Danubio Azul
Itzu marcha al igual que todas con el brazo izquierdo en alto, porque le han explicado sus compañeras que mirando la axila descubierta, el médico asesino puede reconocer algún daño pulmonar que implicaría el descarte inmediato, el que conduce a la cámara de gas.
De pronto, el jerarca detiene la melodía y con ella detiene el tiempo de la barraca entera. Con una seña inequívoca le ordena a Itzu que se separe de la fila. El corazón de la adolescente húngara se detiene, pero aún impávida de terror obedece. No quiere volverse, no quiere ver a su hermana, que viene marchando en la misma fila, diez metros atrás, pero un ruido seco y un rumor inmediato detrás suyo la obliga a hacerlo. Y a correr, porque su hermana se ha desmayado al verla salir de la fila por orden del asesino, que con una seña decidía ahora el destino de ambas, ya que Itzu no sólo iba a morir, sino que también iba a abandonarla en medio de aquel horror abominable. ‘¡A mí también!’, grita en húngaro la niña cuando vuelve en sí. Itzu trata de calmarla. Le recuerda al oído que una sola caída conlleva la marca de debilidad que los guardias y ahora el mismísimo doctor le asignaban a quien ya no podía seguir, no importaba la edad, no importaba el motivo. Entonces la niña se levanta y discuten, pero ya no es necesario, porque el doctor hace la señal definitiva que la elige también a ella. Las hermanas se abrazan y lloran una tremenda felicidad de saber que por fin todo ese infierno irreal se acabaría y que las dos se irían para siempre de aquella barraca. Y lo harían de la misma forma en qué vivieron: juntas.
“Entraron a la casa derribando puertas, como animales. Mamá planchaba. Ella no entendía alemán, no entendía nada. Nos sacaron a mí y a mis cuatro hermanas. También a mi madre. Mamá le preguntó al oficial si podía llevar la plancha y la camisa de mi papá para acabarla de planchar, porque mi papá la necesitaba para ir a trabajar al otro día. Yo misma le expliqué que no, que no podía…”
La fila de mujeres se rearma y el doctor vuelve a silbar el mismo vals, con una marcialidad tan propiamente alemana que sin embargo no oculta el placer que le provoca aquella monstruosa ceremonia. Cada mes eran cuatro, seis, ocho, las que él mismo apartaba para instruir a los oficiales de menor rango, los que cada día debían purgar las barracas para dar lugar a los prisioneros nuevos que el tren descargaba por cientos. Purgas tan despiadadas que Itzu sabía que un día le iba a llegar su turno. Sólo deseaba que el momento se diera cuando ya sintiera tanto desprecio por su propia vida como el que sus carceleros profesaban por las ajenas. Y que fuera ella antes que su hermana, por Dios. No soportaba la idea de perderla y sí, era egoísta (lo reconocía), porque la pequeña tenía el mismo terror y también el mismo deseo. Por eso lloran juntas ahora que el doctor les dicta condena, aún sin saber que son hermanas. Y sin saber tampoco –o lo que es mucho peor, sabiéndolo-, que además son seres humanos. Pero ahora esas dos palabras distan mucho de ser las adecuadas para reconocer a los seres que ocupan las ciento setenta y tres hectáreas de ese campo infernal perdido en algún lugar de Polonia. No podía ese término –humanos- describir a los hombres de negro, tan despojados de alma, de compasión, de cualquier forma posible de piedad. Y aquellas mujeres desnudas y rapadas, alimentadas (???) la mejor de las veces con caldos de agua y pasto hervido –la mayoría de las veces ni siquiera hervido- ya habían olvidado que alguna vez lo habían sido.
De uno y otro lado de la barbarie, números. El de los SS seguramente es el mismísimo número de la bestia grabado en sus entrañas. El de las mujeres varía. Cada quien tiene el suyo marcado a fuego –como reses o caballos- en el antebrazo izquierdo. El de Itzu es el A0011442. El de su hermana, el 445.
“No. No nos golpeaban… porque dígame ¿para qué?”
El médico sigue silbando. Sólo se detiene dos veces más para apartar a las que van a sumar el total de cuatro que completarán el póquer de aquel día. Pero de ponto algo que Itzu no llega comprender, sucede cuando ya las cuatro mujeres están siendo dirigidas a la cámara de gas que lindaba con la barraca. Algo que también distrae la atención del médico. Una discusión, gritos. Desconcierto. Una misteriosa –para ella- razón en el lejano mundo exterior requiere atención urgente, porque el médico convoca de inmediato y a los gritos la protección de cuanto soldado y oficial ocupa el recinto y emprende la retirada. Las mujeres rompen la fila, las cuatro elegidas se confunden con el resto y todas vuelven construir la imagen dantesca, esa postal única del Apocalipsis que declara desde la barbarie, la inminencia del fin del mundo.
Esa mañana de octubre no habría gas para nadie.
“No crea que nos alegramos demasiado.”
Pero la confusión y el desplante (‘hasta la muerte nos aborrecía’) no altera a las mujeres que permanecen de pie, sordas y ciegas a todo, porque todo es lo mismo, todo es la nada. Y entre ellas, las cuatro mujeres no saben si bendecir o lamentar la suerte que torció la esquina para salirse de la ruta que ya parecía inevitable.
Dos meses después de aquella tarde el ejército rojo entró en Auschwitz. Lo que aquellos soldados rusos vieron superaba las peores brutalidades del mismísimo Stalin y aún esos hombres curtidos en el frío helado de la estepa y en la crueldad brutal del régimen, sintieron que las puertas del infierno se abrían ante sus pies, que la locura tenia nombre, que la piedad y el dolor se hermanaban en la falta de límites y que quizás no creer en Dios –como se les ordenaba-, en aquel momento encontraba una justificación absoluta.
Hoy Itzu conserva en su brazo, sesenta años después, el número que le grabaron a fuego en Auschwitz. Todavía sigue velando por su hermana, que ya tiene bisnietos, a diferencia de Itzu que jamás quiso tener hijos por el miedo horrible que este mundo le provoca. Y por instinto, pero sobre todo por el amor más inmenso, sigue protegiéndola hasta de la propia historia que vivieron, de la culpa injustificada que siente por no haberle podido evitar aquellos ocho meses aberrantes. Jamás la menciona por su nombre frente a extraños cuando evoca aquel tiempo y decide así ser ella la que cargue con el peso de lo vivido por ambas. Itzu también tiene una mirada que sólo porque lo ha visto todo puede proyectar tanta paz. Mirada de ojos claros que todavía lloran, que todavía duelen por lo que grabaron en sus retinas. Que multiplican las lágrimas cuando razona que tanto dolor colectivo de poco ha servido, porque la historia enseña pero el hombre no aprende. Itzu Rella Weiss Sajovits, húngara de nacimiento, mexicana por elección, todavía siente un frío en la espalda, una punzada en el pecho y el mismo ardor en el brazo por el número que jamás se quiso borrar cada vez que escucha la bella melodía de “El Danubio Azul”. Y piensa si aquel hombre que, en nombre del horror se apropió de ella con su silbido y que la vergüenza universal ya coronó como traidor de su especie, llamado Joseph Mengele, algún día antes de morir de viejo e impune en su escondite sudamericano, aún de manera íntima, secreta, le habrá pedido perdón a Dios.
Mariano Pedrozo
Enero de 2005, julio de 2006
Nota: vi a Itzu en un programa periodístico televisado en México –el noticiero conducido por Adela Micha, en Televisa-, la noche del día en que se conmemoraron los sesenta años de la entrada del ejército ruso en el campo de concentración de Auschwitz. Durante media hora, o más, presencié hipnotizado el relato que jamás podré, ni yo ni nadie, igualar, porque Itzu no sólo contó la historia con palabras. La verdadera historia estaba en sus ojos claros, en ese espejo de tantas lágrimas, en la sabiduría de esa paz que le enseñó a perdonar todo y a todos, para poder despegarse de un odio que hubiera conseguido lo que los nazis no pudieron: matarla. Esa noche no pude dormir, abrumado por el horror, por los demonios de una especie que era la mía, que era yo mismo. La única manera de poder exorcizar eso fue escribiendo, pasando en limpio, el relato de Itzu al día siguiente. Y aún así, no pude terminarlo. Tuvo que pasar un año y medio, para que el ciclo pudiera cerrarse y yo acabase de escribir esta crónica, que deseo sirva de homenaje al valor, al perdón, justo en días en que el mismo pueblo que padeció esta locura aberrante hace más de medio siglo, vuelve a demostrar, como dice Facundo Cabral, que los hombres no aprendemos jamás, siendo hoy ese mismo pueblo, otrora sometido y masacrado, el que hoy sale a revivir la locura de la guerra, de las muertes inocentes, de los desplazados, de la destrucción y del odio en nombre de la paz… o en nombre de lo que sea, no importa. Locura al fin.
Al igual que a Mengele… Dios nos perdone.
Mariano