Saturday, November 17, 2007

Diez años después…

… te sigo extrañando, Papá. Me sigues haciendo tanta falta. Necesito tu música, tus poemas que se fueron contigo y que inspiraron los míos. Viejo lindo, viejo bohemio, que me enseñaste a fumar, a beber, a escribir, a reirme y llorar como sólo los hombres deben llorar. Viejo hermoso que me diste la música que me hace posible sobrevivir sin vos. Viejo del que jamás aprendí a ser el padre que fuiste, a lo mejor porque te fuiste demasiado pronto, justo cuando más te necesitaba. Viejo mi querido viejo que te quebrabas con un tango pero que nunca te quebraste con el dolor infame que te fue pudriendo, pero sin poder tocar jamás tu alma inalterable de poeta y de loco, de vagabundo y de intelectual diplomado en nada pero mejor maestro que todos los que tuve y tendré. Viejo enorme, gigante, que me llevabas de la mano a recorrer Buenos Aires, para contarme sus historias y las tuyas, las reales y las inventadas. Y todas tan preciosas, viejo querido, que sólo quisiera regresar a esas calles para revivirlas y revivirte. Revivirte de la muerte ignorante que cree que te mató, que te separó de mí.
Gracias por tanto amor. Perdón por haber aprendido tan poco. Déjame intentarlo de nuevo, contigo a mi lado, como cuando éramos mucho más que padre e hijo y cualquier cannción nos daba la excusa para inventar un ritmo con los dedos, sobre cualquier mesa, sobre cualquier libro de los tantos que me enseñaste a leer.
Papito querido… si tan sólo supieras cuánto pero cuánto te necesito estoy seguro que volverías a nacer y me cruzarías por ahí, desde la mirada de un niño que me vería cómo sólo tú me veías, con ese amor, con esa ganas de regalarme el mundo entero, en un disco, en un libro, en un juguete barato… el mejor que podías pagar. Porque en definitiva, fuiste un niño que se disfrazó de adulto para eternizar una infancia inalterable en donde nada, nada, podía robarte la sonrisa, ni siquiera, la inminencia de la muerte.
Por eso no se vale, viejo, que te hayan robado de mi, que me hayan robado de ti. Porque ese no era el juego. Porque me haces falta. Porque nunca, como en estos diez años, he sentido tanto que no puedo. Que no es justo.
Estoy aquí Papá. Seguramente me reclamarías mil cosas y sólo de ti las aceptaría. Sólo contigo agacharía la cabeza. Sólo sobre tu regazo pediría perdón y lloraría estos diez años sin ti. Sólo así, Papá.
Contigo.

Te amo. Te extraño. Te necesito.

Tu Nano.

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GERONIMO ALBERTO PEDROZO
1997 - 17 DE NOVIEMBRE - 2007

“… y a fin de cuentas, el amor que recibiste fue igual al amor que diste…”

Posted by Mariano at 19:54:18 | Permalink | Comments (3)

Saturday, November 3, 2007

Querido diario…

Me desperté unas cinco veces durante la madrugada con una ansiedad poco usual, entre sueños estúpidos y canciones que no paraban de silbar en mi cabeza. Encima el horario de invierno al que no me termino de acomodar me sigue trepanando el sistema límbico, resultando que a esa sensación de enajenamiento espacial que en algunos amaneceres me sorprende antes que ninguna otra y que me hace pensar sobresaltado : “¿adónde estoy?” ahora se le agrega la de “¿qué hora será?”, sabiendo (y convencido) que el reloj ya no es sinónimo de confianza, si es que alguna vez lo fue. El tiempo en estos días es más relativo que nunca y hasta que no averigüe si eso es bueno o es malo esta ansiedad que me esculca ahora no hará ni siquiera el intento de dar marcha atrás.
Más de una vez pensé en llevar un diario. No, no es broma. Y aún más: soñé con ser millonario y pagarle a alguien para que vaya por detrás mío las veinticuatro horas del día escribiendo cada cosa que yo dijera para detectar algún descuido, algún cortocircuito en la matriz que arrojara de mis labios un atisbo de esa realidad subyacente que todos ignoramos pero que más de uno sospecha. Pero ese sueño guajiro se desvaneció el día que me enteré que Sir Paul McCartney ya lo había hecho la noche del día en que los Fab 4 conocieron a Bob Dylan allá por el ‘65 y se pegaron el primer atracón de mota (de la premium). Asaltado por un aluvión de lucidez lindante con lo paranormal, el autor de “Let it be” le ordenó al “roadie” de Los Beatles Mal Evans que no dejara de apuntar cada cosa que dijera durante aquella velada. Al otro día, repasando las notas tomadas por su fiel asistente, pudo rescatar una sola línea coherente de entre aquellos apuntes mariguanos, que decía. “Hay siete niveles”. Curiosamente o no, treinta años después, Deepak Chopra se haría millonario revelando exactamente lo mismo. Claro, mucho más detalladamente, pero no deja de sorprender que el buen Paul, sin querer, se haya metido sin golpear en una de las puertas secretas.
Esa temprana desilusión por el plagio que sufrí tres años antes de haber nacido me ha llevado a pensar que tal vez lo mejor sea (algún día) intentar con la hipnosis. Y po runa vez, ser profeta o gallina, dependiendo del lado del reloj en que me toque estar. Joder! empecé hablando de relojes y acabo con lo mismo. Y yo que ya me creía caído de todas las obsesiones.
Ya no se puede creer ni en mí.

Mariano

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12345 (VI)

Uno. Potables formas de querer. No hablemos de amor.
Dos. Tus oasis de sangre, sudor y piel saben detener la inmensidad de mi desierto. Luego, la arena interminable.
Tres. Todo será como debía cuando las memorias se vayan vaciando de mí. Que no existo. Que sólo soy el mal sueño de algún poeta condenado.
Cuatro. La alternativa de lo posible define una proporción para lo inconfesable, para todo aquello que define la liturgia soberana de la cobardía.
Cinco. En la noche sobrevivo, como sé, como puedo. Abstracto, insomne, ido en la vigila de un sueño peligroso que no llega. Por Dios, que no amanezca.
Cinco bis. En el principio fue el Verbo. Y en el después, el Verbo será ella, como su verbo es “amar”. Hasta morir.

Mariano

Posted by Mariano at 07:57:23 | Permalink | Comments (1) »

Formas

Día con día el momento se encierra en las formas, en los contornos decisivos de eso que llamamos amor.
De tarde en tarde vamos enterando al tiempo que todo lo posible es incierto, que todo lo correcto miente, que ni tú ni yo, que ni aquí ni allá.
En las noches, cada noche, el perímetro de tus pupilas ilumina el oscuro desafío de una tremenda soledad que sabe que le faltas.
Y de tanto especular, las miserias se vuelven realidad.

Mariano

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Friday, November 2, 2007

Fiesta

Era de noche y era sábado. Como debe de ser. Porque ese es el día y el momento de la fiesta, que arriba en mi pueblo nunca llega, por lo que hubo que trasladarse hasta el Paseo de la Reforma, arteria principal de la urbe más grande del mundo –dicen-. Y así, sorteando el tráfico, o uniéndonos a él –por aquello de que si no puedes con tu enemigo… - llegamos Laura y yo al Auditorio Nacional de la ciudad de México. El ambiente no podía ser mejor. La expectativa de los miles que esperábamos entrar era evidente. Y es que, como en una especie de deja-vu al revés, saboreábamos de antemano los momentos por venir, de tal forma que en esa explanada enorme convivíamos nobles y villanos, prohombres y gusanos, listos para asistir a una misa colectiva en donde Dios y el Diablo convivirían por un rato, para librarnos de todo mal y de todo bien, hasta que el corazón aguantara.

Serrat y Sabina. Sabina y Serrat. El orden de los factores no altera el producto. Y el producto, en este caso, no necesitaba más garantía que la intención, la memoria, el estado de ser pertinente y voluntarioso para someterse al ritual de tanta magia, de tanto oficio, de tanta música pasada y presente.

A las ocho y cuarto los gigantes ocuparon el escenario, que puntualmente se pobló de lilas, rosas y amarillos y la fiesta comenzó. Canciones imbatibles, legendarias, repletas de una esencia tan difícil de encontrar hoy en la estúpida lírica FM, como entrañables para la memoria de quienes, como yo, vamos pisando los cuarenta y traemos en el alma el soundtrack inevitable de la música de Sabina y de Serrat. Y, claro, ahí estaban los dos pájaros arropando esas viejas y no tan viejas canciones, con la colaboración de una banda ajustada a la ocasión, y liderada por otra leyenda: el maestro Ricard Miralles, brazo musical armado de Serrat desde las épocas de gloria de los sesenta y setentas, forjador también él de su propia leyenda. Y en el otro rincón, el leal escudero histórico de Joaquín, Antonio García de Diego. Faltó Pancho Varona, tercer pilar de la estructura Sabina, y que se tuvo que bajar de la gira, aparentemente por motivos de salud.

Y así la fiesta marchaba, entre música de gloria y diálogos imperdibles (que no quemaré por respeto a aquellos que tengan previsto verlos o disfrutar del DVD conmemorativo de la gira que saldrá en breve). Humor y reflexiones, inteligencia y experiencia, madurez y sensibilidad. Y por sobre todo, un monumental “background” de talento y de calidad –y calidez- interpretativa que acabaron haciendo de este, “mi” concierto. Y aclaro que he estado en unas cuantas docenas a lo largo de mi melómana vida. Pero definitivamente, pongo éste junto al de otro de mis referentes mayores, Eric Clapton, en una noche lluviosa de primavera en Buenos Aires, allá por el año 1990.

Pero por si todo esto fuera poco, antes de poner en coma a mi ya de por sí conmovido corazón, previo a entonar una versión maravillosa de “Contigo”, el tándem anunció (y le dedicó el concierto) a Gabriel García Márquez, presente en el Auditorio junto a su esposa Mercedes, a escasos treinta metros de donde nosotros estábamos. Y fue el acabose. Diez mil personas ovacionando al Gabo, y mi sensación de gloria personal al estar en un mismo recinto, a no nomás de cincuenta metros en total de Joan Manuel Serrat, Joaquín Sabina y Gabriel García Márquez, a conciencia que aquello era –es- demasiado regalo para este feligrés de esa música y esas letras asesinas con que estos tres héroes de mi vida han ido empapelando mi alma desde estas casi cuatro décadas que llevo dando batalla en este universo tan falto de Macondos. Y sabiendo que nadie me quitará el honor de contarle a mis hijos, a mis nietos, y a todo el que se me cruce que sí, que esa noche yo estuve ahí y que por un buen rato fui muy, pero muy feliz.

Todo lo que siguió fue un bonus track larguísimo, que completó dos horas y medias de magia, de alegría, de nostalgia. La última media hora fue con todo el Auditorio Nacional de pie, respetando el protocolo que indica que los himnos se deben escuchar así: Penélope, Lucía, Fiesta, Y Nos Dieron Las Diez (puntualmente a las diez), La Del Pirata Cojo, Para La Libertad (“… y aún tengo la vida…), Cantares…

¿Qué más se podía pedir?

Y como dieron las diez, casi… casi dieron las once. Faltaban quince minutos cuando volvió el pobre a su pobreza, el rico a su pobreza y el señor cura a sus misas… para que se bajara el imaginario telón y se acabara la fiesta. Todo estaba dicho, todo había sido cantado. El aplauso final fue un larguísimo “Gracias” que fue tan sincero como insuficiente, porque ese 27 de octubre –sábado y noche, como debe ser- los pájaros le tiraron a las escopetas y nos dejaron un disparo de vida y emociones injertado para siempre en el corazón…

Mariano

Posted by Mariano at 03:03:46 | Permalink | No Comments »