Monday, July 31, 2006

La Imagen De Hoy

Domingo 30 de julio de 2006. La Fuerza Aerea israelí bombardea una población civil libanesa llamada Qana.
Una bomba impacta de lleno en un edificio, matando a 54 civiles.
37 de ellos eran niños. Niños dormidos, lo que duplica la cobardía de la barbarie, al impedirles toda posibilidad de protegerse o de huir.
En la imagen, un socorrista rescata el cuerpo sin vida de una niña de entre los escombros. El gobierno israeli lamentó el hecho, pero agregando que fue justificado por considerar que la ciudad atacada era un refugio terrorista.
Entonces (concluyo), no lamentaron nada. Como tampoco aclararon a qué célula terrorista pertenecían y cuál era el nivel de peligrosidad de esa pequeña y los treinta y seis niños restantes.
Ojalá algún día todos los criminales en serie, encaramados en sus impunes cotos de poder, sean judíos, musulmanes, cristianos y etcéteras derivados, que desde hace siglos y milenios asesinan en nombre de Dios, se den cuenta que la respuesta de Dios ante tanta barbarie, es alejarse de aquí. Y el que no me crea… vuelva, por favor, a mirar la foto.

Me quedo con unas líneas de Bob Dylan y el deseo que esas 37 muertes tan horribles y lastimosamente prematuras sirvan para multiplicar la sensación de horror, la verguenza y el repudio internacional, lo suficiente como para poder detener esta locura…

Mariano

“¿Cuántas balas de cañon deben volar antes de que sean prohibidas para siempre?
¿Cuántos oídos debe tener un hombre antes de escuchar el llanto de la gente?
¿Y cuántas muertes deben producirse antes de que él sepa que ya ha muerto demasiado gente?
La respuesta, amigo mío, está soplando en el viento…”

Bob Dylan

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Sunday, July 23, 2006

Danubio Azul

Itzu camina de frente. Es la quinta en una fila de doscientas mujeres que marchan desnudas en el frío de un pabellón tan enorme como el silencio húmedo y apestoso del lugar. Silencio que sólo se quiebra por una melodía, la que el médico y falso militar recién llegado, silba. Itzu la reconoce, es un vals vienés que sirve de metrónomo para que la procesión se acomode desde el terror en el ritmo preciso que el hombre necesita para hacer su trabajo. Otra vez. Como cada vez que su presencia irrumpe forrada en el uniforme negro que se deja ver entre el largo abrigo que termina donde promedian las botas siempre impecables. Itzu piensa lo mismo que el mes pasado. Y que el anterior y el anterior: ya no quiere ver al doctor. Sólo desea que lo que tenga que pasar, pase de una vez. Eso, y que no la separen de su hermana sino es para morir.


Itzu marcha al igual que todas con el brazo izquierdo en alto, porque le han explicado sus compañeras que mirando la axila descubierta, el médico asesino puede reconocer algún daño pulmonar que implicaría el descarte inmediato, el que conduce a la cámara de gas.
De pronto, el jerarca detiene la melodía y con ella detiene el tiempo de la barraca entera. Con una seña inequívoca le ordena a Itzu que se separe de la fila. El corazón de la adolescente húngara se detiene, pero aún impávida de terror obedece. No quiere volverse, no quiere ver a su hermana, que viene marchando en la misma fila, diez metros atrás, pero un ruido seco y un rumor inmediato detrás suyo la obliga a hacerlo. Y a correr, porque su hermana se ha desmayado al verla salir de la fila por orden del asesino, que con una seña decidía ahora el destino de ambas, ya que Itzu no sólo iba a morir, sino que también iba a abandonarla en medio de aquel horror abominable. ‘¡A mí también!’, grita en húngaro la niña cuando vuelve en sí. Itzu trata de calmarla. Le recuerda al oído que una sola caída conlleva la marca de debilidad que los guardias y ahora el mismísimo doctor le asignaban a quien ya no podía seguir, no importaba la edad, no importaba el motivo. Entonces la niña se levanta y discuten, pero ya no es necesario, porque el doctor hace la señal definitiva que la elige también a ella. Las hermanas se abrazan y lloran una tremenda felicidad de saber que por fin todo ese infierno irreal se acabaría y que las dos se irían para siempre de aquella barraca. Y lo harían de la misma forma en qué vivieron: juntas.

“Entraron a la casa derribando puertas, como animales. Mamá planchaba. Ella no entendía alemán, no entendía nada. Nos sacaron a mí y a mis cuatro hermanas. También a mi madre. Mamá le preguntó al oficial si podía llevar la plancha y la camisa de mi papá para acabarla de planchar, porque mi papá la necesitaba para ir a trabajar al otro día. Yo misma le expliqué que no, que no podía…”

La fila de mujeres se rearma y el doctor vuelve a silbar el mismo vals, con una marcialidad tan propiamente alemana que sin embargo no oculta el placer que le provoca aquella monstruosa ceremonia. Cada mes eran cuatro, seis, ocho, las que él mismo apartaba para instruir a los oficiales de menor rango, los que cada día debían purgar las barracas para dar lugar a los prisioneros nuevos que el tren descargaba por cientos. Purgas tan despiadadas que Itzu sabía que un día le iba a llegar su turno. Sólo deseaba que el momento se diera cuando ya sintiera tanto desprecio por su propia vida como el que sus carceleros profesaban por las ajenas. Y que fuera ella antes que su hermana, por Dios. No soportaba la idea de perderla y sí, era egoísta (lo reconocía), porque la pequeña tenía el mismo terror y también el mismo deseo. Por eso lloran juntas ahora que el doctor les dicta condena, aún sin saber que son hermanas. Y sin saber tampoco –o lo que es mucho peor, sabiéndolo-, que además son seres humanos. Pero ahora esas dos palabras distan mucho de ser las adecuadas para reconocer a los seres que ocupan las ciento setenta y tres hectáreas de ese campo infernal perdido en algún lugar de Polonia. No podía ese término –humanos- describir a los hombres de negro, tan despojados de alma, de compasión, de cualquier forma posible de piedad. Y aquellas mujeres desnudas y rapadas, alimentadas (???) la mejor de las veces con caldos de agua y pasto hervido –la mayoría de las veces ni siquiera hervido- ya habían olvidado que alguna vez lo habían sido.
De uno y otro lado de la barbarie, números. El de los SS seguramente es el mismísimo número de la bestia grabado en sus entrañas. El de las mujeres varía. Cada quien tiene el suyo marcado a fuego –como reses o caballos- en el antebrazo izquierdo. El de Itzu es el A0011442. El de su hermana, el 445.

“No. No nos golpeaban… porque dígame ¿para qué?”

El médico sigue silbando. Sólo se detiene dos veces más para apartar a las que van a sumar el total de cuatro que completarán el póquer de aquel día. Pero de ponto algo que Itzu no llega comprender, sucede cuando ya las cuatro mujeres están siendo dirigidas a la cámara de gas que lindaba con la barraca. Algo que también distrae la atención del médico. Una discusión, gritos. Desconcierto. Una misteriosa –para ella- razón en el lejano mundo exterior requiere atención urgente, porque el médico convoca de inmediato y a los gritos la protección de cuanto soldado y oficial ocupa el recinto y emprende la retirada. Las mujeres rompen la fila, las cuatro elegidas se confunden con el resto y todas vuelven construir la imagen dantesca, esa postal única del Apocalipsis que declara desde la barbarie, la inminencia del fin del mundo.
Esa mañana de octubre no habría gas para nadie.

“No crea que nos alegramos demasiado.”

Pero la confusión y el desplante (‘hasta la muerte nos aborrecía’) no altera a las mujeres que permanecen de pie, sordas y ciegas a todo, porque todo es lo mismo, todo es la nada. Y entre ellas, las cuatro mujeres no saben si bendecir o lamentar la suerte que torció la esquina para salirse de la ruta que ya parecía inevitable.
Dos meses después de aquella tarde el ejército rojo entró en Auschwitz. Lo que aquellos soldados rusos vieron superaba las peores brutalidades del mismísimo Stalin y aún esos hombres curtidos en el frío helado de la estepa y en la crueldad brutal del régimen, sintieron que las puertas del infierno se abrían ante sus pies, que la locura tenia nombre, que la piedad y el dolor se hermanaban en la falta de límites y que quizás no creer en Dios –como se les ordenaba-, en aquel momento encontraba una justificación absoluta.
Hoy Itzu conserva en su brazo, sesenta años después, el número que le grabaron a fuego en Auschwitz. Todavía sigue velando por su hermana, que ya tiene bisnietos, a diferencia de Itzu que jamás quiso tener hijos por el miedo horrible que este mundo le provoca. Y por instinto, pero sobre todo por el amor más inmenso, sigue protegiéndola hasta de la propia historia que vivieron, de la culpa injustificada que siente por no haberle podido evitar aquellos ocho meses aberrantes. Jamás la menciona por su nombre frente a extraños cuando evoca aquel tiempo y decide así ser ella la que cargue con el peso de lo vivido por ambas. Itzu también tiene una mirada que sólo porque lo ha visto todo puede proyectar tanta paz. Mirada de ojos claros que todavía lloran, que todavía duelen por lo que grabaron en sus retinas. Que multiplican las lágrimas cuando razona que tanto dolor colectivo de poco ha servido, porque la historia enseña pero el hombre no aprende. Itzu Rella Weiss Sajovits, húngara de nacimiento, mexicana por elección, todavía siente un frío en la espalda, una punzada en el pecho y el mismo ardor en el brazo por el número que jamás se quiso borrar cada vez que escucha la bella melodía de “El Danubio Azul”. Y piensa si aquel hombre que, en nombre del horror se apropió de ella con su silbido y que la vergüenza universal ya coronó como traidor de su especie, llamado Joseph Mengele, algún día antes de morir de viejo e impune en su escondite sudamericano, aún de manera íntima, secreta, le habrá pedido perdón a Dios.

Mariano Pedrozo
Enero de 2005, julio de 2006

Nota: vi a Itzu en un programa periodístico televisado en México –el noticiero conducido por Adela Micha, en Televisa-, la noche del día en que se conmemoraron los sesenta años de la entrada del ejército ruso en el campo de concentración de Auschwitz. Durante media hora, o más, presencié hipnotizado el relato que jamás podré, ni yo ni nadie, igualar, porque Itzu no sólo contó la historia con palabras. La verdadera historia estaba en sus ojos claros, en ese espejo de tantas lágrimas, en la sabiduría de esa paz que le enseñó a perdonar todo y a todos, para poder despegarse de un odio que hubiera conseguido lo que los nazis no pudieron: matarla. Esa noche no pude dormir, abrumado por el horror, por los demonios de una especie que era la mía, que era yo mismo. La única manera de poder exorcizar eso fue escribiendo, pasando en limpio, el relato de Itzu al día siguiente. Y aún así, no pude terminarlo. Tuvo que pasar un año y medio, para que el ciclo pudiera cerrarse y yo acabase de escribir esta crónica, que deseo sirva de homenaje al valor, al perdón, justo en días en que el mismo pueblo que padeció esta locura aberrante hace más de medio siglo, vuelve a demostrar, como dice Facundo Cabral, que los hombres no aprendemos jamás, siendo hoy ese mismo pueblo, otrora sometido y masacrado, el que hoy sale a revivir la locura de la guerra, de las muertes inocentes, de los desplazados, de la destrucción y del odio en nombre de la paz… o en nombre de lo que sea, no importa. Locura al fin.

Al igual que a Mengele… Dios nos perdone.

Mariano

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With Or Without You

Alguna gente sabe que hay canciones que tienen mucho de definitivo; que llegan de manera misteriosa para instalarse entre nosotros y ya no se van. Que ocultan mensajes que reconocemos aunque no los entendamos. O que entendemos, aunque no los reconozcamos. Que tienen el mérito de posibilitar catarsis inexplicables e irracionales desde la euforia… o desde una tristeza infinita.


Cuando escuché por vez primera “Whit or whitout you” de U2, tenía yo dieciocho años. No sabía inglés entonces, pero aún en la intensidad de aquella canción (y de la escalofriante interpretación, tanto vocal como instrumental de la banda) supe, como dije, reconocer un nervio, una pasión y un dolor tan cercanos como igualmente abrumadores.
Sumido en una depresión que me entrenaba para tantas otras, recuérdome tirado en mi cama escuchando una y otra vez aquel cassette que acabó gastado como pocos de entre los cientos que tenía (“The Joshua Tree”). Yo, pegado a esa canción. Yo, en trance, oyéndola una y otra vez aquella como si se tratara de un mantra, y sin entender de la letra más que el estribillo. Yo, en lágrimas de sangre y lamiendo la sal de mis heridas prematuras. Una y otra vez. Escuchar “… no puedo vivir, con o sin ti no puedo vivir…” era demasiado fuerte para un alma en pena como la mía, que acababa de perder entonces y por vez primera a un amor por obra y gracia de la muerte.
Buscando interpretaciones que me ayudaran con la traducción, en los inagotables foros de fans en Internet, encontré un sinnúmero de ellas. Muchas ridículas, otras exageradas. La mayoría, enfocada en cuestiones religiosas (es sabido que la banda comulga abiertamente con los postulados católicos y que muchas de sus maravillosas letras encuentran su raíz en los evangelios). Pero a tono con ese viejo postulado que dice que cada quién sabe porqué una canción lo conmueve, emociona y hasta transforma, comparto y me quedo con una solitaria opinión de alguien que sin caer en la tentación del análisis profundo, simplemente escribió: “Yo creo que ‘With or without you’ sencillamente resume cuan dolorosa puede ser la existencia de un ser humano”. Y otro fan agrega… “vi decenas de veces a U2 en aquellos años, en directo… y cada vez que Bono se retorcía (literalmente) gritando ‘…with or without you… with or witout you… I can’t live with or with you…’, el hombre lloraba, lloraba a mares… y cincuenta mil personas llorábamos con él…”
La estrofa final (“we’ll shine like stars in the summer nights…”) no se encuentra en la grabación original, pero ya desde los primeros conciertos en que la banda comenzó a interpretar la canción fue agregada como coda y desenlace de la canción luego de una estremecedora sección de guitarra.
En esta ocasión he respetado casi por completo la ‘literalidad’ de la letra en la traducción. Como también he dicho en alguna oportunidad y sostengo, traducir literalmente despoja a una letra del ritmo y del vuelo poético original, por eso trato de acercarme más a la intención que descubro en el autor que a la rigurosidad de la gramática y la sintaxis. De todas formas, en este caso no fue tan necesario intervenir. A la letra de esta canción, le sobrevuela, junto con el dolor explícito, un halo de misterio que es prudente respetar y que también se identifica (o puede hacerlo) con nuestros propios misterios, con aquellos dolores, tristezas o incluso acertijos que preferimos no revelar, como los que me impulsaron a regresar a esta canción ahora y a reflexionar en voz alta sobre ella.

CON O SIN TI

“Puedo ver la piedra instalada en tus ojos,
puedo ver la espina retorcerse en tu costado.
Y espero por ti.
Con un pase de manos y una mueca del destino,
sobre una cama de clavos ella me hace esperar.
Y espero sin ti.

Con o sin ti.

A través de la tempestad pudimos alcanzar la costa.
Tú lo das todo pero yo quiero más,
y sigo esperando por ti pero,
con o sin ti… no puedo vivir.

Y tú te traicionas…

Mis manos están atadas, mi cuerpo, entumecido.
Ella me tiene así.
Ya no hay nada que ganar y nada queda por perder.

Y tú te traicionas…
Y yo no puedo vivir… con o sin ti no puedo vivir.

Y sí, brillaremos como estrellas en un cielo de verano, brillaremos como estrellas aún en el invierno, como un solo corazón, una esperanza, un amor.

Con o sin ti… no puedo vivir.”


“With or without you” Bono/U2
“The Joshua Tree”, 1987

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Thursday, July 13, 2006

Demoliendo Mitos: Syd Barret

En esta primera entrega de esta nueva sección me voy a dedicar a alguien a quien tengo en la mira desde hace unos veinticinco años. Lamentablemente me esperé mucho y ahora voy a caer en el infame destiempo de exponer mis ideas apenas veinticuatro horas después del fallecimiento del protagonista de esta breve monografía. Y no, no es casualidad.

Sucede que desde que las agencias de noticias de todo el mundo comenzaron a divulgar que el miembro fundador de una de las cinco mejores bandas de todos los tiempo había fallecido, no se hicieron esperar ni en radio, ni en tv ni en internet los comentarios que volvían a poner en el Olimpo de la música al, hasta horas antes, muerto viviente más celebre de la historia del rock. Porque esa es la realidad del asunto, ya que Syd Barret falleció cuando ya llevaba treinta y cinco años muerto (y le podemos agregar un par de añitos más todavía). Pero tuvo el mérito de haber sido el único mito viviente al que se lo consideró con igual nivel de importancia que algunos que no tuvieron la suerte de sobrevivir físicamente como él, como Hendrix, Janis, Morrison y Lennon. Voy más lejos. Hay gente que ayer se sorprendió con la noticia, porque estaban seguros que Barret estaba realmente muerto desde fines de los ‘60.
No soy sociólogo y por eso no tengo elementos para entender o explicar por qué Syd Barret ocupó y ocupará ad infinitum el papel de molécula indispensable del rock post Beatles. Para ser honestos, lo único que se le puede acreditar como mérito, fue el haber fundado Pink Floyd. Y su segundo mérito más importante fue haberse tomado todo el ácido que encontró, al punto de quedar lo suficientemente orate como para que los tres restantes integrantes del grupo decidieran jubilarlo y llamar al imprescindible y trascendente David Gilmour para ocupar su lugar. Lo único que Barret hizo al frente de Floyd fue el primer disco de la banda (“The Piper At The Gates Of Dawn”), en el cual compuso todos los temas menos uno (de Waters). Y un par de sencillos que seguían la línea del disco. El chauvinismo roquero sigue insistiendo en poner a aquella obra en el podio de las fundamentales del rock, pero aunque en cuestiones de gustos no hay nada escrito, yo sigo insistiendo, luego de haberlo escuchado decenas de veces, que es un disco insufrible. Que si queremos, podemos ser generosos y darle el mérito de haber abierto las puertas de la sicodelia y la música lisérgica. Fue el primer disco sicodélico o uno de los primeros. Y tenía tres temas buenos o muy buenos, “Astronomy Domine”, “Lucifer Sam” y “Mathilda’s Mother”, que definiron ciertos estándares sonoros más o menos atemporales. Lo demás consiste en un conjunto de canciones que en algunos casos llegan a rozar lo estúpido (“Bike”, “The Gnome”). Podemos agregar una cuarta y otra quinta buenas y ya me estoy viendo generoso, y son “Arnold Layne” y “See Emily Play”, que no están en el disco, sino que fueron sencillos de la misma época. Y aún así, ninguna de esas canciones sobrevivió en el repertorio o en el sonido de Pink Floyd después de haber sido publicadas, más allá de un año o dos. En el segundo disco de Floyd (“A Saucerful Of Secrets”), Barret ya casi no apareció, pero el disco, obviamente un trabajo de transición, siguió la línea del primero. Los muchachos se estaban reacomodando, sin dudas, pero ya reconocemos una pieza que puede ser considerada como el eslabón perdido entre el primer Floyd (el de Barret), y el que finalmente se convirtió en legendario (el de Waters/Gilmour). Esa canción que empezó a definir el sonido histórico de Pink Floyd fue “Set de Controls for the Heart of the Sun”. Pero recién en el tercer disco, el monumental, denso y pretensioso Umagumma (de casi una hora y media y con apenas cinco canciones, dividades en partes, como una suite, mitad grabado en vivo, mitad elaborado en estudio), ya estabilizado el cuarteto con Gilmour, fue que el sonido Floyd se terminó de definir. En el siguiente, el ya más,”cancionero” “Atom Heart Mother”, a pesar de tener una canción de veintrés minutos y otra de casi doce, en un total de cinco, ya lo que sonaba era Pink Floyd, el mismo en identidad y en esencia que pocos años después alumbraría obras capitales como “Dark Side Of The Moon”, “Wish You Were Here” y “The Wall”.
Lo siento por Barret, pero si Floyd llegó a ser lo que fue y lo que es para el imaginario colectivo (una banda que puede compartir trono con los dioses Beatles y Zeppelin), esto se dio gracias a que Barret fue de plano corrido de la banda. Le doy cierto mérito a que el tema de su locura afectó e influyo a sus compañeros y amigos y originó una temática en la lírica del grupo, cuyo cenit fueron las extraordinarias letras de “Dark Side…”. Definitivamente, las dos canciones, que unidas en una sola, cierran el disco (“Brian Damage” y “Eclipse”), son uno de los manifiestos poéticos más hermosos y conmovedores que jamás una canción pudo acunar en homenaje a la locura. “Brain Damage” (“Daño Cerebral”) es Syd, ciento por ciento. Y esa canción emociona, duele, inspira. Como también Syd es el protagonista de esa continuación maravillosa de Dark Side que fue “Shine On You Crazy Diamond”, primer canción del disco siguiente, “Wish You Were Here”. Y sí, Syd también era el Diamante Loco al que Waters y Gilmour le dedicaron una de las mejores canciones, no ya de Pink Floyd, sino de la historia del rock. Indudablemente habrá sido un ser humano que marcó la vida y la carrera de sus compañeros y yo creo que la leyenda de Barret creció gracias a ese par de inolvidables canciones (o de discos) que otros escribieron influidos o impactados por su locura. Pero lo claro del asunto es que la influencia de Syd estuvo en eso y no en la música, que como ya mencioné, sufrió un giro casi completo cuando el diamante loco se aisló en su locura y provocó la refundación de Pink Floyd. El mito pues, fue el que otros crearon desde el sentimiento y la amistad, y no el que Syd jamás pudo haber logrado por mérito artístico propio. Prueba de esto es que grabó, con la ayuda de sus compañeros, dos discos solistas que casi nadie conoció, aunque todo mundo hable de ellos. Así de pobres, así de inútiles, así de infructuosos los intentos de Waters y Gilmour para hacer brillar al diamante. Incluso la legión de músicos que se dice influenciada por el “legado” de Barret simplemente ha “comprado” al personaje, al mito, al loco. Reitero, sólo dos, tres canciones del primer disco de Floyd pueden ser consideradas buenas, más por el sonido “surf/sicodélico/espacial” que inauguraron, que por las canciones en sí, canciones que la misma banda ignoró durante todo el resto de su existencia. Los mismo fans de Pink Floyd evitan con disimulo los dos primeros discos de la banda. Pocos los han escuchado o escuchado completos, aunque por reverencia y respeto manifiesten considerarlos seriamente. Algún día haré una reseña de los discos más sobrevalorados de la historia del rock, pero ahora me animo a inaugurarla formalmente con el primero de Pink Floyd.
De todas formas, descanse en paz Syd Barret (de una vez y por fin, luego de tantos años de vagar por esta vida como un fantasma de lo que nunca fue) y brilla, ahora por fin, diamante loco. Y gracias por haber germinado a una de mis bandas favoritas. Como también agradezco que la haya dejado, porque sin esto, jamás la hubiera tenido en cuenta ni se hubiera convertido en lo que se convirtió.

Mariano

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Monday, July 10, 2006

No title

ánimo.cry more often.nomeolvides
best you can do is forgive.grita.shineshineshine

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Sunday, July 9, 2006

Rock & Bob

Bob Dylan es considerado desde hace más de cuarenta años como el mesías del movimiento folk estadounidense. Esta afirmación no descubre nada. Tampoco es un axioma que sea fácil de revirar. Pero lo que consigue, amén de ser una declaración de justicia, es, paradójicamente, limitar al viejo Bob al perfil del “songwriter” que munido de su guitarra acústica se la pasa cantando sobre cuestiones rurales tan universales (es cierto), como limitantes en cuanto a lo artístico. Y eso es tan injusto como reconocer la justicia que al Sr. Zimmerman (tal su verdadero apellido) le cabe al instalarlo como el paradigma folk de la última parte del siglo veinte.


Lo que no todo mundo sabe (fuera de los acólitos dylanianos que aún sin conocerse pueblan la más enorme secta conocida o por conocerse de todo el planeta) es que el viejo Bob es un poderoso monstruito de metro sesenta a la hora de rockear. Y es que el mito que hoy en día representa se fue construyendo a lo largo de más de cuatro décadas con la complejidad, arrogancia y soberbia que sólo un diamante puede exhibir. Porque, al igual que la más perfecta de las piedras (que rueda), Dylan es un diamante de múltiples facetas: el básico cantante folk que deseaba más que nada emular a su ídolo Woody Guthrie; pero que poco tiempo después, se transformaba en el poeta imbatible que pobló de versos insuperables los sesenta, como luego fue el judío converso al cristianismo más apasionado e idealista que se plantó sobre un escenario jamás, aquel que convirtió sus discos en parábolas y sus canciones en plegarias y visiones del apocalipsis, al punto que el mismo Juan Pablo II lo escuchó y aplaudió; fue también el escritor surrealista que supo hacer de lo onírico un género en sí mismo; el hombre que no dejó escapar el pop en los ‘80, aún cuando fue él quien lo inventó, junto con Los Beatles, cuando se conocieron y reverenciaron, allá por el ‘64, en New York, provocando la simbiósis más extraordinaria que la música popular de segunda mitad de siglo presenció. El Dylan bluesero, el country, el Dylan romántico, el Dylan combativo, el Dylan cronista de su tiempo y de su gente… pero también, el Dylan rockero. El que nació, como mencioné, cuando descubrió a Los Beatles y que inmediatamente después cometió el único pecado capital del folk: cambiar la guitarra acústica por una eléctrica. El que enfureció hasta lo inédito a un apóstol de la paz como la leyenda Pete Seeger (si decimos que Dylan es el mesías del folk, Seeger es, de plano, el mismísimo Dios), al punto que en su primer aparición con su banda eléctrica (la raíz de la futura The Band de Robbie Robertson), Seeger fue capaz de poner en peligro hasta su propia vida al intentar cortar con unas pinzas los cables de electricidad del escenario en el momento en que Dylan desorientaba y enfurecía a su audiencia con su nuevo sonido. El recientemente editado documental biográfico de Dylan que dirigió Martin Scorsese (imperdible y esencial), “No Direction Home”, muestra cómo era ferozmente abucheado en una presentación en Inglaterra cuando estrenaba su canción capital, “Like a Rolling Stone”, acompañado por una “blasfema” formación que incorporaba guitarra eléctrica, órgano Hammond y una demoníaca batería! (Nota: cuarenta años más tarde, esa misma canción, fue declarada por Rolling Stone como la mejor canción en la historia del rock y sus derivados).
El universo Dylan está poblado de historias, de anécdotas, de leyendas urbanas, de mitos, relidades y ficciones, empezando por las que el mismo protagonista se encargó de sembrar sobre sí mismo en sus orígenes. Un día escribiré sobre algunas, en parte por gusto y en parte para que mi hijo menor sepa, cuando crezca un poco más, porqué se llama Dylan. Pero lo que hoy quería era validar (inmodestamente) al Dylan rockero por sobre todos los demás. No en demérito de ninguno de los otros personajes que el mito representa y ha representado a lo largo de su carrera, sino porque hoy dediqué la mañana a recorrer mi colección completísima del viejo Bob con la ruedita de iPod y a buscar canciones que harían parecer a los Rolling Stones como una bandita de garage en etapa de gestación. Porque Dylan rockea, y rockea como el mejor. Una muestra poderosa es su disco del ‘83, “Infidels” producido por el jefe de los Dire Straits, Mark Knopfler. De ese album surge una pieza gloriosamente rockera como
“Neighborood Bully”, con los Straits secundando a Dylan y tan pero tan buena que los mismísimos Stones le plagiaron el riff de guitarra, la base y hasta el sonido en su comeback del ‘89, en la sin embargo estupenda -a pesar del robo- “Mixed Emotions”.
Luego, y ya con seis décadas encima, nos regala un número glorioso en el último -hasta hoy- disco, el “Love & Theft” del 2001:
“Lonesome Day Blues”, un blues (of cors) que le debe haber provocado terrible dolor de hígado al propio Eric Clapton, que muy pocas veces fue capaz de sonar así en un disco, quizás con excepción del estupendo “From The Cradle” del ‘94. Y esto aún sin poder cantar jamás como lo hace Dylan en esa canción, en donde, por supuesto, no canta. Porque Dylan jamás ha cantado ni cantará. Posiblemente sólo una vez en su vida supo lo que era eso, cuando grabó “Lay Lady Lay”. Pero en “Lonesome Day Blues” (un blues de mid-tempo, pesado, muy pesado, con un riff de guitarra alucinante que va entretejiendo cada verso), Dylan vomita literalmente los versos que él mismo escribió, con una fuerza, un descaro, un coraje y un apestoso aliento a tabaco y whiskey como sólo lo había escuchado antes en otra gloriosa canción, “Cold Water”, de Tom Waits. Y el buen Bob cierra el blues con una de esas líneas ácidas que Dylan, tan zorro, tan viejo, tan diablo, acuña como nadie: “You gonna need my help, sweetheart, you can’t make love all by yourself” (“Vas a necesitar mi ayuda, cariño, no puedes hacerte el amor a ti misma”). Y finalmente, para acabar este mini antología, me quedo con un bootleg grabado en vivo en el 2000, y de ahí, una versión del clásico de Buddy Holly “Not Fade Away”, una constante en los conciertos de Dylan (a diferencia de la también muy buena versión de los Stones, quienes incluso la grabaron oficialmente en sus comienzos y luego la reversionaron en el muy buen disco “Stripped” del ‘96, Dylan la suele usar para cerrar algunos de sus conciertos, mientras que los Rolling la utilizaban como número de apertura). Como sea, la forma en que Dylan orienta a la banda expone un espíritu roquero que, considerando además su edad, ya superados los sesenta años, deja como anémicos musicales a más de una vaca sagrada del Salón de la Fama del Rock.

En definitiva, todo esto y mucho más es Bob Dylan. Un Picasso de la música y de la palabra, un ícono cultural y social como el que jamás le interesó ser. Ya se anunció el lanzamiento de su nuevo album, el primero en cinco años, para este próximo 29 de agosto. Sólo se conoce su tiútulo (“Modern Times”), y por supuesto, la ansiedad es grande y es mucha. Uno de los periodistas invitados por la disquera para escuchar en primicia el album, rompió el comprometido pacto de silencio al que fue obligado para acceder a esa privilegiada escucha y reveló que por lo menos tres de los diez cortes del nuevo disco, ya pueden ser considerados como “obras maestras”. Por lo pronto los acólitos seguimos aquí, esperando, oyendo y dando gracias al Señor… por el Dylan nuestro de cada día.

Amén.

Mariano
8 de julio de 2006

 

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Saturday, July 8, 2006

12345 (III)

1. Decidirse, siempre decidirse. De eso hablábamos cuando se decidió y todo lo abrumó con su ausencia.
2. Antes del sol, yo estaba bien. Antes de ella, no.
3. Fuimos recorriendo la memoria, libres de recuerdos, asomados como siervos indecentes a la orilla de un pasado improbable y descarado.
4. La noche sabe dónde estamos. Sin descanso ni descenso nos vigila, nos contiene, nos delata, y de alguna manera, nos desea.
5. Exáctamente, tú.

Mariano
8 de Julio de 2006

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Nunca

Nunca volveré a escuchar por primera vez
mi canción favorita.
Ni conoceré otra vez el aliento exacto
de aquel beso original, ni el estreno de sus pasos, anunciando su visita.
No volveré a conocer el jazmín en sus cabellos
ni el milagro de un momento entre sus brazos, como aquel primero;
más los otros, los que fueron
fatales destellos
de un destino
tan fugaz, tan bello
y repentino.

Por eso,
nunca dejaré de llorar esta certeza de saber
que he sido
-apenas-
un instante en su camino.

… nunca.

Mariano
Junio 2006

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Adios

Y fue como abrirte de nuevo la puerta por donde jamás regresarás. Y se pobló el aire de tu tiempo. Y se mintió el espacio con tu risa y tu perfume. Y descubrí cuánto llevo pensando en este adios… casi un año ya. Porque no te dejo ser, porque me dueles así. Porque ya no estás y jamás regresarás. Pero no pude ni quise despedirte nunca. En ese miserable egoismo te retengo y te vuelvo a buscar cada vez, cada noche. Como cuando no puedo ponerme a salvo de mí mismo y siento que no estás, que no estuviste ni estarás. Como cuando siento que fuiste un sueño por el que volé medio mundo en medio día. O como cuando me veo a mí mismo tratando de descifrar una mirada que de tanta resultó tan poca. Y hoy por hoy, por ti y por mi, tengo que decirte adios.


Mariano
Marzo 2006

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