“… nos queda Oaxaca, peyote, San Pedro y amigos
que no nos quieren cambiar.”
(Enrique Bunbury, “Los Restos del Naufragio”)
(Primera Carta)
…ah, qué cosa esto de insistir, de remodelar la terquedad y nutrirla de colores innecesarios, de palabras necias, vanas e inmediatas en este juego del no jugar ni del ‘tiro porque me toca’. Dos canciones, las silbo mientras escribo. Cuando tenga una guitarra las podré desafinar con más autoridad y podré invitar a todo mundo a que no me escuche nunca.
Hoy voy a Monte Alban. Me dijo D… que hay mucha energía ahí y que tengo que subirme a la pirámide más grande luego de pedir permiso a la energía mayor y simplemente poner mi mente en blanco. ¿Qué habrá? ¿Qué magia podré invocar? ¿Qué podré pedir o recibir?
Ya es viernes y falta menos para todo, hasta para morirse. Pero también falta menos para renacer, para volver a reivindicar otras terquedades, otras intenciones, otras victorias y posiblemente, todos los fracasos que falten. Pero todavía estamos a tiempo de decir ‘y a mí qué me importa’.
¿Jugar a no jugar?
… qué más da, juguemos.
Oaxaca, Oaxaca, viernes 28 de mayo de 2004
(Segunda Carta)
Y así todo. Así el arte, así las canciones, así la vida, así la…
Así la libertad, así los viajes, así el tiempo, así las palomas, así las palabras….
Ah, las palabras… qué placer el elegirlas, acariciarlas, pulirlas, lavarlas con saliva y miel, ponerlas a secar al sol de la mañana para que luzcan esplendidas en cualquier poema, en una carta, en algún párrafo innecesario que se me vaya de las manos. Y reencontrarlas y rescatarlas de los diccionarios, de los edictos, de los bandos insolentes de gobierno que las prostituyen en nombre de la ley. Y salvarlas de los vendedores, que a los gritos y en las calles las ensucian; ampararlas de los púlpitos que las invocan en nombre de un Dios que jamás necesitó de ellas más que para decir “Hágase…”; o simplemente, del discurso alevosamente hueco e irrespetuoso de aquellos que no saben que una palabra puede ser sagrada.
¿Quién resistirá cuando al amor ataque? ¿Estaremos para verlo? ¿Será antes o después de Todo?
Sobre el crepúsculo de mi visita del viernes a Monte Albán me encontré con un anciano desgarbado e indudáblemente pobre (materialmente pobre, quiero decir) que andaba entre las pirámides gesticulando con ayuda de su bastón y profiriendo a los turistas quién sabe qué cosas en su dialecto zapoteco. De momentos se acordaba de Agustín Lara y remitía a “Noche de Ronda” (otra para mi catálogo de casualidades: la novela que llevo años escribiendo y borrando, como Penélope, se llama “Luna que se quiebra” y saqué el título precisamente de una línea de ese bolero que el viejo del viernes iba equivocando con tal de ganarse unas monedas si es que sus servicios como dudoso guía no eran considerados por nadie). Me dediqué a seguirlo un rato. Lo vi acercarse a una joven pareja y hablarles en perfecto francés. El joven y su esposa (o novia) le sonrieron con curiosidad pero también con temor. Le preguntaron cómo sabía que eran franceses (o lo supongo, hace veinte años abandoné mis clases de francés y sólo recuerdo unas pocas palabras, pero la curiosidad de los jóvenes era también la mía y no pudieron haberle preguntado otra cosa por la expresión de sus rostros). Por toda respuesta el viejo se río muy fuerte y mientras les daba la espalda para seguir su camino a ningún lado volvió al crossover políglota y desafinado de “… dime si esta noche tú te vas de ronda como ella se fue…”. La pareja olvidó rápido el sorpresivo incidente y siguió su camino. Yo no pude evitar la tentación de seguirlo otra vez, deseando que otra casualidad (ya que no mi temerosa decisión) me pusiera delante de él. En un descuido lo perdí. Fueron apenas dos segundos que utilicé para ver cuanta batería le quedaba a mi cámara y al levantar la vista, el viejo ya no estaba. Superada la sorpresa y resignado a la locura de los dioses,pero respetándola, seguí derivando mis pasos por ahí. Fui a parar a una tumba solitaria y me quedé de pie, honrando en silencio el espíritu de quien hubiera ocupado ese lugar. De manera tal que se me volvió a cerrar la garganta y a humedecer la vista por enésima vez en ese mediodía y sin que pudiera yo entender qué estaba pasando conmigo en aquella terraza colosal desde donde se domina toda la ciudad de Oaxaca y que vibra niveles altísimos de energía. Lloré incontenible e inexplicablemente por aquella muerte añeja y olvidada hasta por la misma alma inquilina de ese cuerpo ya podrido y vuelto al polvo y que estará de nuevo reencarnada quién sabe dónde, tan viva e ignorante de su vida y muerte zapoteca de mil años atrás… esa que ahorita mismo un extraño está llorando con ridícula extemporaneidad (ah… esa impuntualidad mexicana que se me viene pegando para todo…).
Reponiéndome del duelo fugaz pero (no sé porqué) necesario, me incorporé de golpe de mi respetuosa inclinación… para percatarme de una presencia repentina junto a mí. Volteé, como presa de un reflejo, para encontrarme al viejo indio sonriéndome maliciosamente, cara a cara. Misobresalto pareció divertirlo, porque soltó la risotada casi diabólica. En ese preciso momento, voltée nuevamente en 360 grados, para darme cuenta que estábamos solos,que repentinamente la energía avaló mis deseos y me puso delante de esa forma humana intrigante cuyos ojos me miraban (y me siguen mirando) quién sabe desde dónde…
Entonces me repongo de la duda y el temor y al tiempo que revuelvo en mi bolsa para buscar una moneda, sin darle tiempo a nada le digo: “dígame algo, lo que quiera”. A lo que el viejo me responde quién sabe qué cosa en su lengua natal (supongo). Breve, pero enérgico. “No le entiendo, disculpe” le digo. Vuelve a reírse y me dice en un español sin articular: “Qué usted quiere saber el señor”, así, sin que el tono descubriera si era pregunta o afirmación. Y antes que pudiera decirle nada y sin dejar de verme a los ojos, me dice: “Ya puede irse el señor, lo que vino a buscar ya se lo lleva usted el señor”. Suelta la carcajada de nuevo y dejándome con la moneda en la mano, da media vuelta y se va, agitando su bastón por los aires y desentonando un bolero distinto (y esa fue la clave para saber que mi canción había terminado… y mi tiempo en ese lugar sagrado también). Volví a bajar la vista y a contar hasta tres, para darle chance a la magia de operar nuevamente. Al cabo de ese instante el viejo ya había desaparecido otra vez, pero ahora de manera definitiva. Obediente, me despedí del lugar, de los dioses, de los monumentos, de las pirámides, de las tumbas. Busqué un lugar solitario, toque una piedra tallada, cerré los ojos, agradecí… y busqué la salida sin volver la vista atrás. (…)
Oaxaca, Oaxaca, domingo 30 de mayo de 2004
… a Oaxaca, la de los milagros, la de los amigos que no, que no nos quieren cambiar.
Mariano