cierto), como limitantes en cuanto a lo artístico. Y eso es tan injusto como reconocer la justicia que al Sr. Zimmerman (tal su verdadero apellido) le cabe al instalarlo como el paradigma folk de la última parte del siglo veinte.


Lo que no todo mundo sabe (fuera de los acólitos dylanianos que aún sin conocerse pueblan la más enorme secta conocida o por conocerse de todo el planeta) es que el viejo Bob es un poderoso monstruito de metro sesenta a la hora de rockear. Y es que el mito que hoy en día representa se fue construyendo a lo largo de más de cuatro décadas con la complejidad, arrogancia y soberbia que sólo un diamante puede exhibir. Porque, al igual que la más perfecta de las piedras (que rueda), Dylan es un diamante de múltiples facetas: el básico cantante folk que deseaba más que nada emular a su ídolo Woody Guthrie; pero que poco tiempo después, se transformaba en el poeta imbatible que pobló de versos insuperables los sesenta, como luego fue el judío converso al cristianismo más apasionado e idealista que se plantó sobre un escenario jamás, aquel que convirtió sus discos en parábolas y sus canciones en plegarias y visiones del apocalipsis, al punto que el mismo Juan Pablo II lo escuchó y aplaudió; fue también el escritor surrealista que supo hacer de lo onírico un género en sí mismo; el hombre que no dejó escapar el pop en los ‘80, aún cuando fue él quien lo inventó, junto con Los Beatles, cuando se conocieron y reverenciaron, allá por el ‘64, en New York, provocando la simbiósis más extraordinaria que la música popular de segunda mitad de siglo presenció. El Dylan bluesero, el country, el Dylan romántico, el Dylan combativo, el Dylan cronista de su tiempo y de su gente… pero también, el Dylan rockero. El que nació, como mencioné, cuando descubrió a Los Beatles y que inmediatamente después cometió el único pecado capital del folk: cambiar la guitarra acústica por una eléctrica. El que enfureció hasta lo inédito a un apóstol de la paz como la leyenda Pete Seeger (si decimos que Dylan es el mesías del folk, Seeger es, de plano, el mismísimo Dios), al punto que en su primer aparición con su banda eléctrica (la raíz de la futura The Band de Robbie Robertson), Seeger fue capaz de poner en peligro hasta su propia vida al intentar cortar con unas pinzas los cables de electricidad del escenario en el momento en que Dylan desorientaba y enfurecía a su audiencia con su nuevo sonido. El recientemente editado documental biográfico de Dylan que dirigió Martin Scorsese (imperdible y esencial), “No Direction Home”, muestra cómo era ferozmente abucheado en una presentación en Inglaterra cuando estrenaba su canción capital, “Like a Rolling Stone”, acompañado por una “blasfema” formación que incorporaba guitarra eléctrica, órgano Hammond y una demoníaca batería! (Nota: cuarenta años más tarde, esa misma canción, fue declarada por Rolling Stone como la mejor canción en la historia del rock y sus derivados).
El universo Dylan está poblado de historias, de anécdotas, de leyendas urbanas, de mitos, relidades y ficciones, empezando por las que el mismo protagonista se encargó de sembrar sobre sí mismo en sus orígenes. Un día escribiré sobre algunas, en parte por gusto y en parte para que mi hijo menor sepa, cuando crezca un poco más, porqué se llama Dylan. Pero lo que hoy quería era validar (inmodestamente) al Dylan rockero por sobre todos los demás. No en demérito de ninguno de los otros personajes que el mito representa y ha representado a lo largo de su carrera, sino porque hoy dediqué la mañana a recorrer mi colección completísima del viejo Bob con la ruedita de iPod y a buscar canciones que harían parecer a los Rolling Stones como una bandita de garage en etapa de gestación. Porque Dylan rockea, y rockea como el mejor. Una muestra poderosa es su disco del ‘83, “Infidels” producido por el jefe de los Dire Straits, Mark Knopfler. De ese album surge una pieza gloriosamente rockera como
“Neighborood Bully”, con los Straits secundando a Dylan y tan pero tan buena que los mismísimos Stones le plagiaron el riff de guitarra, la base y hasta el sonido en su comeback del ‘89, en la sin embargo estupenda -a pesar del robo- “Mixed Emotions”.
Luego, y ya con seis décadas encima, nos regala un número glorioso en el último -hasta hoy- disco, el “Love & Theft” del 2001:
“Lonesome Day Blues”, un blues (of cors) que le debe haber provocado terrible dolor de hígado al propio Eric Clapton, que muy pocas veces fue capaz de sonar así en un disco, quizás con excepción del estupendo “From The Cradle” del ‘94. Y esto aún sin poder cantar jamás como lo hace Dylan en esa canción, en donde, por supuesto, no canta. Porque Dylan jamás ha cantado ni cantará. Posiblemente sólo una vez en su vida supo lo que era eso, cuando grabó “Lay Lady Lay”. Pero en “Lonesome Day Blues” (un blues de mid-tempo, pesado, muy pesado, con un riff de guitarra alucinante que va entretejiendo cada verso), Dylan vomita literalmente los versos que él mismo escribió, con una fuerza, un descaro, un coraje y un apestoso aliento a tabaco y whiskey como sólo lo había escuchado antes en otra gloriosa canción, “Cold Water”, de Tom Waits. Y el buen Bob cierra el blues con una de esas líneas ácidas que Dylan, tan zorro, tan viejo, tan diablo, acuña como nadie: “You gonna need my help, sweetheart, you can’t make love all by yourself” (“Vas a necesitar mi ayuda, cariño, no puedes hacerte el amor a ti misma”). Y finalmente, para acabar este mini antología, me quedo con un bootleg grabado en vivo en el 2000, y de ahí, una versión del clásico de Buddy Holly “Not Fade Away”, una constante en los conciertos de Dylan (a diferencia de la también muy buena versión de los Stones, quienes incluso la grabaron oficialmente en sus comienzos y luego la reversionaron en el muy buen disco “Stripped” del ‘96, Dylan la suele usar para cerrar algunos de sus conciertos, mientras que los Rolling la utilizaban como número de apertura). Como sea, la forma en que Dylan orienta a la banda expone un espíritu roquero que, considerando además su edad, ya superados los sesenta años, deja como anémicos musicales a más de una vaca sagrada del Salón de la Fama del Rock.

En definitiva, todo esto y mucho más es Bob Dylan. Un Picasso de la música y de la palabra, un ícono cultural y social como el que jamás le interesó ser. Ya se anunció el lanzamiento de su nuevo album, el primero en cinco años, para este próximo 29 de agosto. Sólo se conoce su tiútulo (“Modern Times”), y por supuesto, la ansiedad es grande y es mucha. Uno de los periodistas invitados por la disquera para escuchar en primicia el album, rompió el comprometido pacto de silencio al que fue obligado para acceder a esa privilegiada escucha y reveló que por lo menos tres de los diez cortes del nuevo disco, ya pueden ser considerados como “obras maestras”. Por lo pronto los acólitos seguimos aquí, esperando, oyendo y dando gracias al Señor… por el Dylan nuestro de cada día.

Amén.

Mariano
8 de julio de 2006

 

Posted by Mariano at 02:39:43
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