Demoliendo Mitos: Syd Barret
En esta primera entrega de esta nueva sección me voy a dedicar a alguien a quien tengo en la mira desde hace unos veinticinco años. Lamentablemente me esperé mucho y ahora voy a caer en el infame destiempo de exponer mis ideas apenas veinticuatro horas después del fallecimiento del protagonista de esta breve monografía. Y no, no es casualidad.
Sucede que desde que las agencias de noticias de todo el mundo comenzaron a divulgar que el miembro fundador de una de las cinco mejores bandas de todos los tiempo había fallecido, no se hicieron esperar ni en radio, ni en tv ni en internet los comentarios que volvían a poner en el Olimpo de la música al, hasta horas antes, muerto viviente más celebre de la historia del rock. Porque esa es la realidad del asunto, ya que Syd Barret falleció cuando ya llevaba treinta y cinco años muerto (y le podemos agregar un par de añitos más todavía). Pero tuvo el mérito de haber sido el único mito viviente al que se lo consideró con igual nivel de importancia que algunos que no tuvieron la suerte de sobrevivir físicamente como él, como Hendrix, Janis, Morrison y Lennon. Voy más lejos. Hay gente que ayer se sorprendió con la noticia, porque estaban seguros que Barret estaba realmente muerto desde fines de los ‘60.
No soy sociólogo y por eso no tengo elementos para entender o explicar por qué Syd Barret ocupó y ocupará ad infinitum el papel de molécula indispensable del rock post Beatles. Para ser honestos, lo único que se le puede acreditar como mérito, fue el haber fundado Pink Floyd. Y su segundo mérito más importante fue haberse tomado todo el ácido que encontró, al punto de quedar lo suficientemente orate como para que los tres restantes integrantes del grupo decidieran jubilarlo y llamar al imprescindible y trascendente David Gilmour para ocupar su lugar. Lo único que Barret hizo al frente de Floyd fue el primer disco de la banda (“The Piper At The Gates Of Dawn”), en el cual compuso todos los temas menos uno (de Waters). Y un par de sencillos que seguían la línea del disco. El chauvinismo roquero sigue insistiendo en poner a aquella obra en el podio de las fundamentales del rock, pero aunque en cuestiones de gustos no hay nada escrito, yo sigo insistiendo, luego de haberlo escuchado decenas de veces, que es un disco insufrible. Que si queremos, podemos ser generosos y darle el mérito de haber abierto las puertas de la sicodelia y la música lisérgica. Fue el primer disco sicodélico o uno de los primeros. Y tenía tres temas buenos o muy buenos, “Astronomy Domine”, “Lucifer Sam” y “Mathilda’s Mother”, que definiron ciertos estándares sonoros más o menos atemporales. Lo demás consiste en un conjunto de canciones que en algunos casos llegan a rozar lo estúpido (“Bike”, “The Gnome”). Podemos agregar una cuarta y otra quinta buenas y ya me estoy viendo generoso, y son “Arnold Layne” y “See Emily Play”, que no están en el disco, sino que fueron sencillos de la misma época. Y aún así, ninguna de esas canciones sobrevivió en el repertorio o en el sonido de Pink Floyd después de haber sido publicadas, más allá de un año o dos. En el segundo disco de Floyd (“A Saucerful Of Secrets”), Barret ya casi no apareció, pero el disco, obviamente un trabajo de transición, siguió la línea del primero. Los muchachos se estaban reacomodando, sin dudas, pero ya reconocemos una pieza que puede ser considerada como el eslabón perdido entre el primer Floyd (el de Barret), y el que finalmente se convirtió en legendario (el de Waters/Gilmour). Esa canción que empezó a definir el sonido histórico de Pink Floyd fue “Set de Controls for the Heart of the Sun”. Pero recién en el tercer disco, el monumental, denso y pretensioso Umagumma (de casi una hora y media y con apenas cinco canciones, dividades en partes, como una suite, mitad grabado en vivo, mitad elaborado en estudio), ya estabilizado el cuarteto con Gilmour, fue que el sonido Floyd se terminó de definir. En el siguiente, el ya más,”cancionero” “Atom Heart Mother”, a pesar de tener una canción de veintrés minutos y otra de casi doce, en un total de cinco, ya lo que sonaba era Pink Floyd, el mismo en identidad y en esencia que pocos años después alumbraría obras capitales como “Dark Side Of The Moon”, “Wish You Were Here” y “The Wall”.
Lo siento por Barret, pero si Floyd llegó a ser lo que fue y lo que es para el imaginario colectivo (una banda que puede compartir trono con los dioses Beatles y Zeppelin), esto se dio gracias a que Barret fue de plano corrido de la banda. Le doy cierto mérito a que el tema de su locura afectó e influyo a sus compañeros y amigos y originó una temática en la lírica del grupo, cuyo cenit fueron las extraordinarias letras de “Dark Side…”. Definitivamente, las dos canciones, que unidas en una sola, cierran el disco (“Brian Damage” y “Eclipse”), son uno de los manifiestos poéticos más hermosos y conmovedores que jamás una canción pudo acunar en homenaje a la locura. “Brain Damage” (“Daño Cerebral”) es Syd, ciento por ciento. Y esa canción emociona, duele, inspira. Como también Syd es el protagonista de esa continuación maravillosa de Dark Side que fue “Shine On You Crazy Diamond”, primer canción del disco siguiente, “Wish You Were Here”. Y sí, Syd también era el Diamante Loco al que Waters y Gilmour le dedicaron una de las mejores canciones, no ya de Pink Floyd, sino de la historia del rock. Indudablemente habrá sido un ser humano que marcó la vida y la carrera de sus compañeros y yo creo que la leyenda de Barret creció gracias a ese par de inolvidables canciones (o de discos) que otros escribieron influidos o impactados por su locura. Pero lo claro del asunto es que la influencia de Syd estuvo en eso y no en la música, que como ya mencioné, sufrió un giro casi completo cuando el diamante loco se aisló en su locura y provocó la refundación de Pink Floyd. El mito pues, fue el que otros crearon desde el sentimiento y la amistad, y no el que Syd jamás pudo haber logrado por mérito artístico propio. Prueba de esto es que grabó, con la ayuda de sus compañeros, dos discos solistas que casi nadie conoció, aunque todo mundo hable de ellos. Así de pobres, así de inútiles, así de infructuosos los intentos de Waters y Gilmour para hacer brillar al diamante. Incluso la legión de músicos que se dice influenciada por el “legado” de Barret simplemente ha “comprado” al personaje, al mito, al loco. Reitero, sólo dos, tres canciones del primer disco de Floyd pueden ser consideradas buenas, más por el sonido “surf/sicodélico/espacial” que inauguraron, que por las canciones en sí, canciones que la misma banda ignoró durante todo el resto de su existencia. Los mismo fans de Pink Floyd evitan con disimulo los dos primeros discos de la banda. Pocos los han escuchado o escuchado completos, aunque por reverencia y respeto manifiesten considerarlos seriamente. Algún día haré una reseña de los discos más sobrevalorados de la historia del rock, pero ahora me animo a inaugurarla formalmente con el primero de Pink Floyd.
De todas formas, descanse en paz Syd Barret (de una vez y por fin, luego de tantos años de vagar por esta vida como un fantasma de lo que nunca fue) y brilla, ahora por fin, diamante loco. Y gracias por haber germinado a una de mis bandas favoritas. Como también agradezco que la haya dejado, porque sin esto, jamás la hubiera tenido en cuenta ni se hubiera convertido en lo que se convirtió.
Mariano