Fiesta
Era de noche y era sábado. Como debe de ser. Porque ese es el día y el momento de la fiesta, que arriba en mi pueblo nunca llega, por lo que hubo que trasladarse hasta el Paseo de la Reforma, arteria principal de la urbe más grande del mundo –dicen-. Y así, sorteando el tráfico, o uniéndonos a él –por aquello de que si no puedes con tu enemigo… - llegamos Laura y yo al Auditorio Nacional de la ciudad de México. El ambiente no podía ser mejor. La expectativa de los miles que esperábamos entrar era evidente. Y es que, como en una especie de deja-vu al revés, saboreábamos de antemano los momentos por venir, de tal forma que en esa explanada enorme convivíamos nobles y villanos, prohombres y gusanos, listos para asistir a una misa colectiva en donde Dios y el Diablo convivirían por un rato, para librarnos de todo mal y de todo bien, hasta que el corazón aguantara.
Serrat y Sabina. Sabina y Serrat. El orden de los factores no altera el producto. Y el producto, en este caso, no necesitaba más garantía que la intención, la memoria, el estado de ser pertinente y voluntarioso para someterse al ritual de tanta magia, de tanto oficio, de tanta música pasada y presente.
A las ocho y cuarto los gigantes ocuparon el escenario, que puntualmente se pobló de lilas, rosas y amarillos y la fiesta comenzó. Canciones imbatibles, legendarias, repletas de una esencia tan difícil de encontrar hoy en la estúpida lírica FM, como entrañables para la memoria de quienes, como yo, vamos pisando los cuarenta y traemos en el alma el soundtrack inevitable de la música de Sabina y de Serrat. Y, claro, ahí estaban los dos pájaros arropando esas viejas y no tan viejas canciones, con la colaboración de una banda ajustada a la ocasión, y liderada por otra leyenda: el maestro Ricard Miralles, brazo musical armado de Serrat desde las épocas de gloria de los sesenta y setentas, forjador también él de su propia leyenda. Y en el otro rincón, el leal escudero histórico de Joaquín, Antonio García de Diego. Faltó Pancho Varona, tercer pilar de la estructura Sabina, y que se tuvo que bajar de la gira, aparentemente por motivos de salud.
Y así la fiesta marchaba, entre música de gloria y diálogos imperdibles (que no quemaré por respeto a aquellos que tengan previsto verlos o disfrutar del DVD conmemorativo de la gira que saldrá en breve). Humor y reflexiones, inteligencia y experiencia, madurez y sensibilidad. Y por sobre todo, un monumental “background” de talento y de calidad –y calidez- interpretativa que acabaron haciendo de este, “mi” concierto. Y aclaro que he estado en unas cuantas docenas a lo largo de mi melómana vida. Pero definitivamente, pongo éste junto al de otro de mis referentes mayores, Eric Clapton, en una noche lluviosa de primavera en Buenos Aires, allá por el año 1990.
Pero por si todo esto fuera poco, antes de poner en coma a mi ya de por sí conmovido corazón, previo a entonar una versión maravillosa de “Contigo”, el tándem anunció (y le dedicó el concierto) a Gabriel García Márquez, presente en el Auditorio junto a su esposa Mercedes, a escasos treinta metros de donde nosotros estábamos. Y fue el acabose. Diez mil personas ovacionando al Gabo, y mi sensación de gloria personal al estar en un mismo recinto, a no nomás de cincuenta metros en total de Joan Manuel Serrat, Joaquín Sabina y Gabriel García Márquez, a conciencia que aquello era –es- demasiado regalo para este feligrés de esa música y esas letras asesinas con que estos tres héroes de mi vida han ido empapelando mi alma desde estas casi cuatro décadas que llevo dando batalla en este universo tan falto de Macondos. Y sabiendo que nadie me quitará el honor de contarle a mis hijos, a mis nietos, y a todo el que se me cruce que sí, que esa noche yo estuve ahí y que por un buen rato fui muy, pero muy feliz.
Todo lo que siguió fue un bonus track larguísimo, que completó dos horas y medias de magia, de alegría, de nostalgia. La última media hora fue con todo el Auditorio Nacional de pie, respetando el protocolo que indica que los himnos se deben escuchar así: Penélope, Lucía, Fiesta, Y Nos Dieron Las Diez (puntualmente a las diez), La Del Pirata Cojo, Para La Libertad (“… y aún tengo la vida…), Cantares…
¿Qué más se podía pedir?
Y como dieron las diez, casi… casi dieron las once. Faltaban quince minutos cuando volvió el pobre a su pobreza, el rico a su pobreza y el señor cura a sus misas… para que se bajara el imaginario telón y se acabara la fiesta. Todo estaba dicho, todo había sido cantado. El aplauso final fue un larguísimo “Gracias” que fue tan sincero como insuficiente, porque ese 27 de octubre –sábado y noche, como debe ser- los pájaros le tiraron a las escopetas y nos dejaron un disparo de vida y emociones injertado para siempre en el corazón…
Mariano