Saturday, February 5, 2005

Preguntas

¿Quién eres?
De tanto esperarte te conozco bien.
Nunca te vi.
No sé cual es tu vino, tu libro favorito,
los ceros de tu cien,
la canción de tu camino.
No te identifico entre la gente.
No si eres gaviota o pasos peregrinos.
Ni sé si eres mañana o de repente. No sé qué hacer.
No sé quererte.

¿De dónde vienes?
No conozco tu acento
y no me ayudas
(no respetas los acuerdos).
No te ubico en mi aliento ni en el mapa de tu piel.
No sé si caminas hierba o un puñado de recuerdos
(¿de quién?).
No sé si eres arena o mar,
nubes o destierros, tristeza o ansiedad. 

¿A quién le hablas?
Intento escucharte en este espacio misterioso.
Descifro entre la nada un tono, una armonía, una canción,
un poema pretencioso. Oigo todo lo que callas.
Hablas de mí sin mí y te perdono.
Convocas en susurros desafíos silenciosos…
y silencio es lo que hallas.

¿Con qué sueñas?
Detengo en una idea la hora en que despiertas,
demoro tu vigilia.
Dormida
te interpreto, lavo tu herida
para que sea una esperanza abierta, una salida.

Te apuesto un sueño interminable,
una puerta mágica,
secreta
que nos regresará a un planeta
de lunas trágicas,
miradas juntas
y noches sin finales…
que acabarán con todas mis preguntas.

Mariano Pedrozo
2 al 5 de Febrero de 2005


 

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Tuesday, January 25, 2005

Tres Tiempos

Un adiós como éste se conjuga en tres tiempos
Primero será una cita inevitable, previsible y varias veces postergada.
Luego se convertirá en un acto inapelable, breve, exacto.
Y finalmente será (¿será?) un recuerdo doloroso, obstinado, agotador.
Notas en el margen del texto anterior, luego tachadas con la misma pluma pero claramente visibles:
‘Mentir un hasta luego’ ‘Pensar en otra cosa’ ‘No desestimar un arrepentimiento, sólo que ni tan prematuro ni tan extemporáneo’ ‘Evitar el alcohol pero no el cigarro’ ‘Dios proveerá’
(… ¿Dios proveerá?… ¿qué quiso decir?)
Otras notas al margen manuscritas dos hojas después, en el mismo libro.
‘Uno quiere como aprendió, también como intuye. Y de última, como lo quieren’ ‘No way out’

Mariano Pedrozo
25 de Enero de 2005

 

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Thursday, January 20, 2005

Para Janis

No hay hotel para corazones destrozados en esta tarde mentirosamente soleada y la tristeza administra su juego eficientemente y con cartas precisas. Sin pena me dejo ganar a falta de espejos que reflejen el premio de alguna posible sonrisa que a esta altura ya ni extraño, ni deseo. Prefiero seguir bajando. Cuando llegue al fondo veré qué hacer.

Desde mi estéreo Janis Joplin llora tristezas parecidas –muy- a éstas. Canta los blues con pasión desesperada y basta con cerrar los ojos para meterse en la piel de esa mujer devastada y entender por qué fue lógico que muriera días después de grabar “Cry baby”. Ya no había nada que hacer después de cantar eso, de cantar así. No existía retorno posible.  En aquello días de abismos y noches sin fin, Janis también había cantado en “Me & Bobby Mc Gee”: “… cambiaría todos mis ‘mañanas’ por un simple ‘ayer’….”. Y fue lo mismo, otra rúbrica para el mismo y definitivo pacto. Nadie la escuchó, claro. O a nadie le  importó. Y a ella tal vez menos que a nadie. Pero ya nada contaba. Era el dolor después del dolor.
Janis llora los blues. Escupe angustias y frustraciones inmemoriales que tal vez arrastre de otras vidas. Y es que uno siempre va naciendo con cuentas pendientes que nunca termina de pagar, aunque no sepa qué es lo que adeuda ni por qué. Janis no le tuvo miedo a la muerte porque no le tuvo miedo a la vida. A la perra vida que la golpeó de la mano de cada amor imposible, de cada pesar inenarrable pero palpable en cada frase desgarrada por esa voz encendida de alcohol, cigarrillo y llanto que nadie, nadie ha podido igualar. Porque nadie cantaba los blues (las tristezas) como ella.
Janis cantaba por necesidad, la de darle un mínimo sentido a una vida que nació sólo para ir muriéndose de a poco, de a mucho. Y así fue que desangró su existencia misma sobreviviendo de a gotas, desahogando en la música su oscuridad para calmar toda su angustia. Cantando se negaba a morir preparando el camino para su muerte como en una letanía estremecedora y dejando la vida en cada fraseo, en cada nota.  Cielo o infierno en solo compás.
Podríamos hacer una encuesta para arriesgar su improbable paradero. Y si se me permite arriesgar, quiero suponer que del infierno huyó la noche que se fue del todo porque el cielo no es para los endemoniados que han vivido enterrados en los blues; que han pecado de infelicidad por propia voluntad –autocondenados- o por karmática decisión del Dueño de Todos los Blues; aquellos que han muerto mil veces en vida y que prefieren inventar su propio y mentiroso cielo antes que soportar el desprecio y la frustración del otro, el verdadero.
Y prefiero suponer que Janis se acopla ilusoriamente a mi tarde repleta de ausencias desde un disco viejo y rayado. La revivo en el recuerdo y la materializo cada vez que vuelvo a poner “Me and Bobby Mc Gee”. La imagino acercándose a mí con su sonrisa triste y desganada, casi fugitiva -ah… perla, siempre huyendo- de su rostro redondo y lloviéndole la mirada el cabello desprolijo.
Y yo aquí, tal vez tan solo como ella, voy navegando estas horas greises e interminables, rasguñando mi guitarra y escuchando su voz familiar y aguardentosa despegándose de la muerte para ahuyentar a la mía con aquella canción tan pero tan hermosa que aún después de cientos de veces de escucharla sigue conmoviendo y que es para el juicio de mi corazón, su mejor fotografía. Y su legado.

“…sentirse bien era tan fácil Señor, cuando ella cantaba los blues…”

Janis, hermana y portadora de tristezas cósmicas, voz y alma de las mías; amiga y compañera de soledades desde mi lejana adolescencia de flores y desencuentros, sin haberte conocido nunca te reconozco siempre y te llevo muy dentro de mí

Te quiero. 


Mariano Pedrozo

 

(N.del.A.: esto lo escribí hace casi cinco años, pero lo rescato -y lo corrijo- ahora, luego de recordar que ayer, miércoles 19 de enero, Janis hubiera cumplido 62 años, aunque todos sabemos que tenía muchos más que esos cuando murió hace treinta y cuatro. Y pienso que con esa edad bien podría ser mi madre. Y a lo mejor lo fue. Como sea, feliz cumpleaños, Perla)

 

 

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Thursday, January 13, 2005

Tren Fugitivo

Llegué casi puntual, cinco antes de la medianoche. La luz que anunciaba el último tren ya desgarraba la oscuridad en dos: antes de ti y después de ti. La formación todavía tardaría unos minutos en llegar, pero las luces siempre pervierten el espacio engañando la real distancia que nos separa de lo que esconden tras de sí.

Me lo explicaste una tarde cuando decías que la luz de las estrellas era la huella mentirosa de una enana muerta en un espacio tan enorme y por eso mismo tan absurdo que jamás abarcaremos. Entonces comprendí que te estaba perdiendo y que tu luz en mi memoria sería la burla de tu propio espacio inabarcable, de tu distancia infinita.
Y esta noche, de pie en la estación, esperando bajo la lluvia, especulé con un improbable ‘quizás’ para imaginarte detenida, no ya viajera eterna, no ya perdida. En el bolsillo izquierdo del gabán cerré el puño sin respeto ni cuidado sobre la carta  que escribiste hace exactamente veinte años, la misma en donde precisaste la fecha del reencuentro para hoy. Y casi con desesperación me aferré a ella para no quedar suspendido en el vacío de mi temor; para no atreverme siquiera a imaginar otros veinte años sin la esperanza de una carta como esa. Y sin ti.
Encendí un cigarro y con la primer voluta de humo dibujé tu inicial. La segunda se deshizo sin decirme ni siquiera adios, igual que tú cuando decidiste hace tanto tiempo que éramos demasido jóvenes para amar hasta morir.
El piso de cemento mal emparejado del andén se cimbró de pronto y con él la noche y la lluvia. Cimbrón de frío, de miedo. De ti. Aventé a los rieles la colilla agonizante al tiempo que la última campanada cerraba todo tránsito de silencio en esta noche que se anunció hace miles en un papel. El andén se colmó de humo y de un resplandor enceguecedor que grabó sobre la noche el relieve de todas las gotas de toda la lluvia de todos los cielos y de todos los llantos, aún los que jamás me pemitiría. Ni siquiera por ti.
Pero estaba escrito en el apócrifo brillo de tu carta que te encontrabas tan lejos y esta falsa cercanía de una fecha señalada hizo más doloroso el engaño. La mano se jugó prolijamente y al cabo alguien recogió las cartas, incluso la mía, la nuestra, ésta que la noche me roba ahora del bolsillo para arrojarla sobre la colilla que aún humea resistiendo la lluvia y en donde agoniza el fuego que arde con todas las mentiras. Y que surge de la nada y nuevamente para convertir en cenizas la carta con la que me tocó perder otra vez, en este andén vacío de todo menos de mí. El mismo andén que va despidiendo con indiferencia al tren del que nadie bajó.
Procuro evitar el silencio y la oscuridad de la noche que me envuelve de pronto mientras camino de regreso a ningún lugar. Intento silbar alguna melodía fatal pero me ahoga el humo, el frío y la sombra helada de un recuerdo futuro que ya jamás inventaremos. Y vuelvo a recordar que cuando nadie parecer tener las respuestas, el amor puede acabar con todas las preguntas.
Pero ahora el amor se ha perdido como un tren fugitivo.

Mariano Pedrozo
7 al 12 de Enero de 2005

(N. del A.: gracias a Bernie Taupin por la línea but love is lost like a runaway train -del tema homónimo interpretado por Elton John- que me dio la idea para esta historia y a los increíbles solos de Eric Clapton en esa canción, que me contagiaron toda la ansiedad, desolación e intensidad necesarias para llevarla a cabo. Mi única y malograda intención luego de una semana de trabajo estéril fue la de convertir en palabras todo el dolor de esa guitarra desesperada. Frustrado el intento, esto fue lo que quedó…)

 

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Thursday, January 6, 2005

Un Domingo en el Cielo

(extraído de “Vámonos – Historias del Angel de la Mañana”)


Ángel de la Mañana recorre la juventud del día recién amanecido con desesperada calma, desparramando resignadamente su agonía de domingo interminable en su nube, en aquel barrio en algún lugar del Cielo. Deja pasar el tiempo paseando su desgarbada humanidad con las manos en los bolsillos y silbando algo parecido a un tango y sin terminar de entender por qué las horas, aun los minutos parecieran retroceder los domingos.

Si, si… ya sabe él que en el Cielo todo es posible, pero esto ya se le antoja demasiado. Hace apenas un rato (¿… y qué es un rato sino un siglo?), Sirio le indicaba que el día había completado su primer cuarto, pero ahora Tauro le devolvía el paisaje que suele anteceder al alba en un par de ratos (para continuar utilizando esta unidad de medida). Era una broma, si duda. Macabra, de mal gusto, grosera.
Luchaba contra su avanzado estado de desesperanza frente a ese día que iba hacia atrás, que se tejía para destejerse en cada destello de esa mañana traidora que se replegaba cobardemente hacia la noche… y solo para demorarle a él el reencuentro con ella. Ese que se interrumpía cada viernes cuando completaba el riguroso horario de Palacio y debia retornar a su lunes hasta el lunes siguiente, día dorado en que volvería a atender los caprichos de ella.
Su Altísima Gracia… Su Señora…Su Princesa.
Sin nada mejor que hacer y sin inspiración que lo alentara a nada, tomó su escoba de algodón y se dedicó casi con descuido a barrer su nube, haciendo pequeños montículos con el polvo de estrellas que se venía acumulando en su patio desde la última vez que barrió… hace tres o cuatro… cientos años. Casi sin darse cuenta terminó, sólo para advertir que el lunes seguía estando a dos milenios de distancia. Nada le procuraba interés. Nada le importaba. Solo aquellos ojos se le antojaban a su mente, a su corazón, a su ilusión.
Si hasta había rechazado la invitación que cada domingo solía aceptar para ir a arbitrar los partidos de fútbol en el club, allá, dos nubes hacia el poniente… (“no muchachos, les agradezco… hoy no… no, no es por nada, pero prefiero descansar un poco… sí, sí, estoy bien, gracias… sí, yo los llamo en la semana… gracias…”).
Se quedó con la convicción de no haber sonado creíble. Seguramente sospecharían algún resquemor, producto de las repercusiones que generó su última participación en el referato local tres fechas atrás. Memorable jornada aquella en la que luego de que el equipo visitante abriera el score con un gol de notable factura técnica, nuestro héroe, sintiendo la presión del momento y de la parcialidad local, mucho más numerosa que la de del equipo oponente, procedió a expulsar al guardameta del mismo, a toda su línea defensiva, a dos mediocampistas, al coach, al asistente médico, al utilero del equipo, a doscientos setenta de los trescientos simpatizantes presentes por parte de la visita, al autor del gol y a su señora madre que seguía las instancias del evento desde el televisor de su casa; en todos los casos por considerar que el festejo de la conquista había sido excesivo y que ponía en riesgo la seguridad del espectáculo.
La reacción de los locales ante el quiebre del cero en su valla no se hizo esperar, consiguiendo revertir con honor y sacrificio el marcador, que finalizó 37 a 1.
El Ángel fue llevado en andas en honor al acto justo, valiente y decidido que posibilitó la victoria del combinado barrial de sus amores, pero la prensa especializada consideró más que parcial la actuación del Ángel, tal como quedó documentado, por ejemplo, en la edición inmediata al cotejo del semanario deportivo “El Gráfico”, que con foto de nuestro alado personaje ocupando toda la portada y en la cual se lo veía blandiendo soberbiamente el cartón rojo en alto, tituló lapidariamente “El Angel de la Mañana: …es o se hace?”
Pero así y todo no era esta incómoda notoriedad la que lo desganaba. Era la melancolía de saberse menos, de saberse lejos. Era la ciega impotencia de privarse del placer de estar con ella, al menos en esa mínima ceremonia diaria en la que acostumbra servirle su desayuno, calentito, preparado con tanta ilusión, esa misma que sólo espera ansiosa el modesto pero enorme premio de una sonrisa y un “gracias” más protocolar que sincero, pero que tan a música suena a los oidos ingenuos de nuestro ángel.
Angel insensato, cobarde, desprolijo…
Masculló su impotencia y fue a sentarse al borde de su nube con el único interés de dejar pasar el día, observando el horizonte repleto de un futuro que se le dibujaba desierto.
Colgaban sus pies desnudos y mojábanse de cielo mientras su rostro apoyado entre sus palmas fijaba la mirada en tantas cosas… o en una sola, que para el caso era lo mismo.
Una gaviota voló bajo. El chasquido de sus alas lo despertó a la realidad de su cielo.
Harto ya de estar harto, hurgó en sus bolsillos. Quizás buscaba algo.
Volcó en el piso recién barrido su universo portátil de porquerías. Pobre botín se apuntaría un ladrón que lo vaciara de aquellas pertenencias: un boleto de tren; una hoja de rosa marchita, ya sin color ni perfume; un papelito con un poema repleto de errores ortográficos y que supiera improvisar la otra noche, en vela; una estampita de San Antonio (el santito del amor…); la valiosa llave que abre la puerta secreta de Palacio, santo grial de su futuro plan; un último pedazo de grisín; dos millones de miguitas; un lapiz azul con todo el cabo mordido; la piedrita amatista que le regaló María Sol… y ahí… claro…ahí finalmente estaba también su armónica…
Sopló despacito, luego más fuerte.
Sonó una melodía triste, nunca del todo inventada, siempre un poco robada. La armónica al fin y al cabo no lo obligaba a pensar. Podía dejarse llevar y no era necesaria la precisión que su lira le exigía. No había escalas ni arpegios que respetar.
Y al fin al cabo, pensó que sólo en el beso de esa canción mal improvisada podía conjurarse aquel que no tenía, que no podía. Besar con una melodía y sus ojos cerrados a aquellos labios imposibles, anhelados. E imaginar así, con acordes imprecisos que él no era un ángel y que ella no era una Princesa.
“Basta”
… se dijo de pronto.
Aquello no podía ser. Debía (debía!!!) haber alguna manera de torcer al maléfico destino. Él, Angel de la Mañana tenía que hacer algo. Liberar (pensaba) a su Princesa de aquella trampa. Y si a fin de cuentas él, ángel desesperado había aceptado seguirla, fue para no perderla, para conservar su modesto empleo matutino, para no dejar que nadie que no fuera él le sirviera el desayuno, aún lejos de Palacio.
Era hora de hacer algo…
Ya vería qué…
… pero concluyó que no se puede amar así y no decirlo.
Que no se puede callar con silencios lo que se grita con una mirada.
Que no se puede evitar lo inevitable.
Y que el amor, tal vez, es la savia imprescindible que da vida y que conmueve a los ángeles y a los niños…
Y él, además era un ángel, porque había sido niño.
Iba cayendo la tarde. Ahora sí las estrellas se conjugaban en armonía y torcían ya decididas sus timones hacia la noche que anunciará el día. Angel de la Mañana se dormirá recostado al borde de su nube, sus pies descalzos colgando, mojados de cielo…
Y soñará con ella…

Mayo de 2000

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Friday, December 17, 2004

Pétalos De Ceniza (Requiem Para Un Recuerdo)

Empezó buscando una fecha o quizás un nombre. Posiblemente el de un viejo amigo o compañero de estudios. Alguien así. Contó la anécdota en medio de la reunión y se complicó al momento de querer ponerle apellido a esa cara, al gordito aquel. Y cuando removió aquellos años fue que surgió de la nada el recuerdo. Pero no el que buscaba, sino otro.

Preciso, fotográfico, certero. Sintió entonces una mezcla de espanto y sobrecogimiento al reconocer en ese segundo inmediato toda la vulnerabilidad de su existencia. Ofreció disculpas cuando se irguió y las repitió cuando tiró la silla. Quiso ver a los ojos del anfitrión para justificar con alguna mentira la intempestiva salida, pero sólo vio en aquel rostro conocido otra arista del mismo recuerdo, sólo que en ese momento fue remordimiento el color de la punzada que lo volvió a trastornar. No aceptó ayuda ni taxis. Subió a su automóvil e intentó la maniobra en reversa para salir, pero al fijar la vista en el espejo volvió a verlo: insigne al frente de toda su memoria aquel recuerdo tremendo se plantaba en toda su magnífica arrogancia para provocarle -ahora- una pena infinita. Una congoja desesperada que desembocó en llanto. Quiso convencerse que ese recuerdo no era suyo, pero fue inútil. Las formas, los tiempos, el desenlace, todo era exacto y propio, rotunda e inequívocamente. Puso un disco para sepultar con música el ruido que brotaba del pasado y apabullaba su mente, su alma, su existencia toda, ahora concentrada en un punto preciso y fatal del ayer resucitado. Pero con el correr de los minutos el recuerdo dejó de ser una aparición -fortuita o no- para convertirse en una presencia. Y se transformó entonces en algo vívido e independiente de toda voluntad que pretendiera colocarlo nuevamente en la urna que durante años cohabitó con tantos otros recuerdos. En ese desgobierno perverso ya no pudo despegar de su visión la misma y repetida imagen insurgente que se rebelaba ahora contra la memoria para volver a ser presente. La vio una y mil veces durante cada instante de ese trayecto de locura que intentaba de regreso a su casa. Lo revivió en todas las luces de neón que rompían la cortina de lluvia incesante, en la pelambre brillante de un gato negro que casi atropella, en cada marquesina, en todos los escaparates. Lo volvió a ver en seis pares de ojos -cuatro de ellos de mujer, precisamente de mujer-, en el color ocre de una bomba de gasolina y en el humo de tres cigarrillos. Lo acongojó luego desde la sonrisa falsa de una prostituta y sintió un terror agobiante cuando lo reconoció en la placa de un policía. Aún la campana de la iglesia lo aturdió al pasar por frente porque también podía oir otras -¿un funeral?, ¿una boda?- en el soundtrack de aquel recuerdo. Se desesperó más, se extravió, vagó por calles desconocidas pasándose todos los rojos de cada semáforo que le recordaban ese otro rojo -¿sangre?, ¿un vestido?, ¿un labial?- del que ahora no podía huir. Ya para entonces esa única memoria era dolor, angustia, remordimiento y otras cosas más que no podía recordar, poseído por el recuerdo único. Ese mismo recuerdo del que ahora era inapelable prisionero, esclavo y sujeto de su tiranía, porque ya todo lo poblaba, no sólo su mente y su alma, no sólo su automóvil, sino toda una ciudad, toda una lluvia y toda una noche que tejían su tramado de complicidad sobre él, mansas y serviles a la voluntad de esa remembranza definitiva. Subió al máximo el volumen, ahora del radio, en su afán de oir otra voz y no aquella que se conjugaba con las imágenes tremendas que lo acorrabalan sin espacio ni tregua para recordarle que el pasado no existe, que todo es presente, lo hecho y lo por hacer, y que nadie escapa de su destino. Porque hay un destino. Y de mierda, rabió entre sollozos. Pero las noticias, el pronóstico del tiempo y las encuestas electorales no acallaron el sonido de fondo que taladraba su cerebro y así las horas fueron minando su conciencia y el recuerdo se convirtió en una visión indescriptible que lo condenaba al peor de los castigos: el de no poder olvidarlo ya nunca jamás. Llegó a su casa poco antes del amanecer. Cerró el gas, soltó a la perra, cargó en una Samsonite dos camisas y un pantalón, una cazadora flamante, unos tenis, la pequeña caja de madera, una botella de escocés sin abrir, una pistola y la -única- foto enmarcada que tenía de sus tres hijos. Se olvidó de todo lo demás, menos de aquel recuerdo inolvidable y partió sin bañarse y sin dormir, no sin antes arrancar del jardín la rosa que cuidaba para preservarla del olvido, ese mismo que ahora se había decretado imposible.

Nadie notó su ausencia en la siguiente reunión. En el periódico lo echaron de menos un tiempo, no escribía mal. Su ex esposa retiró la demanda y se quedó con la casa. Sus hijos a veces piensan en él, sobre todo el más pequeño. La perra la conserva el vecino que la encontró. Alguien por ahí lo extraña. El coche no fue visto nunca más. La rosa apareció días después, intacta en una playa lejos de ahí, cubierta de cenizas.

Pero esto último jamás lo supo nadie.

Mariano Pedrozo
16 de Diciembre de 2004

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Thursday, December 16, 2004

12345

Uno. Hoy descubrí qué fue lo que hice para merecer esto. Pero ahora que lo sé ya no me interesa.
Dos. Cuando haya resuelto todas sus dudas comprenderá que alejarse de mí también debería ser una obsesión.
Tres. De todo lo que viví ella fue lo inevitable. De aquello que me faltó, lo imprescindible. De mi suma de misterios, la mayor certeza. Del pilar de mi ciencia, la duda más improbable.
Cuatro. Soledad es una cifra que se multiplica y me divide. Un agobio de nada. Un número infinito. Un talismán apócrifo; un testigo falso.
Cinco. De todo menos Dios.
 

Mariano Pedrozo
16 de Diciembre de 2004

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Dormido

Volverás cuando nada pueda revocarte de mi olvido.
Me verás dormido
(o eso creerás)
pero no deshonrará mi sueño
tu triste acompañar arrepentido,
porque ya no te quiero
porque nunca te he querido.

Mariano Pedrozo
15 de Diciembre de 2004

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Sunday, December 12, 2004

Vuelve

Me perdí en la secreta esperanza de recuperar la madrugada para mí… sin ti.
Me encontré devolviéndome la certeza de un reencuentro, tan prematuro como necesario.
Me acordé de olvidarme que ya no estás y supe que era mentira.
Me rendí a la tentación de añorar los patos en el lago, el pastel de chocolate en nuestro cuarto clandestino de la avenida de Mayo (hacía tanto frío en Buenos Aires, ¿te acordás?), el tocar el Cielo con las punta de nuestros dedos en la cima de la pirámide del Sol, el néctar misterioso de sudor en tu piel sobre mi piel… y tantas otras cosas.
Me supuse contigo en la distancia y aquí estoy contigo, sin dudas (’¿y cuál distancia?’, nos dijimos).
Me vi abrazándote en Garibaldi, entre mariachis y margaritas (que no olían, pero cómo sabían a gloria con tequila y limón), cantándote ‘Ella’ (’me cansé de rogarle, me cansé de decirle que yo sin ella de pena muero’), yo, tan enamorado…
Me crucé con el futuro en una esquina cualquiera de la colonia Roma y le pregunté por ti. Lo que me dijo es un secreto que no me atrevo a guardar: ‘te espera’ murmuró… y huyó.
Me detuve en una librería del Centro y hojée a Benedetti, a Cortázar. Te reconocí en un cronopio y luego te soñé Maga en el Pont des Arts, en ese París desconocido pero tan intuido y amado que extrañábamos tanto, como si nos hubierámos conocido ahí en alguna comunión pasada (¿o futura?)
En sueños te recité a Octavio Paz (“Anoche en tu cama éramos tres: tú, yo y la luna”)… le endosé al Gabo una desmesura mía y no sólo te la creiste (dormida), sino que además te gustó.
Te lloré ríos en desesperación. Te grité, te insulté de rabia, de dolor. Te llamé…
Te llamo…
Vuelve. Por Dios… vuelve.

Mariano Pedrozo
Marzo de 2004

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Friday, December 10, 2004

Sin Retorno

Hoy me llené de inesperada poesía y sabiéndome indefenso recurrí a un mágico conjuro de insensataces correctas para tratar de entender los secretos motivos de los poetas secretos. Pero en medio del arrebato místico de la poética despiadada y de mis vanos intentos me olvidé de escribir y cuando recuperé esa específica memoria que necesitaba para nada, caí en cuenta que no todo es materia posible o conveniente de convertir en literatura. Ni por error ni por decisión.
Pero aún y así la poesía caprichosa eligió montarse en mi soledad y apesadumbrar mi silencio existencial con legiones de sílabas coloreadas por la magia de un mundo que no es éste (seguro) y que se insinúa últimamente con una habitualidad sospechosa.
Hoy me llené de poesía y los planetas cambiaron de lugar, el océano de la desesperación atemperó sus mareas y casi todo se pobló de magos y espadas milenarias, de naves del recuerdo y frutas prohibidas, de elevados principios y bajas pasiones, de color y dolor, pero esto último más con afán de prostituir una rima que por necesidad de regesar al mentiroso presente de esta vida sin tiempos pero poblada de ayeres. Y en medio de eso la poesía degeneró en milagros arrebatados, compulsivos, que obedecían a designios normalmente malinterpretados y sudorosos de algarabia o rabia, pero pocas veces genuinos o morales…
Pero a pasar de todo hoy me llené de poesía. Y de la poesía, como del amor, no hay retorno.
Nunca.

Mariano Pedrozo
10 de Diciembre de 2004

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